De la cultura nimbada a la cultura nebulizada: los horizontes de la magia

No. 156-157 / julio 2025-junio 2026 / ensayo

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Wulfrano Arturo Luna Ramírez

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA, UNIDAD CUAJIMALPA

Resumen: La creación artística no ha sido ajena al impacto que los recientes productos de inteligencia artificial, particularmente la denominada generativa, han producido en virtualmente todas las esferas que toca la digitalidad. Innegablemente, dichas herramientas potencian el esfuerzo humano, incluyendo al creativo en ciertos aspectos, sin embargo, también es cierto que el empuje de sus creadores ha llevado a que se consideren no sólo como una herramienta, o un soporte, sino que se han comenzado a extrapolar al nivel de ayudantes o coautores. ¿Un producto de inteligencia artificial generativa, es el genio creador aprisionado tras una pantalla con residencia en una nube digital? Esta asimilación, problemática en su estructura y difícil de desentrañar es consecuencia no sólo de la mercadotecnia y los asombrosos resultados que proporcionan tales productos, sino por fenómenos intrínsecos a nuestros presupuestos culturales e ideológicos. Es en esta interacción de pretensión simbiótica donde se pone el acento en este ensayo. Así, se cuestiona la fascinación acrítica por su uso y la valoración de sus resultados, enmarcando el hecho dentro del universo sociopolítico que las posibilita. Además, se postulan algunas propuestas para ponderar la creación y a los creadores inmersos dentro de la era de las máquinas artísticas… o mercadológicas.

Abstract: Recent Artificial Intelligence products, particularly the so-called Generative, have produced great impact in virtually all spheres touched by digital work, artistic creation has not been immune to that. Undeniably, such tools enhance human effort in certain aspects, including the creative one. However, it is also true that the interests of their creators have pushed to be considered not only as a tool, or just a media, but they have begun to be extrapolated to the level of assistants or co-authors. Are such products the creative genius imprisoned behind a screen with residence in a digital cloud? This assimilation is problematic in its structure and difficult to unravel. It is a consequence not only of marketing and astonishing results of those systems, but also derives from a phenomenon embedded in our cultural and ideological assumptions. Such interaction of symbiotic pretension is the focus of this essay. Thus, the uncritical fascination about their use and the valuation of their results is questioned, framed within the socio-political universe that make them possible. In addition, some proposals are postulated to ponder both creation and creators immersed in the era of artistic machines (or marketing ones).


Se dice que el humano es el único ser que crea cultura. Gran parte de los imaginarios sociales, atravesados profundamente, al menos en nuestro país, por el eurocentrismo omnipresente en nuestros sistemas educativos, separan tajantemente las creaciones humanas de las de las otras especies, que podríamos denominar el mundo animal, y de la misma naturaleza. El ser humano crea cultura en todas sus interacciones.

Es innegable que las tecnologías digitales, que comprenden electrónica, informática, computación, telemática, mecatrónica y otras áreas, propiciaron una euforia en muchas de las esferas de la sociedad y, por ende, de la cultura. Constituyen tanto como un soporte como una técnica, tal como el lienzo, el caballete y el óleo. Con ellas se crearon desde programas de dibujo, diseño y videojuegos, sin dejar de lado los sitios web y los distintos formatos de imágenes, sonido y video. Esto impactó no sólo al usuario final, sino también a los creadores profesionales ya sea en el taller o la fábrica del diseño industrial, o el estudio del artista, devenido ahora en artista digital.

Ahora bien, con la llegada hace pocos años de la inteligencia artificial generativa (IAGen), es decir la nueva euforia digital, impulsada desde el poder económico neoliberal de las grandes tecnológicas estadunidenses, se ha potenciado la euforia previa. Ahora, al menos en la forma, se nos presenta no ya sólo como una plataforma o un soporte, sino como un ente creador de contenidos, obras artísticas, y hay quien dice pensamiento, y por extensión, cultura. Es decir, ya no se considera sólo una mediación, sino un generador. Conviene desmenuzar un poco estas concepciones.

