Una revisión a los pánicos morales en torno a las inteligencias artificiales

No. 156-157 / julio 2025-junio 2026 / ensayo

colaboración invitada

Rodrigo González Reyes

UNIVERSIDAD DE GUADALAJARA


Hay tres cosas que nos han explicado y demostrado de manera muy clara los teóricos sociales de la tecnología: que ninguna tecnología es ni nace neutra sino que se desarrolla y aparece cargada de expectativas; que las tecnologías son “artefactos”, es decir, herramientas creadas para hacer cosas pero donde esas cosas y esas tecnologías están construidas social e históricamente; y que las tecnologías no son entidades libres que llegan a cumplir o a ejecutar un programa que les fue preasignado sino que, lejos de eso, emergen en un ecosistema y situacionalidad que acota sus funciones, reasigna sus tareas y redirige sus potencialidades.

Visto así, una tecnología no es muy diferente de un ser humano recién nacido que, a fin de cuentas, no elige la familia ni el contexto al que llega; aunque, eso sí, viene cargado de fantasías e ideales sobre qué y quién debería ser. En este sentido toda tecnología está socialmente determinada y depende de un contexto cultural y práctico que acaba potenciando determinados usos en detrimento de otros y limitando algunos aspectos de su desempeño, aspectos que generalmente están proyectados en las principales esperanzas sobre sus posibles funciones.

Por su parte, y no menos importante, es que otro grupo de pensadores, científicos y filósofos de la tecnología también nos advierten que un acto determinante al momento de evaluar el impacto sociohistórico de una tecnología consiste en dar cuenta de que su significado (esto es, lo que creemos que es o no es) se define a través de los beneficios y problemas sobre ella imaginados por parte de lo que llamamos “actores relevantes”, es decir, todos aquellos que participan de sus usos o que se oponen a ellos.

La importancia de esta fase en el proceso de aparición de una tecnología resulta significativa pues de ella dependen las valoraciones negativas o positivas, que siempre son subjetivas, que los grupos sociales se forman sobre ella y, por lo tanto, la conformación de imaginarios sobre sus riesgos y beneficios, así como las medidas prácticas de su uso y aprovechamiento. Por ejemplo, sus formas de legislación, incentivos o prohibiciones.

Como ya imaginamos, el debate sobre la construcción social de la tecnología y su domesticación es amplio y no es la intención de este artículo extenderse en ello pero resulta importante tomar en cuenta los puntos antes señalados para reflexionar sobre la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en el escenario contemporáneo, particularmente porque aunque ésta ha estado presente en en la imaginería colectiva desde hace largos años, es en este momento en que la negociación y enfrentamiento por parte de una muy importante cantidad de actores, procedentes de distintos sectores de interés, intenta fijar sus límites mínimos y máximos en torno a sus implicaciones en la vida cotidiana.

Los preliminares

La primera pregunta que es común hacernos es en qué difiere la IA de otras tecnologías informáticas y la respuesta común suele rondar sobre su “capacidad de hacer” independientemente de la intervención humana o de una parte importante de aquella; aunque la respuesta no es incorrecta, innegablemente es algo simplista: si bien la IA basa su éxito en poder des-intermediar y potenciar funciones antes únicamente llevadas a cabo por seres humanos, su verdadero éxito y peligros asociados radican en un problema relacionado a lo que conocemos como el “problema de la agencia” (Dattathrani & De’, 2023)

Si entendemos la agencia como la capacidad de actuar autodeterminadamente y, por lo tanto, de configurar la práctica independientemente de la existencia o implicación de un otro, el dilema sobre la IA es uno concerniente a la autonomía, la otredad y la actuación independiente. En este sentido, la IA, cuando se acompaña del adjetivo “generativa”, difiere de cualquier otra tecnología informática (o bien, para no pecar de determinismo tecnológico, de cualquier otra “tecnología intelectual”, tal como lo pre-imaginaran Daniel Bell y Peter Drucker, por ejemplo) en la capacidad de hacer sin o a pesar de la intervención de un ser humano. Y, como ya venimos intuyendo desde hace tiempo, tanto sus riesgos como sus beneficios se alimentan o derivan de esta relación: es útil porque le podemos “delegar”, pero es peligrosa porque tiene la potestad de tomar sus propias decisiones; incluso, en contra de nosotros. Al conceder agencia, se concede poder.

