RMC es una publicación del Departamento de Ciencias de la Comunicación - Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa

La investigación afortunada y venturosa: Entrevista con Enrique Sánchez Ruiz

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  • Esta entrevista forma parte del apartado “El oficio de investigador de la comunicación” de Vicente Castellanos.
  • El resto de las entrevistas puede leerse en la RMC #129: Disponible en su versión impresa y Kindle Ebook.
  •  “La historia de la AMIC refleja mucho la parte que a mi me enorgullece de la historia de la investigación de la comunicación en México” dice Sánchez Ruiz.

Por Vicente Castellanos

Publicado originalmente en la RMC 129

Disponible a la venta como Kindle Ebook

Entre autocrítico y propositivo, el doctor Enrique Sánchez Ruiz sostiene: “Hemos habido quienes sostuvimos que había que solidificar lo académico para solidificar a la vez o subsecuentemente lo político. ¿De dónde vamos a tener la solvencia política si nuestra base es académica? Pues de la academia, del rigor, de los datos… La historia de la AMIC refleja mucho la parte que a mi me enorgullece de la historia de la investigación de la comunicación en México”.

En principio, ¿cuáles son tus motivos personales y profesionales por los cuales investigas?

—Primero, habría necesidad de mirar en retrospectiva: lo que hace años me motivó a investigar no es necesariamente lo mismo que me motiva ahora a hacerlo. Ya evolucioné. Mi afán por ser investigador se origina en ciertos ejemplos. Imagino que muchos de quienes estudiamos con jesuitas, llegamos a conocer algún jesuita bien fregón, que sabía un chorro sobre literatura, semiótica, filosofía…  Esa fue una primera imagen muy fuerte en mi trayecto en la licenciatura de Ciencias de la Comunicación: algunos jesuitas bien fregones. Por ejemplo, uno de ellos de literatura me introdujo al pensamiento crítico leyendo El laberinto de la soledad  y Posdata. Así  empecé a reflexionar sobre la realidad mexicana. Pero no nada más eso, también El gesticulador de Rodolfo Usigli, etcétera. Por  esa vía empieza uno a pensar críticamente sobre la realidad.

Luego, cuando estudiaba en el ITESO llegó un alemán muy fregón, un sabelotodo, a introducir un marco entre semiótico y cibernético como los grandes adelantos teóricos en los años setenta y fue otra figura que me impresionó mucho. Pero curiosamente, dentro de la escuela, lo calificaron como positivista y algunos de los jesuitas y no jesuitas empezaron a meter cosas para contrarrestar su positivismo. De esa suerte, de pasadita, entré también al pensamiento marxista.

Todo eso me despertó miles de inquietudes, pero la verdad es que los ejemplos, el caso del señor sabelotodo, ése que uno admira, en mi caso fue muy fuerte, muy pesado.

—¿Cuál era el motivo de la admiración?

—En prácticamente todos los casos –porque ojo: no digo que admiraba a uno solo sino a mucha gente– por el reto intelectual. Los jesuitas sabían de historia, de cuestiones humanísticas y filosóficas, podían contextuar las cosas de las que hablaban. Varios de ellos hicieron mella en mí. Y luego llegó un alemán que también era así, y yo pensaba: como quisiera parecerme a ése también. Era gente que sabía mucho: la mayoría sabía comunicar todo eso que sabían, que es lo que a mi todavía me falta. Entonces cuando termino la carrera, ya tenía decidido mi trayecto posterior: yo iba a ser investigador.

—¿Y en qué momento dijiste ¡ya estoy haciendo investigación!?

—Algunas de mis primeras chambas fueron dando clasmes. Por cierto, de esos accidentes biográficos, de repente mi familia, que vivía en la Ciudad de México, se confabuló –literalmente se confabuló– y de repente, mientras estaba trabajando como jefe de comunicación, intentaron meterme en Televisa. Yo creo que como pensaban que era  un “pobre profe”, me metieron a la XEX de reportero. En aquel tiempo, la XEX transmitía sólo noticias, y un primo me dice: ve a Río de la Loza número XYZ, atrasito de Chapultepec. Tuve una entrevista, presenté un proyecto y muy pronto ya trabajaba en Televisa de ejecutivo medio.  Finalmente, me salí con la mía: supe que en Torreón buscaban director en una escuelita de comunicación. Mandé mi solicitud en printafom y me dieron la chamba. Toda la familia ofendida: “¡Eres un idiota Enrique!  Pero es que yo ya tenía decidida mi vida.

La cuestión es que siempre que preparaba mis clases  –di clases primero en la Universidad Autónoma de Morelos, después en Torreón, luego regresé a Guadalajara en lo que es la UNIVA hoy día y en el ITESO–, según yo, investigaba. Recuerdo mucho que cuando entré al CONEICC, en una ocasión en el grupo de investigación con Rubén Jara para quien el concepto de investigar era hacer investigación empírica  –porque esa era su formación y esa es su forma de ver la investigación–, sostuve que los profes que preparábamos nuestras clases hacíamos investigación y salí perdiendo.