De la IA a la IAGen o de las máquinas intelectuales a las máquinas artísticas

En primer lugar, diremos que la inteligencia artificial (IA), nacida formalmente en la década de los 50 del siglo XX, es un conjunto de tecnologías y una ciencia, que se orienta como rasgo distintivo a la síntesis de entidades inteligentes, en alguna de las vertientes posibles: que se actúen o que piensen como de forma inteligente, ya sea atendiendo al modelo humano o con apego a métodos que no tienen necesariamente que ver con el humano.

Es pertinente decir que la IA, desde sus inicios, tuvo una inspiración mercantilista. Esto explica por qué se incubó dentro del complejo tecnológico y científico estadunidense de naturaleza capitalista, así como en un ambiente de Guerra Fría y carrera armamentista. Lo que buscaban sus impulsores era el financiamiento de las investigaciones. De ahí que los fundadores dejaran de lado la cibernética y sus cuestionamientos ético-morales, y se decantaran por un concepto más atractivo.

Lo que ahora vivimos es una versión extrapolada de esta búsqueda de fondos basada en especulación y control de mercados, pero con una nueva característica: la generación de contenidos, de ahí el nombre IA generativa (IAGen), aunque los mercadólogos han simplemente denominado IA, usurpando el término de la disciplina madre.

Para entender esto recordemos que hay otros conceptos que comúnmente se relacionan con la inteligencia, tal como el razonamiento, aprendizaje y la creatividad. Muchos de los escépticos de la IA consideraban que ésta última era la que más se acercaba a ser un concepto fuera del alcance de los algoritmos y la computabilidad. Sin embargo, pronto aparecieron intentos por recrear el genio creativo a partir de computadoras. Se hizo música electrónica y también se probó la generación maquinística de literatura, ya sea narrativa o poesía. Esto configuró de alguna manera una suerte de vanguardia artística, aunque no se le conoció como tal; es decir, no se tiene noción clara de alguna corriente o subcorriente que propugnara el surrealismo maquinal o artificial o un arte artificial; pero podríamos identificar la escritura automática como un antecedente cercano en sus fines y resultados a los modelos de lenguaje de la IA y de la IAGen.

De tal forma, si inicialmente se tenía como aspiración contar con máquinas inteligentes, se dio paso a la concepción de máquinas que produjeran algo cercano al arte, máquinas artistas. Lo que dado el contexto que nos dejó socialmente el uso de la denominada Web 2.0, que proponía al usuario no ser solamente un consumidor sino también un productor de contenidos (prosumidor se le denominó), más la proliferación de las redes sociodigitales y los videojuegos, el camino estaba llano para aceptar más fácilmente que una computadora generase música, literatura y desde luego obra pictórica digital. Hay varios ejemplos de ello, tal como los generadores de haikús, poesías en verso libre y sobre todo sonetos (dado el hecho de que tales esfuerzos nacieron principalmente en el contexto anglosajón, donde esta forma es predominante) y narraciones.

Con la llegada de los modelos de lenguaje colosales (LLM por sus siglas en inglés), se crearon programas que comúnmente adoptaron la forma de entes dialogantes o chatbots, que podrían dar como salida imágenes, videos y, por supuesto, textos, literarios o de otra índole; principalmente ensayos, relatos y novelas. Esto generó desde luego implicaciones sociales profundas e impactó al arte de cierta manera.

Los LLM, caracterizados como cotorras estocásticas por Emily Bender y sus colegas (2021), funcionan con base en datos de entrenamiento y ensambles complejos de redes neuronales (modelos de computación distribuidos capaces de aproximar funciones matemáticas computables) que procesan tales datos y crean una representación de ellos. Así, a partir de ingentes cantidades de datos y capacidades de cómputo se desarrollaron herramientas capaces de “crear contenido nuevo”, que maravilló a usuarios comunes y expertos.

Cabe aclarar un par de puntos. Dejando de lado la discusión sobre la innovación y la originalidad puras, conviene decir que tal “creación”, o mejor dicho generación, parte de un universo estadístico de una vastedad abrumadora. Supera lo que sería posible generar para cualquier persona hablando en términos de extensión y tiempo: en menos de un minuto se puede generar un texto de unas 50 cuartillas. Esta generación conduce a algo que no es nuevo, sino “no visto antes”, ¿por qué la distinción, que pareciera un poco mezquina? Es nuevo en el sentido de su composición por medios automáticos, es decir, no está presente tal cual en los datos con que se entrenó (no es una simple copia), sino que está contenido de manera refractada gracias a la representación y el cálculo computacional, y de ese mismo modo es generado.

