Elsi en familia

Inés Cornejo Portugal, Vicente Castellanos Cerda | Visuales
Doña Elsi, madre de Neli, Naila, Merli y Edi, cultiva día con día la reunión familiar con la preparación de panuchos, salbutes, papapzules, relleno negro y tamales. Alrededor de sus guisados, las hijas, el hijo y ella comparten aromas, texturas y sabores de la cocina yucateca. Las parejas de sus tres hijas han tenido diferentes experiencias migratorias en los Estados Unidos.

Don Félix

Inés Cornejo Portugal, Vicente Castellanos Cerda | Visuales
Pese a la ida y vuelta de personas migrantes, quienes suelen llegar con información nueva para los cuidados de la población, los saberes de los hierbateros, como Don Félix, persisten y se convierten en referentes morales para la comunidad. Él conserva la habilidad de armonizar la naturaleza y los factores biológicos para el bienestar de los habitantes de Santa Elena. Su hijo, Carlos Maas, es profesor de educación media en la región y una persona comprometida con su pueblo.

Ave de paso

Inés Cornejo Portugal, Vicente Castellanos Cerda | Visuales
Durante nueve años, el proyecto migratorio de Merli y Wilson fue un conjunto de trayectos de ida y vuelta. Él, con objetivos establecidos, asumió una serie de retos desde que decidió salir de Santa Elena, trabajar en San Francisco en la industria restaurantera y, finalmente, al retornar a su hogar. El proyecto no fue lineal, sino cíclico y, sobre todo, acordado y compartido con la pareja. Fue una decisión que tomó con su esposa para reunir dinero suficiente y para estar juntos. Los 2 mil dólares que él ganaba se los enviaba a Merli para construir su casa. Wilson tiene en la actualidad un negocio de venta de gasolina. Merli comparte con otras mujeres un taller de costura en una cooperativa que crearon gracias al apoyo del gobierno. El proyecto migratorio de esta pareja tuvo éxito.

La cenicienta invisible

Ramón Ángel Acevedo Arce | Foto-ensayo
Durante mi segunda estadía en la ciudad, y en uno de estos barrios, fotografié a una viejecita pobre y rugosa que contemplaba un paisaje miserable tras los sucios cristales de una ventana, como evocando un sueño juvenil incumplido. Mientras escribo estas líneas, observo su rostro, calculo sus años, y la imagino joven veinteañera con alguna “esperanza secreta”, quizás cruzándose en una calle con aquel poeta güero, cuarentón y espigado, siguiéndolo con su mirada, esa misma mirada que, casi 60 años después, languidece inexorablemente en su fotografía. Me pregunto: ¿ella mira hacia afuera o adentro de sí misma? ¿En qué horizonte gris se quedaron empantanados sus sueños?