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El país abandona las armas y enfrenta nueva historia después de la guerra "Bogotá, como todas las metrópolis, es un gran hormiguero. Solo que aquí los soldados pasean casualmente en uniformes, charlando en bandadas con camuflaje, …

j'Tue, 11 Jul 2017 12:32:28 +0000p9http://mexicanadecomunicacion.com.mx/rmc/?p=24072e)Revista Mexicana de ComunicaciónfvEste documento es una copia personal offline de un artículo disponible en la Revista Mexicana de Comunicación editada por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa. Este archivo solo puede utilizarse con fines personales y académicos. Queda prohibida su reproducción para otros fines sin la autorización explícita de los autores o los editores.Colombia: una difícil reconciliación

El país abandona las armas y enfrenta nueva historia después de la guerra

“Bogotá, como todas las metrópolis, es un gran hormiguero. Solo que aquí los soldados pasean casualmente en uniformes, charlando en bandadas con camuflaje, comiendo patatas fritas en la entrada del supermercado, guareciéndose de la fina lluvia típica de la capital. Lejos de la belleza de los paisajes del viejo continente, la ciudad está rodeada por bajas nubes amazónicas y montañas salvajes.
Tengo una charla con Otoniel Romero, un profesional de la Agencia Colombiana para la Reintegración, un organismo que trata de introducir ex guerrilleros a la vida civil. Miro en las calles, en algunas puertas y ventanas, afiches con un gran “SÍ”. Desde octubre 2 de 2016, cuando el “NO” ganó el referéndum por la paz, todo el mundo está a la espera que el congreso apruebe una nueva paz por vía legislativa, pero todavía no se ha anunciado una fecha concreta. Camino delante de un mural, un águila, el escudo nacional, convertida en una granada…”

Foto: Marcha 20 de julio – Cra. 7a. Bogotá / TF – Julián Ortega Martínez / equinoXio / Flickr

 Por  Virginia Negro

 

Bogotá. La carrera Séptima es la arteria principal que atraviesa la ciudad de norte a sur, el camino del comercio, corazón económico y cultural de la capital. En la esquina con la calle 4, en una pequeña capilla en cal blanca, se puede pedir la gracia de Santa Bárbara. Barrios enteros veneran
a esta mártir de la truculenta historia. Bárbara decide convertirse al cristianismo, por esto es torturada por su padre, juzgada culpable por el prefecto Marziano y obligada a llevar una lona que le desgarra la carne. Cada noche Cristo sana sus heridas. Sus torturadores la queman y las llamas se apagan
inmediatamente, le cortan los pechos, la cabeza magullada con un martillo, el cuerpo desnudo expuesto al escarnio público. La niña siempre sobrevive. Por último, el padre Dióscoro la conduce a la parte superior de una montaña, en donde la decapita. La justicia divina no tarda, y el hombre es incinerado por un rayo.

La historia de Santa Bárbara se cruza con la de Changó, el dios de los esclavos prohibidos por los colonos, guardián del rayo y del trueno según los yorubas de la costa del Pacífico. Changó es un verdugo, castiga a los mentirosos, ladrones y malhechores, siempre acompañado por su doble hacha, símbolo de una justicia rápida y eficaz. Al no ser posible adorar abiertamente a Changó, los esclavos de origen afro-caribeños
comenzaron a rezar a Santa Bárbara, quien guarda una historia similar. Este el origen del extraño sincretismo religioso. Me detengo a mirar la iglesia.

En el techo contiguo percibo una figura humana, parece un centinela. Es una estatua de metal. Le falta un brazo, tal vez por culpa de la lluvia o por el desgaste del tiempo. Pero estamos en Colombia y es difícil no sentir la sombra de la guerra, no recordar la matanza de Bojayá en 2002, en la cual cientos de personas –entre ellos muchos niños– se refugiaron en una iglesia, cuya santidad no los salvó de la guerrilla, y en donde 79 inocentes perdieron sus vidas.

Bogotá, como todas las metrópolis, es un gran hormiguero. Solo que aquí los soldados pasean casualmente en uniformes, charlando en bandadas con camuflaje, comiendo patatas fritas en la entrada del supermercado, guareciéndose de la fina lluvia típica de la capital. Lejos de la belleza de los paisajes del viejo continente, la ciudad está rodeada por bajas nubes amazónicas y montañas salvajes.