Tal adelanto tecnológico, dio pie para que se cuestionara, una vez más, al culmen de la creación artística humana, ese arte nimbado elitista y no pocas veces terriblemente comercial. Pues si ya era posible que una computadora hiciera una obra artística, y ésta fuera ordenada por cualquier persona conectada a alguno de los chatbots de moda, ¿para qué contratar a un diseñador, a un músico, a un escritor?, ¿por qué comprar la obra de un artista? Es algo distinto a los espectáculos robóticos y de drones que precedieron a la IAGen y sus famosos chats y pretendidos asistentes virtuales. Lo es porque en ellos se considera que el humano tiene el control; en ellos aún el humano es el titiritero digital que mueve los hilos de ese exotismo tecnológico.

Pero retrocedamos un poco para entender el contexto de la “magia tecnológica” de hoy en día.

MagIA: entre la mafia y el MAGA, o una burbuja que explota

Recordemos que la generación de estos implementos se da de la mano del auge de la tecnociencia. A decir de Javier Echeverría (2003), la última etapa del desarrollo científico y tecnológico constituye una forma de hacer ciencia basada principalmente en la inclusión de tecnologías digitales al proceso de creación de ciencia y tecnología. Auge que se circunscribe en el marco del neoliberalismo y que nació de la migración paulatina del ámbito público al privado. Las entidades públicas, como universidades e institutos de investigación, primero cedieron terreno frente a universidades privadas e institutos con participación privada/gubernamental; más recientemente, a laboratorios de empresas tecnocientíficas cuya principal característica, además de ser de capital mayoritariamente privado, es estar totalmente desligados de las restricciones legales, administrativas, financieras y ético-morales que de alguna forma impone el ámbito público.

Esto es relevante porque decanta la manera en que las grandes tecnológicas nacieron, y estructuraron sus modelos de negocio. Para poderlo observar, tomo inspiración principalmente del filósofo hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez (1983), quien nos indica que hay que atender no sólo a la racionalidad teórica (diríamos tecnocientífica, es decir cómo se hace de manera teórica y técnica la ciencia y cómo se valoran y evalúan sus productos) sino a su racionalidad práctica (a qué fines sirve, cómo lo hace y de qué medios se vale para ello).

Dentro de las grandes tecnológicas sobresalen las que se conocen a través del acrónimo GAMMA: Google, Amazon, Meta, Microsoft, Apple; a OpenAI la podemos incluir dentro de Microsoft. En los tiempos que corren GAMMA bien podría transliterarse en MAGA (Make America Great Again) por la cercanía y eventual participación en el actual gobierno de Estados Unidos. Todas estas empresas recrean una serie de prácticas de corte monopólico extraterritorial que raya en lo neocolonial. Pretenden imponer su hegemonía desde la doble arista que ya nos comentaba Sánchez Vázquez (1983). Por una parte, detentan el monopolio económico de sus productos y servicios, es claro; pero, también del discurso, lo cual se da en dos sentidos. El más evidente es que constituyen los actuales medios de difusión y comunicación, que han desplazado en buena medida a la prensa, la televisión y la radio; ellos pueden desde esas cibertribunas, decidir programáticamente; es decir, digitalmente, no sólo sobre la libertad de expresión, sino incluso su formato. Baste recordar aquí los famosos “140 caracteres”. De esta forma, posicionan discursos y dejan que otros posicionen los suyos a conveniencia.

En segundo lugar, el entramado tecnológico que lograron crear dejaba al mundo al margen de la participación como eventuales competidores, avasallando a prácticamente todo ámbito que tenga de alguna manera que ver con algún servicio o producto digital; es lo que Ianis Varoufakis (2022) ha denominado tecnofeudalismo, y Jorge Veraza (2024) ha caracterizado como una expresión del gobierno despótico de la producción, ya anticipado por Karl Marx. Desde esta torre de silicio, nos pretendían decir, y lo siguen haciendo, de qué hablar, cómo hablar o a qué darle relevancia. Determinaban, si uno les seguía el juego, quién existe o no.