Me fui al posgrado, estudié una maestría y, como estábamos administrando la abundancia en los años de López Portillo, ligué de inmediato mi doctorado en la Universidad de Stanford. Cuando hacía la tesis me di cuenta de que sí era una investigación, en el sentido más integral, más completo y más complejo. Tenia que estar ligando teoría más o menos abstracta con resultados de investigaciones preexistentes, algunas hasta con implicaciones teóricas, con preguntas propias y con el proceso de producción de información para resolverlas. Por tanto, diría que mi carrera propiamente de investigador comenzaría ahí, con la investigación para la tesis.

Terminando el doctorado tuve mucha suerte. Presenté mi examen y al día siguiente ya estaba tomando el avión para venir a buscar chamba en México. Me había dado dos semanas para estar en Guadalajara y una en la Ciudad de México. Tuve la suerte de que en el momento en que llegué a Guadalajara se estaba formando el Colegio de Jalisco y me dicen: presenta un proyecto; lo presento y me lo aceptan los miembros del naciente Colegio. Además, recibo apoyo económico de la SEP y me quedo en Guadalajara en una institución que nacía como centro de investigación y sin clases en ese momento.

Yo terminé la carrera en  1976 y te estoy hablando del 84. Los años previos habían sido la preparación intelectual que me lleva a formarme para, desde 1984, comenzar una carrera en la investigación.

 

Condición inherente

Digo que fui muy afortunado porque la mayor parte de nuestros colegas aquí, en México, empezaron a hacer investigación al mismo tiempo que daban clases. Y todavía más afortunado porque en ese mismo tiempo, enla Universidadde Guadalajara, había la inquietud por hacer algo en el campo de la comunicación. Entonces Pablo Arredondo y yo presentamos un diagnóstico con un proyecto. El  diagnóstico era que ya había demasiadas carreras  de comunicación en el país y en particular en la región, ¡imagínate ahora! Eso tenía implicaciones con el mercado de trabajo.

Nosotros demostrábamos que la inmensa mayoría de las universidades mexicanas no estaban haciendo investigación y sí estaban produciendo en exceso licenciados en Ciencias dela Comunicaciónque eran sabelotodos, pero especialistas en nada. Por ello propusimos la formación de un centro de investigación y suertudotes de nosotros: ¡lo aceptan! Los primeros años de lo que en aquel entonces se llamó el CEIC, Centro de Estudios dela Informaciónyla Comunicación, fueron de pura investigación, sin clases.

A nivel anecdótico puedes darte cuenta de que, por una parte, yo me preparé, pero por otra, han sido las circunstancias y la casualidad. Se van propiciando las cosas y siento que tuve la oportunidad  –que no tuvieron muchos de nuestros colegas–  de desarrollarme una naciente carrera de investigación muy bien protegida, sólidamente fundada, en lugares que a eso se dedicaban, con infraestructura y apoyos.

Por ejemplo, fui de los primero que llegaron al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), en 1984. Mientras que hoy el número de expediente va en alrededor del 88,900, el mío es el 44. Afortunadamente como no tenía muchas distracciones ni preparar clases y esas cosas, al principio comenzamos a producir y aparecieron nuestros primeros libritos. Luego nos ligamos con una maestría en Sociología de la propia universidad, propusimos nuestra maestría y nos fuimos vinculando con otros programas de posgrado: el Doctorado en Educación y el de Ciencias Sociales. En los dos participé desde su formación y en esos años era el único en la universidad con doctorado y miembro del SNI en el área de comunicación. Lo que solíamos hacer, entonces, era abrir un área de comunicación en los doctorados y usualmente yo la atendía. A través de esos programas fueron saliendo personas que ahora se comienzan a consolidar. Comencé a ver además lo que yo estaba produciendo y lo que producíamos en el CEIC: más masa crítica, de tal manera que ahora ya le entramos hasta a la licenciatura.  Mi comienzo como investigador fue muy venturoso.

—¿Cuáles son las condiciones físicas y psicológicas ideales en que debes estar para poder generar investigación? En todas sus etapas, ya sea en el ejercicio empírico, en el momento de la escritura o en el análisis de la información.

—Los investigadores dela Universidadde Guadalajara y los miembros del SNI tenemos una red de correos. La semana pasada fallecieron dos de ellos por ataques al corazón y hemos estado diciendo cómo nos afectan el estrés y las condiciones terribles en las que trabajamos… ¿Pero sabes qué? Me he dado cuenta de que, por lo menos en mi caso, sin el estrés, sin la presión y sin los vencimientos de plazo, yo creo que no sería nada: no haría nada. Pienso que esa es una condición inherente al trabajo del investigador.