Tengo una cita con el profesor Carlos Mario Yory, quien me ayuda a organizar mi calendario de entrevistas. En el campus de la Universidad pública me piden el documento: “es por razones de seguridad”. Encuentro al profesor, quien combina la militancia pacifista con la enseñanza. Gracias a él consigo una primera entrevista en la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), un organismo que trata de introducir ex guerrilleros a la vida civil. Ya que estamos adentro del coche, me pide subir la ventana: “porque nunca se sabe. Es por razones de seguridad”.

Ya mañana tengo la entrevista con Otoniel Romero, un profesional de la ACR. Miro en las calles, en algunas puertas y ventanas, afiches con un gran “SÍ”. Desde octubre 2 de 2016, cuando el “NO” ganó el referéndum por la paz, todo el mundo está a la espera que el congreso apruebe una nueva paz por vía legislativa, pero todavía no se ha anunciado una fecha concreta. Camino delante de un mural, un águila, el escudo nacional, convertida en una granada.

La noche antes de la cita en la Agencia para la Reintegración, conozco a Kenji Ota, un músico nipo-colombiano que vive en el piso de arriba. Acordamos ir juntos a la Agencia y luego dar un recorrido turístico por el centro. Por la mañana nos encontramos a las afueras de la casa y pedimos un taxi. También nos acompaña Sonyan, su compañera de casa, quien migró de Corea del Sur por amor a la salsa. Ahora puede bailar cuando quiera.

Sonyan tiene un novio colombiano y una tienda de productos de importación oriental.
Caminamos por las calles empedradas entre las casas coloniales de colores de La Candelaria, el centro histórico. El taxista nos deja a unos cientos de metros a causa del tráfico imposible. Definitivamente estamos en la parte más encantadora de Bogotá, pero, a partir de lo que aconseja Kenji, debemos estar alertas, como sucede a menudo en los centros urbanos de América Latina. Siento que Otoniel no me ha enviado la dirección correcta, éstas no eran las calles que recordaba, y, al llegar frente a una tienda de gafas de plástico de colores, confirmo mi intuición. Controlo en el teléfono móvil: en la página web de la Agencia el nombre de la calle es otro. Llamamos, “aquí siempre es mejor comprobar”, dice Kenji, y de hecho todavía me dan otra dirección. Definitivamente estoy en retraso. Kenji se detiene por un momento, “si bajamos por aquí, sin duda es más rápido, pero… podrían asaltarnos”. Entre direcciones equivocadas y emboscadas evitadas, nuestra pequeña aventura finalmente termina enfrente de la oficina de la Agencia para la Reintegración. La empleada de seguridad sonríe y me saluda amigable. Muestro mi pasaporte y deslizo más allá del detector de metales.

“Sexto piso a la derecha, están a la espera”. Me siento en la silla en piel de la sala de la sexta planta, Otoniel llega casi de inmediato. Durante las dos horas siguientes me llamará María Virginia, y no lo corregiré. Estoy íntimamente contenta de esta equivocación, para una paranoia que desde el primer momento se me ha deslizado debajo de la piel, debida a las demasiadas recomendaciones de las personas, las observaciones continuas a propósito de la seguridad y a las historias de los disidentes brutalmente asesinados. Las caras de las personas llevan pequeños signos de sufrimiento.

Pienso en los habitantes del llamado Inframundo, un distrito del sur de la ciudad, también conocido como El Bronx, que aquí se llaman chirri, toxicómanos, y son tantos que hay también una evolución del término: los más viejos se llaman curi.
En cambio, Otoniel tiene una hermosa sonrisa y una mirada vivaz detrás de sus espesos cristales. La cabeza brillante de color canela, los ojos hundidos y los labios gruesos: todos signos de una ascendencia indígena. Me pregunta cuánto tiempo tenemos. Tengo todo el tiempo del mundo. Hoy, sin embargo, estaremos juntos sólo un par de horas en las cuales voy a retener las lágrimas varias veces. Me cuenta de sus trece años de experiencia en este negocio creado por la guerra. “Si no hubiera estado por la guerra, sería actor”. No hablamos de política en el sentido estricto, ninguna alusión a parapolítica –el escándalo que mostró cómo algunos senadores y funcionarios estaban en connivencia con el paramilitarismo y el narcotráfico– ni a Pablo Escobar o a los últimos casos de corrupción. Me cuenta cómo fue creada la Agencia y el modelo que han construido para trabajar con los ex guerrilleros. Frente a las preguntas un poco más insinuantes, por ejemplo sobre el impacto de los diferentes partidos sobre la existencia y los presupuestos de la agencia, Otoniel responde con una anécdota: “Hay un loco que cada día pasa frente al palacio de gobierno, y empieza a gritar. Lo escucho, y, ¿sabes qué? Va diciendo la verdad. Para decir la verdad en Colombia hay que estar loco”.