Una de las peores posiciones la detentó un encumbrado tecnoejecutivos, o CEO (Chief Executive Officer), como suelen denominarse, al propugnar que, ahora, lo que deberíamos hacer no es aprender a programar, sino a crear consultas o prompts siempre y cuando, está claro, los chips fabricados por su empresa procesaran tales peticiones. Es decir, por un lado nos querían convencer de que sus productos y servicios, denominados la IA (generativa), que debían correr desde luego en sus nubes (plataformas informática y centros de datos) con sus masivos recursos computacionales, eran el futuro irremediable. Al igual que con las redes sociodigitales, todos debíamos ser usuarios mientras nos querían hacer creer una y otra vez que la complejidad tecnológica alcanzada verificaba el adagio de Arthur C. Clarke (Castagnet, 2020): “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Estábamos en la vera de la magIA según los publicistas con títulos de alto pedigrí y salarios exorbitantes. Así, la MAGA se convertía en MAGIA, aunque en realidad era la pretendida consolidación de la “mafia del silicio”, afincada desde luego en San Francisco, en Sillicon Valley.

Todo parecía ir viento en popa. Lo único que había que hacer era contratar su servicio premium para conectarse a la modernidad con esteroides que prometía la IAGen. En esas estábamos cuando en pleno nacimiento de lo que podría denominarse la Guerra Fría 2.0, irrumpieron los chinos con DeepSeek (2025) y un movimiento audaz fincado en dos puntos estratégicos: a) se podía romper el monopolio del discurso si se rompía la racionalidad tecnocientífica con aprovechamiento de recursos limitados, o como diría una botarga vestida de blanco muy común dentro de nuestros confines nacionales: quasilo mismo, pero más barato; b) además, rechazaron los dos caminos aparentemente ineludibles para los pequeños competidores de la mafia del silicio: subirse al riel de las startups o empresas aventureras en busca de comprador; o tratar de convertirse en un gigante atrayendo capital y poder político. En lugar de eso, optaron por abrirse a la comunidad, al software libre. Una postura congruente si se recuerda que China aún se considera a sí misma como un país comunista (al menos eso dicen). Así, dieron un paso en la verificación de lo que algunos expertos como Luciano Floridi (2024) ya nos habían advertido: el modelode negocio de la IAGen constituye una burbuja tecnológica que habrá de reventar como las anteriores. Los números y los métodos de sus protagonistas así lo apuntaban y así se están observando ahora.

Volvamos entonces a la cuestión de la cultura y las creaciones artísticas.

Del arte a la artesanIA: un programa de cultura o una cultura programada

En el contexto ya mencionado, tenemos que la “toma del discurso” (y del recurso), además de las posibilidades de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y la IA (generativa o no) implica ciertos cambios en las actitudes de las personas para con los dispositivos digitales, y para consigo mismas.

Retomemos la historia para recordar el efecto Eliza relatado por Joseph Weizenbaum (Wikipedia, 2025), quien quedara estupefacto cuando su secretaria, al usar el primer chatbot que a la sazón simulaba ser una psiquiatra (denominada Eliza), le pidiera quedarse a solas con el programa para seguir su “diálogo” como si se tratase de un intercambio entre dos racionalidades, dos pensamientos, dos mentes. Como para Weizenbaum fue, a mi juicio, uno de los fenómenos más aterradores de nuestra realidad. Esto ya había sido tocado por Marx cuando nos habló del fetichismo tecnológico (Veraza, 2024), la cosificación que se da bajo el capitalismo; pero que, valga decir, no nace necesariamente dentro de él, sino que está presente en todos nosotros en mayor o menor medida.

Antopomorfizamos a los objetos, y a los animales, y cosificamos a las personas y a los animales. Esta fetichización encarnada en el efecto Eliza, se da cuando se le atribuyen a los productos y sistemas digitales, y de IA/IAGen, características que no poseen: como agencia, emociones y hasta personalidad propia. El efecto Eliza no es privativo de personas desinformadas o con escasa preparación técnica. La secretaria de Weisenbaum sabía perfectamente que se trataba de una simulación. Al igual que ella, pero más recientemente, en el ya un poco lejano 2022, un desarrollador del gigante de los buscadores pretendió que LaMDA, el chatbot en prototipo en el cual trabajaba, debería tener derechos y ser tratado como una persona pues afirmaba que tendría conciencia (Levy, 2022). El desarrollador fue separado de la empresa y desmentido el supuesto ente digital consciente. Saldría muy complicado otorgar derechos laborales a un programa destinado a ser explotado ad infinitum.