Extendiendo el argumento, el problema de la agencia en la IA no termina en la capacidad de “hacer”, sino que se complejiza cuando tomamos en cuenta que parte de la capacidad de crear y gestionar se relaciona con otra: la de aprender. De otra manera, e invirtiendo el orden común a partir del que generalmente vemos hacia la IA, el crear y el gestionar son, en realidad, una función derivada de la posibilidad de aprender. Visto desde ahí, la IA irrumpe en este momento histórico y de frente a un ecosistema tecnológico y económico humanamente determinado como un actor que crea y gestiona, con distintos rangos de independencia de la intervención humana, a partir de optimizarse aceleradamente, a partir del aprendizaje propio, a sí mismo.

Con este panorama de fondo, muy probablemente recordemos, en este punto, que la agencia y la tecnología ya han sido el foco de atención en el horizonte de la teoría social, más allá de los constructivismos sociales (Mouta et al., 2025), y en el horizonte y tradición de la denominada teoría del actor-red, donde se presupone que toda tecnología, en sí misma, tiene capacidad de agencia.

Ya que esta premisa se ha convertido en una especie de slogan en muchos escenarios académicos, vale la pena puntualizar: si en la teoría del actor-red, y no sin simplificar extremadamente, se parte del supuesto de que la agencia de una entidad no humana no existe per se, sino que surge como una propiedad del actuar entre entidades humanas y no humanas (la red), el asunto con la IA derivaría en que su capacidad de crear, gestionar y aprender dependerán siempre de las relaciones que los seres humanos (y otras tecnologías) establezcamos con ella; es decir, de las situaciones que medien este emergente sistema.

El énfasis en este ítem nos sirve como contrapeso al determinismo tecnológico con que muchas veces solemos voltear a ver a la IA, y mismo que le concedería una autonomía absoluta o casi absoluta al verla como exenta de una compleja red de relaciones en la que existen mutuas y dialógicas limitaciones. A partir de esta reflexión es que pasaremos a revisar, a vuelo de pájaro, algunos de los debates más presentes en la conformación actual del catálogo de temores que circulan en derredor a la IA en nuestros días.

Los pánicos morales

Si más o menos hacemos caso a los clásicos (Goode y Ben-Yhuda, 1994), podemos afirmar que los pánicos morales son mecanismos sociales de regulación que actúan cuando los escenarios culturales se reconfiguran, ya sea porque aparecen nuevos actores y nuevas estructuras, o porque los ya existentes asumen nuevas funciones que son percibidas como riesgosas en tanto alteran la continuidad del statu quo. Son mecanismos reguladores, decimos, porque, aunque se muestran a modo de reacciones, muchas veces explosivas, echan a andar principios de debate, de construcción de consensos y disensos que tienden a buscar la estabilización y normalización de puntos de vista generales en torno a aquello que se ha transformado.

Visto así, podemos afirmar que todo cambio implica un catálogo nuevo de oportunidades y amenazas y que todo cambio implica una valoración no siempre racional ni reflexiva sobre el qué ganamos en relación al qué perdemos. Y el pánico moral, que depende del casi instintivo principio de “aversión a la pérdida”, ese temor a perder extraviar lo ganado, es lo primero que actúa y lo que más tiempo permanece en el sentir colectivo.