Otoniel es un funcionario del Estado, pero también los activistas que he conocido son extremadamente cautelosos al hablar de política: mejor en casa, lejos de oídos indiscretos. Él continúa explicando paso a paso lo que él llama “el modelo” o “el camino de la reintegración”, que puede decirse exitosa si el ex guerrillero se presta a indemnizar a la sociedad a través de participar en un proyecto social. Es delgada la línea que divide a la víctima del agresor en una situación como la del campo colombiano, donde a menudo tomar las armas se convierte en una necesidad. Naturalizar la guerra es común en el contexto de la violencia armada. Un ex guerrillero habla de cuando entró a los 14 años en las FARC, y cómo en su casa de Ataco, en la región de Tolima, era cotidiano pasear juntos con las FARC. “Entraban en la casa, se reunían y comían con nosotros. Me gustaban las armas, los uniformes, quería aprender cómo cargar el fusil”. En el autobús, en el mercado, en las calles: el estilo militar del camuflaje parece ser bastante popular.

Antes de los acuerdos de paz, los desertores estaban en una posición doblemente difícil: objetivo de la guerrilla por ser traidores y víctimas de un fuerte estigma social. Las dificultades de reinventarse, mezcladas con los temores de persecución, hacen que la fase inicial de reintegración sea muy compleja desde el punto de vista psicológico. “El trabajo comunitario es una forma de pedir perdón y sentir que volvemos a ser parte de la sociedad, de una familia, que son las cosas que más se echan de menos cuando estás en las montañas. Yo personalmente ayudé en un centro para ancianos”, dice Adriana, una ex combatiente de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia, uno de los principales grupos paramilitares), quien ahora es enfermera en la ciudad de Montería, en el norte del país.

La ACR también colabora con otras entidades como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la USAID, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional. Juntos tratan de estimular las actividades de cooperación. El Cauca, por ejemplo, es una zona productora de café. Gracias a un proyecto con la Federación Nacional de Cafeteros nació el Comité de Cafeteros y 25 ex combatientes tienen un empleo.

Viviana acaba de cumplir 19 años. Parece aún más joven y es feliz. Se las arregló para terminar la escuela y ahora piensa en abrir un centro de belleza con la ayuda del programa de reintegración de ACR. “Hay heridas que no se pueden curar”, señala Otoniel. “Lo veo especialmente en las mujeres. Tal vez porque para sobrevivir en un entorno tan hostil sienten que tienen que salir de la ternura. Recuperar la capacidad de relacionarse con amor es uno de los retos más difíciles. Hace tiempo trabajo con una chica que a los 12 años ha sido testigo de una masacre, y mientras se escondía en las aguas heladas de un lago, una de sus amigas era violada y asesinada delante de sus ojos. Inmóvil durante horas sin casi poder respirar. Ahora es una mujer adulta, pero sigue comunicándose conmigo a golpe de empujones y puñetazos. Yo le tomo el pelo: la risa es una estrategia para superar el trauma”.

Entre las diversas dificultades de reinserción existe una endémica falta de empatía. No es raro que incluso los mismos miembros de la familia se nieguen a acoger a quien regresa de las montañas.

Antes de salir, Otoniel cuenta una última historia. “En 2008, en Bogotá, se realizó un evento nacional con los ex guerrilleros que venían de veinte diferentes regiones del país. Muchos no conocían Bogotá, por lo que se decidió hacer una visita a Montserrate, la montaña desde la cual se ve toda la capital. Entre ellos se encontraba un hombre, con el rostro irreconocible, su cara, sus manos, todo el cuerpo quemado, pero con un ánimo alegre. En el autobús se puso a conversar con su vecino”.

– ¿Dónde operabas?