Las TIC, la Web 2.0, combinados con la fetichización del efecto Eliza, impulsados por una exorbitante propaganda publicitaria y la detentación de los medios y poderosos sistemas de IA/IAGen, han irrumpido en nuestras sociedades de diversas maneras. No sólo se trata de mayor vigilancia, o de la “dictadura del algoritmo”. En realidad, debería ser la “dictadura del programa o del sistema”, pues un algoritmo por sí mismo es inocuo, no así el programa que lo implementa en una computadora.. También se tratade la discriminación automatizada; además, de la sustitución de ciertas actividades más allá de lo laboral.

Por ejemplo, recordemos que, en reuniones sociales de antaño, en las cuales se tocaba un instrumento y se disfrutaba de cantar y bailar. Creaban núcleos familiares de músicos, bailarines, y cantantes. De alguna manera la vena artística se manifestaba. Ahora es difícil ver estas situaciones, pues, aunque hoy todavía se baila y canta, la interpretación musical va en declive. Es cierto que durante el siglo XX el vinilo, los casetes y los CD hicieron su parte, pero las plataformas de música (la renta de reproducciones de MP3 u otros formatos de mayor calidad) han modificado seriamente aquellas tertulias. Con la llegada de las máquinas generadoras de contenidos se da una nueva vuelta de tuerca a esta situación pues no sólo hay una mayor oferta de materiales, eso ya se lograba con la globalización, sino que se ungen como creadoras de obra, dejando al usuario como mero solicitante y espectador.

La velocidad con que se generan textos, imágenes, videos y demás materiales multimodales (su combinación), así como su calidad en ocasiones hiperrealista, y la estructura sobre la que se presentan: los chatbots, supera la fascinación que habría producido a los jóvenes en el tercer tercio del siglo pasado oír una reproducción estereofónica, o comparar el sonido de una guitarra eléctrica contra la monotonía de la música vernácula comercial. La figura de genio creador digital, aprisionado en una pantalla, parece aún estar a las órdenes (prompts) del usuario (el improbable amo), sin embargo, podría ser todo lo contrario.

¿Qué pasa entonces con el genio creador kantiano? No para dar una respuesta, sino para aventurarse cerca de alguna avenida que nos deje en sus linderos, llamo la atención a un fenómeno que se presentó como un antecedente a lo que hoy en día se intenta con la IAG, los tokens no fungibles o NFT (Wikipedia contributors, 2025), uno de los más estridentes gritos de la moda morbosa del tecnocapitalismo. Estridentes no a la manera de los célebres poetas Xalapeños (Domínguez, 2022), sino por lo escandaloso de los montos en que se estima su “valor”. Los NFT podrían parecer sólo una manera de criptomonetizar el trabajo, artístico o no, pero al ligarse al mundo del espectáculo cobraron dimensiones colosales. Que vender un conjunto de bytes le refiera a su creador millones de dólares, es algo que podría concernir sólo al comprador, pero algo nos dice de las concepciones y valoraciones que se promueven desde la esfera digital.

Así como un plátano pegado a la pared con cinta industrial llegó a las galerías, y se vendió por miles de dólares (Sánchez-Montañes, 2023), los NFT han hecho lo propio. Se exhiben, lo que es mayormente contradictorio, y se venden por mucho más. ¿Dónde está el genio digital creador? Hoy día se montan exposiciones de arte creado por IA; es decir, por personas que usan métodos y programas de IA/IAG, y, ¡sorpresa!, se venden por miles de dólares también.

Volteemos hacia la controversia entre arte y artesanía. Consideremos las cajitas y charolas de Olinalá, Guerrero, México. Cualquiera que las identifique o busque digitalmente, encontrará una descripción que las encasilla dentro de las artesanías. Que yo sepa, difícilmente se venderían por el precio del plátano antedicho y mucho menos aparecerían en las galerías de altos vuelos en que se venden las artesanIAs. Es decir, estamos dispuestos a consentir y valorar como arte lo que se genera computacionalmente por el “ingenio digital” de la IAG, pero seguimos escatimando el valor artístico de los maestros tradicionales, comúnmente llamados artesanos.