Así, aunque parezca algo nuevo el temor a los cambios que pueda generar la llegada masiva de las inteligencias artificiales a nuestras vidas cotidianas, los pánicos morales en torno a las tecnologías emergentes han estado presentes desde hace siglos en el pensamiento filosófico de, básicamente, todas las sociedades que atravesaron el proceso civilizatorio. Las entidades creadas por seres humanos que ayudan a realizar el trabajo (muchas veces rayando en la esclavitud, hay que decirlo) van desde el gigantesco Golem de la tradición judía hasta la hiper-consciente computadora Hall 2000, de la célebre novela de Arthur C. Clark 2001, Odisea en el espacio.

En este punto no está de más enfatizar que estas narrativas, a diferencia de aquellas donde las entidades no son creadas por seres humanos, sino que aparecen como resultado de situaciones ajenas a ellos (y mismas que podemos nominar, en general, bajo el concepto de deus ex machina), generalmente no terminan bien, como si supusieran un castigo o una maldición ante la pereza y la soberbia humanas. Así, ¿qué tipo de pánicos morales estamos observando cuando posamos la mirada en la IA? Veamos.

Pánico uno: el achatamiento de la producción creativa

En fechas reciente una de las preocupaciones más transversales, es decir, que atraviesa desde a personas de a pie hasta los ámbitos académicos y productivos, es la hipótesis de la llamada “internet muerta” o “internet vacía”. Según esta premisa, la IA ha ido reemplazando en las labores creativas y los espacios de interacción social a la creatividad y la intercomunicación humanas.

Desde esta intuición el peligro es que estemos enfrentando un escenario en el cual una parte muy importante de los contenidos e interacciones sociales en internet comiencen a vaciarse de la creatividad y la presencia humanas. En el peor de los horizontes, internet todo evolucionaría hasta convertirse en un espacio donde robots de todo tipo estarían encargados de la producción cultural y simbólica, y provocarían un achatamiento general en la calidad y variedad de los contenidos, sustituyendo el elemento subjetivo por regularidades algorítmicas y, en definitiva, estandarizando y banalizando, a niveles nunca antes vistos, los géneros y formatos culturales y desactivando, con ello, cualquier principio de innovación creativa.

En este escenario apocalíptico la red de redes se iría reduciendo a un pequeño conjunto de interfaces que dominarían la inmensa mayoría de interacciones en la red y donde estas interacciones se formularían, al menos, de dos formas: entre entidades tecnológicas automatizadas y otras de su misma naturaleza; y a través de los usuarios humanos con ellas (y no tanto en la forma de seres humanos interactuando entre sí a partir de la mediación de estas entidades tecnológicas).

Pánico dos: la precarización laboral sobre la profesionalización

Una porción destacada de profesionistas, cuando tienen o han tenido sus primeros acercamientos a la IA, sienten o han sentido una sensación similar a la de asomarse y ver detenidamente a la profundidad insondable del océano: una mezcla potentísima de fascinación y sobrecogimiento. Y no es para menos: mientras que resulta fascinante observar cómo una IA es capaz de ejecutar en segundos tareas que en otras circunstancias hubieran llevado días, resulta sobrecogedor darse cuenta de que una amplia bolsa de actividades que se consideraban, en las propias profesiones, como valiosas por el grado de especialización disciplinar que requerían, se vuelven, a la vez, inmediatamente obsoletas o reemplazables.

El tema no llega solo, sino que viene a darle un toque dramático a una polémica de varios años en torno a la precarización del trabajo creativo, el capitalismo informacional y cognitivo entre otras formas de tratamiento que se han dado a un mismo problema: el valor del trabajo que se diluye, de manera calamitosa y siniestra, en el cambio que las tecnologías informáticas han inducido en la configuración de los modelos económicos del primer cuarto del siglo XXI y es que la IA irrumpe en un momento histórico específico y en el marco de un sistema económico determinado: un momento donde el trabajo digital representa nuevas y poderosas formas de pauperización, para muchos, y la producción ingente y veloz de inauditos márgenes de rentabilidad, para unos pocos.