Esta es una de las facetas más notorias del colonialismo digital acusado por diversos autores árabes con base, a su vez, en algunos latinoamericanos: “la computación en tanto fenómeno moderno es el colonialismo por otros medios”. Hay que indicar, además, que en el caso de la IA/IAGen, ésta tiene el poder de crear sus propios medios de colonialismo.

Recordemos que la máquina mercadotécnica se esfuerza en situar a los programas de bots multimodales de la mafia del silicio en el culmen de la creación tecnológica y artística. Tenemos en renta sendos “creadores” de obras “artísticas” y gente que los está usando para incrementar sus propios activos. Nada nuevo, pero conviene advertir que estos programas, resultado de los datos de entrenamiento, que rara vez dejan claro su origen y si los autores humanos reales dieron su anuencia para ser usados así, y los propósitos con los que son creados, reproducen y potencian sesgos culturales además de estar al servicio de intereses particulares y comerciales como nos decía Sánchez Vázquez (1983).

Estamos en la verja de una cultura programada en el doble sentido del término programa (lo que ha de hacerse): creada como un plan político económico, y por la acción de programas de computadoras.

Cállate sésamo: de adivinar la palabra a la palabra divina

En el principio fue el texto. La acción potente del lenguaje natural (los idiomas) nos permiten que al tener texto bien formado (legible por cualquier hablante de un idioma), los chatbots den la ilusión de un “diálogo” (el efecto Eliza), realmente es la entrada de órdenes o consultas mediante una interfaz lingüística escrita u oral en una máquina.

Un célebre relato árabe daba cuenta que se podía abrir un recinto por obra de artes sobrenaturales; es decir, invocando una frase: “¡Ábrete Sésamo”! Hoy en día podría parecer una forma temprana de un sistema de reconocimiento del habla: un biométrico de voz. Pues bien, los LLM comenzaron con una tarea de predicción de texto, es decir, completar con una propuesta la secuencia de palabras que debiera seguir a la introducida por el usuario, algo muy común en sistemas de mensajería instantánea. Solamente que ahora, con los chatbots, tenemos no sólo la predicción de una frase, sino la composición de grandes cantidades de texto, en diversos formatos, incluyendo programas de computadora, es decir, generación automática de código de programación. Desde luego, como ya se comentó, esto se extiende a formatos multimodales.

Pero hay que reparar en la interacción que se ha logrado con ello: gracias a que ya estamos habituados a la consulta de buscadores de páginas web, o la manera dominante en que se presenta la información en internet, y que adopta la forma de un oráculo al que se le hacen preguntas cuando,más bien, se le hacen consultas; esto es, se le dan comandos a guisa de peticiones; se toma una cosa por otra. Frente a un chatbot se cree que, tras un prompt, este nos darála respuesta” cualquiera que sea su formato. Lo anterior configura una nueva fetichización de la tecnología. Podría decir, quizá rayando un poco en la exageración, que para algunas personas se ha divinizado esa respuesta, pero valga indicar, que esa respuesta está intervenida por los intereses de los dueños de las tecnologías.

De la cultura nimbada a la cultura nebulizada

La influencia tecnocientífica en los usuarios de las TIC y otros implementos, como los de la IA/IAGen tienen un impacto que es innegable en distintas esferas de la vida de muchas personas, desde lo laboral, a lo educativo, pasando desde luego por el entretenimiento, e impactando la creación artística. Es claro que la introducción de cualquier tecnología crea una serie de comportamientos alrededor. Podríamos considerar la cantidad de aditamentos para los teléfonos celulares, desde carcasas protectoras hasta pedestales e innumerables objetos más.

En el caso de las tecnologías digitales, su irrupción en la esfera laboral, sea productiva, de servicios o gubernamental modificó varios de sus procesos operativos. No podemos dejar de lado el impacto que tuvieron las plataformas de videoconferencia en la pasada pandemia del COVID19. Se alteraron en sentido positivo y negativo las formas de hacer, y quizá también las concepciones que individuos tenían de su entorno. Podríamos decir que al menos en escala local, se modificó la cultura, sobre todo de quienes están expuestos a las tecnologías digitales.

La gran diferencia con la nueva euforia digital, es que con las herramientas de IA/IAGen estamos frente a productos tecnológicos que tienen una característica distintiva, además de poder bifurcar sus cursos de acción, bien por la codificación directa, bien por los patrones encontrados en los datos, la interacción con usuarios y otros sistemas (otra fuente de datos): están demasiado mediatizados y masificados. Desde luego, poseen capacidades de cómputo muy superiores a sus predecesores. Esto, por un lado, contribuye a su uso indiscriminado que sus corifeos indican es una forma de democratización de la tecnología. En cierto sentido lo es ya que forma parte de una estrategia de recolección de información y de mercadeo. Por otro lado, claro que contribuyen con su pericia técnica a la resolución de problemas y la eficientización de actividades.

¿Qué pasa entonces con el arte y la cultura? Como el lector ya habrá notado, estoy aquí moviéndome pendularmente entre un concepto amplio de cultura y uno que especializa su uso, no sé si de manera legítima, hacia aspectos más cercanos a lo artístico. Después de todo ha habido secretarías de cultura, que no de arte, que engloban expresiones artísticas. Habría que preguntarnos: ¿qué sucede con el arte y la cultura en los tiempos de la IAG?

Si algunas actitudes del genio artístico caen deliberadamente dentro de actitudes elitistas, de competencia y exclusión, en el ambiente neoliberal se exacerban. También se considera que debe haber cierta preparación sí, pero que los verdaderos creadores, los artistas profesionales, están dotados de un genio innato, imposible de ser adquirido o reproducido por quienes de él carecen. Los aficionados teníamos que conformarnos con intentar meras imitaciones sin valor comercial, dignas de la entretención personal o familiar. Recordemos el refrán en desuso: de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco. Con la llegada primero de tecnologías pre-IAGen de la imagen y el sonido, que puso en los dispositivos móviles cámara y software capaz de aplicar filtros, enfoques y múltiples ayudas y artificios a la toma fotográfica y de video, y, posteriormente, con las del habla, las cuales permiten traducir idiomas y convertir formatos, se transitó hacia la posibilidad de crear obra artística por medios digitales. Esto transformó sin querer al refrán en desuso: de músico, poeta y loco, todos compramos un poco. Bastaba adquirir un artefacto o programa para intentar hacerlo. Inclusive, artistas profesionales experimentaron ampliamente con las tecnologías digitales, no siempre con mucho éxito.

Con la irrupción de la IAGen este impulso cambió de giro, ya no se trata de herramientas auxiliares en la creación, sino de programas que pueden crear. Ahora, “de músico, poeta y loco, todo chat IAGen tiene más que sólo un poco”. Bueno, en realidad, como ya lo dije, estamos frente a herramientas que potencian la creación, pero para ello hay que escapar del fetichismo. Una cosa es generar texto bien formado, es decir, legible, y otra crear literatura, arte.

Hablando de poesía, por ejemplo, hay muchos antecedentes de generación poética que incluyen desde luego estrofas metradas, rimadas y en verso libre. Como es natural, en su forma predominan los sonetos, por influencia de los datos con que fueron entrenados, y el verso libre. Están aún ausentes la décima espinela y otras formas más cercanas a la tradición hispanoamericana. Los chats adolecen de una cursilería evidente. Los relatos que producen son aún simples y están plagados de lugares comunes. Sin embargo, hay quien ha publicado poemarios y ( novelas creadas con estos programas. Y nos dejemos engañar por la extensión; eso es algo que a la IAGen se le da muy bien.

Desde luego está el problema de quién decide qué es arte. Es un terreno escabroso que no tiene una sola respuesta o, al menos, una en la que todos estemos de acuerdo. Muchos escritores humanos galardonados con premios de renombre podrían equipar su trabajo con las salidas de los chats de IAGen, y ambos podrían ser igualmente fútiles para la literatura.