Revisando estas narrativas, se argumenta que las relaciones de producción giran en torno a la conversión de los procesos culturales todos en mercancías y, en este sentido, el amplio abanico de los procesos comunicativos ya no se mantiene separados de o medianamente independientes de la producción cultural sino que, por el contrario, funcionan como el dinamizador central de ella y, por ende, del mecanismo conversivo determinante en la mercantilización globalizadora de la cultura (Fumagalli et al., 2020).

En un momento anterior a la llegada de la IA generativa a los espacios domésticos y los horizontes de trabajo, cada una de las anteriores condiciones se desarrollaban por separado para, posteriormente, encontrar puntos de intersección y generar efectos determinados (el desplazamiento de una actividad particular en la cadena de producción, el abaratamiento de un proceso en un determinado eslabón, la ampliación de o diversificación de una tarea en un sector dado, etcétera), pero ahora la IA generativa, poseedora de una capacidad de gestión propia, independiente de la mente humana, tiene la capacidad de concentrar y optimizar la organización de una inmensa cantidad de funciones pertenecientes a conjunto de actividades económicas anteriormente muy especializadas y diversificadas, lo que al mediano y corto plazo (y no se necesita ser profeta para vislumbrar esto) generará el abaratamiento e, incluso, la obsolescencia de determinados cuerpos de saberes que hace apenas cinco o diez años eran no menos que indispensables como conocimientos privados.

Sí: resulta fascinante y sobrecogedor a un mismo tiempo. Está claro que la inmensa mayoría de profesiones van a ver caducar grandes catálogos de conocimientos técnicos en los que descansaba su valor histórico. Aunque es probable, también, que cada profesión deba sumar perfiles que auditen la calidad del trabajo especializado llevado a cabo por inteligencias artificiales generativas.

Pánico tres: el desplazamiento pasivo de actividades cognitivas

Otro de los pánicos que más espacio ocupa en los debates mediáticos y las controversias cotidianas es el llamado “desplazamiento pasivo”. Según este pánico un problema grave entre los usuarios informáticos actuales sería la dependencia a través de la delegación extrema de las tareas más básicas a instancias administradas por IA. Desde confiar esta la redacción de un trabajo escolar hasta los pasos de una receta de cocina, esta dependencia estaría minando capacidades cognitivas esenciales de los usuarios, por una parte; pero también estaría generando peligrosas dinámicas de intermediación que, posteriormente, serán muy difíciles de revertir y disolverse.

De corte sobre todo psicológico, este pánico se basa en la difusión de hallazgos empíricos de muy distintas y diversas procedencias. y Éstos coinciden en enfatizar que la descarga de funciones cotidianas, hasta hace poco comunes, propiciaría que los umbrales de frustración frente a la necesidad de llevar a cabo tareas o rutinas diarias no delegables se eleve a niveles alarmantes mientras que el abandono de funciones cognitivas, tales como el mapeo de procesos o la sistematización de itinerarios lógicos, llevaría a la pérdida gradual de procesos de pensamiento sistémico o general.

Si bien estos problemas ya eran reconocidos desde hace varios años con la proliferación del uso de aplicaciones celulares y otras similares, la cada vez menor participación del usuario en la programación de esas relaciones de dependencia alarma a los expertos en psicología cognitiva y áreas afines por su rápida expansión a todas las áreas de la vida cotidiana y la veloz evolución de los mecanismos de anclaje a situaciones diarias. Un ejemplo reciente que posibilitó visibilizar los grados y nivel de dependencia a estas tecnologías fueron los apagones masivos, durante el mes de abril de 2025 en un área extensa de Europa, donde al menos miles de personas reportaron haber sufrido crisis nerviosas con distintos grados de intensidad al verse imposibilitadas de llevar a cabo o completar labores que, hace apenas una década, hubiéramos calificado de elementales.

Por su parte, mención especial merece la preocupación de esta dependencia en el ámbito educativo (Mouta et al., 2025), en el cual la preocupación central está puesta en la erosión de habilidades cognitivas fundamentales tales como el desarrollo de pensamiento complejo, la capacidad de abstracción, la capacidad de búsqueda y recuperación de información relevante así como la pérdida de la voz crítica en todos los niveles educativos.

A fin de cuentas, independientemente de los conceptos y fenómenos particulares que se asocien al desplazamiento pasivo, la pregunta primaria es la misma: ¿hasta dónde se puede llevar la delegación de funciones, cada vez más complejas, a las inteligencias artificiales antes de que se pierdan conocimientos y habilidades irremplazables en la práctica de cada campo, actividad y sector de los saberes sociales?

Pánico cuatro: la tiranía de la economía de la atención

Dos términos parecen estar llenando las conversaciones cotidianas, sobre todo entre personas jóvenes en redes sociales digitales, como parte de un intento por exorcizar una fuente de intranquilidad generada por el consumo de medios digitales: brain rot (traducido algo así como pudrición cerebral) y doomscrolling (traducido, a su vez, como “zapping maldito”).

Ambos términos apuntan a una misma circunstancia: el sentimiento de ser víctimas de un deterioro mental causado por el consumo pasivo, glotón y voraz de contenidos intrascendentes e insustanciales. Si hiciéramos un símil, sería muy parecido al atracón sin control de comida chatarra; pero, en este caso, con efectos en el desarrollo cognitivo y la pérdida de control frente a la búsqueda de la recompensa inmediata.

Si bien el problema tiene su raíz no en la aparición de la IA sino en la encarnizada lucha entre actores corporativos por capturar la atención masiva de segmentos crecientes de nuevos consumidores (Zuboff, 2020) (por caso, el binge watching o atracón de series sufrido por un segmento relevante de espectadores tras el estallido de la plataformas de streaming y video on demand), la IA ha permitido, a las distintas jerarquías de productores e intermediarios mediáticos, la generación y puesta a disposición de cantidades cada vez mayores y cada vez más diversificadas de contenidos que, por requerir muy poco esfuerzo cognitivo para operar como un recompensa, se vuelven cada vez más adictivos.

A modo de conclusión.

Este recuento de pánicos es nada más eso: una puesta en común de algunos de los más presentes miedos socializados en torno al arribo de las inteligencias artificiales generativas a nuestras vidas cotidianas. No son todos, ni todos los que figuran aquí son los más relevantes en todos los horizontes: el problema de la construcción de un nuevo régimen de posverdad, la cuestión ética sobre el extractivismo de datos, la pregunta sobre la producción y secuestro de excedentes cognitivos o la peliaguda cuestión sobre el desarrollo de nuevas formas de colonialismo tecnológico y sus correlativas resistencias son algunos de los temas que, con seguridad, podrían ocupar un digno espacio en textos diferentes a este y mismo que, con toda seguridad, están siendo tocados en otros espacios en torno a la IA.

Desde esa certidumbre lo que queda rescatar es que la IA sigue siendo una tecnología y, por lo mismo, se mantiene sujeta, por más capacidad de agencia que posea, a los regímenes de determinación social e histórica de los entornos de definición a los que se vaya inscribiendo además de que todavía le queda un tramo largo para dar material de debate a nuevos pánicos morales.


Fuentes

  • Dattathrani, S., & De’, R. (2023). The Concept of Agency in the Era of Artificial Intelligence: Dimensions and Degrees. Information Systems Frontiers, 25(1), 29-54. https://doi.org/10.1007/s10796-022-10336-8
  • Fumagalli, A., Giuliani, A., Lucarelli, S., & Vercellone, C. (2020). Cognitive capitalism, welfare and labour: The commonfare hypothesis. Routledge.
  • Goode, E. y Ben-Yehuda, N. (1994). Moral panics: the social construction of deviance. Blackwell.
  • Mouta, A., Pinto-Llorente, A. M., & Torrecilla-Sánchez, E. M. (2025). “Where is Agency Moving to?”: Exploring the Interplay between AI Technologies in Education and Human Agency. Digital Society, 4(2), 49. https://doi.org/10.1007/s44206-025-00203-9
  • Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.