Ahora se sobrevalora la salida obtenida por estos dispositivos. Hemos pasado de una forma de arte nimbado, de cabezas coronadas de laureles elitistas a una forma de arte nebulizado, generado e incubado en esa abstracción mercadológica que denominan “la nube”, o sea, los grandes centros de datos de la mafia del silicio. Hay que decir que no por aparentemente democratizar la generación de contenidos o, como algunos dicen, la creación artística, el elitismo se ha descartado. Ahora la pugna se trasladó a las grandes tecnológicas y adoptó la forma de innovación, capacidad de cómputo, datos de entrenamiento utilizados y capacidad de generación multimodal. Bueno, en esas estábamos hasta la aparición del chat chino DeepSeek, que promete hacer que las nubes lluevan y esos artefactos generadores de contenido puedan ser utilizados fuera de ellas. Está por verse. Miremos algunas avenidas para utilizar la IA/IAGen y poder contrarrestar la nebulización de la cultura.

Avenidas para la resistencIA cultural o el arte sigue siendo arte

Anteriormente se dibujó un panorama que trata de explicar el uso de las TIC y la IA/ IAGen hoy en día. Varios temas quedaron al margen, como el lector podrá advertir.

Comentaré algunas posibilidades de resistencia contracultural que podrían incluir a la IAGen misma, no como un recetario, sino apenas como el inicio de esta reflexión. Todo podría resumirse en la apuesta por generar contratecnocultura, que no tecnocontracultura. La primera tiene que ver con salirse de la esfera a la que nos quieren ceñir la mafia del silicio y sus vasallos. La segunda sería más bien utilizarlo como ellos nos indican.

No se trata de adoptar un ludismo de nuevo cuño, un e-ludismo o tecnoludismo. Ni siquiera pensar en la posibilidad de destruir las máquinas, que sería un empresa harto difícil y sobre todo estéril, ni tampoco eludir su uso (un eludismo). En contrario, más bien deberíamos entender cómo usarlas y cómo evitar que nos usen, no ya los productos tecnológicos, sino sus dueños, eternos buscadores de renta.

Antes, una curiosidad pre-IAG que poco ha captado la atención y que no se consolidó siquiera como una vanguardia literaria, hasta donde yo sé: la poesía en código o code poetry (s.f.). Consiste en crear poemas a partir de lenguajes de programación de alto nivel (predominantemente en idioma inglés, lengua en que está la mayoría de éstos) usando sólo el inventario lingüístico que dichos programas contienen, con la característica de que puedan ser ejecutados por una computadora. Tal intento poético tiene dos beneficios: aprender a programar, es decir dominar la forma en que se le dan conjuntos de instrucciones a las máquinas; y poner a prueba el genio creativo al circunscribirse a un conjunto de reglas estrictas de los lenguajes de programación. Si esto constituiría poesía o no, queda abierto a la discusión.

Veamos algunas consideraciones para para utilizar la IA/ IAGen a favor de la creación artístico-cultural:

  • Reflexionar en el hecho de que se está frente a un producto tecnológico el cual, con posibles excepciones, está al servicio de las personas que los financian, diseñan, desarrollan y promocionan. No es algo dado per se por el mundo ni por la sociedad, ni tampoco es algo irremediable como el aire que necesitamos para respirar. Como creación humana, se puede modificar, normar y sustituir.
  • Comprender, no su tecnicismo (aunque es importante, pero implica altos grados de preparación en la materia) sino su propósito operativo: estos productos no dan “las respuestas”, sino que generan contenidos sobre ciertos temas. Dependerá de la petición (prompt) y de los datos con que fue entrenada la herramienta la bondad de la salida. Los datos de que se alimenta reproducen un pensamiento y puntos de vista de personas, parcializados y plagados de sesgos culturales. Lo que se obtiene es un punto de partida, no el final.
  • Si no se es capaz de juzgar (estética, técnica o ético-moralmente) la salida, se debe considerar totalmente descartable.
  • Si se está en capacidad de entender lo que produce al punto de valorarlo como se ha dicho, entonces hay que intervenirlo. Este punto de partida puede alimentar la curiosidad, la experimentación y llevar a nuestro genio creador a otros enfoques o ideas. Después de todo, lo que se nos presenta tiene la sombra de miles de puntos de vista (contenidos en los datos de entrenamiento).
  • Esta intervención puede extrapolarse también a su modificación técnica y operativa. A reorientar su operación hacia fines distintos a los de sus creadores. El intento va por la creación de mediaciones digitales o mecatrónicas que nos permitan una expresión cultural o artística propias, es decir, su adopción como herramientas tecnológicas y, por ende, como artefactos culturales.

Fuentes