Curiosamente, la gente común y corriente  –nosotros no somos tan normales–  identifica a los investigadores con la figura del filósofo griego: vistiendo su ropón, reflexionando con toda calma en su torre de marfil, leyendo con diligencia. Así nos visualizan, por ejemplo, mis compañeros de la licenciatura. Ellos piensan que yo me la paso chévere, que no tengo las presiones que ellos tienen con los negocios, y ¡cómo no, cabrón! La condición ideal sería esa: la de tener la calma del mundo y estar así, reflexionando y leyendo, interactuando con los estudiantes.

La cuestión es que no podemos prescindir del estrés, pero sí creo que hay estrés del bueno y estrés del malo. Por ejemplo, en mi caso, el estrés del malo fue el que se generó al ceder a las tentaciones que siempre tenemos desde las universidades de aceptar cargos de funcionario. A mí no me funcionó: se me tronaron las tripas, se me subió la azúcar, se me subió la presión. Considero que hay personas a las que les beneficia, les gusta: es como lo de la adrenalina. La  gente que compite en carreras, en cosas así, se vuelven hasta adictos; bueno, también aquí, pero de esta adrenalina, la de la grilla. A mí no me funciona. Creo que la que nos funciona a los académicos, a los que sí tenemos la vocación de veras de académico, es la adrenalina de “urge entregar la ponencia”.

Otra cuestión: se supondría que nosotros controlamos mucho nuestra vida en el sentido de que nos generamos nuestras propias preguntas y nuestros propios problemas de investigación. Mi experiencia ha sido que en relativamente pocas ocasiones he podido escoger de manera libre mis proyectos de investigación: siempre hay alguna sugerencia, cierta petición. De repente recibes una invitación a presentar una ponencia sobre cierto tema y dices: “¡ay güey!, eso está interesante”. Recuerdo que la primera invitación para publicar sobre el TLC fue a raíz de un texto que me publicó Raúl Trejo Delarbre en los años noventa cuando él coordinaba el suplemento político de El Nacional. Como yo había hecho algo al respecto, Raúl dice: “oye, pásame algo”. Me puse a escribir y eso fue el inicio de una línea de investigación que todavía mantengo.

—¿Tienes alguna manía para investigar y que te dé buenos resultados?

—La manía principal que tengo –y creo que no da muy buenos resultados– es la de comenzar cosas y detenerlas. Tengo la manía de hacer varias cosas al mismo tiempo y eso está mal.  Ahorita tengo en mi disco duro como tres o cuatro libros inconclusos.

Por otro lado, frecuentemente tengo –para complacer a las burocracias– que hacer un proyecto nuevo. Son proyectos que usualmente sí me interesan pero que comienzo, detengo y después con algún otro pretexto los sigo a los dos o tres años; por ejemplo, ahora estoy operando un proyecto que había detenido hace como tres años, pero del que ya tenía avances. Todo tiene relación entre sí, pero esa es una manía muy mala. El problema es que con mucha frecuencia –de repente con eso de la puntitis, de los tortibonos académicos–, cuando tengo que presentar los informes al SNI y a otras partes, resulta que tengo un montón de cosas inconclusas.

La parte positiva es que usualmente siento que de los problemas de investigación en los cuales me meto, tengo abiertos sus niveles de complejidad y usualmente los alcanzo a visualizar porque en diferentes proyectos le entras a diferentes dimensiones. Eso te permite tener claro que un problema tiene diferentes dimensiones y que obviamente cada una implica casi casi un proyecto diferente. Hay veces que si te encuentras un estudiante de posgrado interesado en hacer la tesis sobre ese tema, lo agarras y lo orientas sobre una de las dimensiones que tienes detenidas, y ello resulta maravilloso pero no siempre sucede.

Mi manía complementaria es que desde los años de formación  –yo también como otra gente–  recorto y marco periódicos. Hoy día ya me doy el lujo de tener dos asistentes (una pagada por el SNI y otra por la universidad) que hacen diariamente los recortes en torno a temas coyunturales.

 

Manías digitales

Me acuerdo que cuando estaba en el doctorado tenía un cubículo compartido en el sótano, donde me traía de las bibliotecas, especialmente de la de posgrado en Stanford, un montón de materiales, y casi todos los estudiantes mexicanos ya sabían que si era de México y no lo encontraban, Enrique lo tenía.  La cuestión es tener la información. Ha de parecer que uno está apilando. Puede surgir la imagen de… en gringo se dice greedy, como tacaño que está apilando, pero no es eso, no es ser ávaro. Sí me gusta acumular informaciones pero porque sirven. Cuando estaba haciendo mi tesis, de repente emergía una pregunta y no tenía que ir hasta la biblioteca de Stanford para responderla, pues ya tenía la información. Eso también pasa  en mi cubículo en el departamento o en mi casa: uno ya tiene toda la información.

La nueva manía es la de navegar y navegar y navegar en el ciberespacio y bajar y bajar y bajar información. Ya me “agencié”, por ejemplo, dos discos duros externos, uno de los cuales ya se está llenando de puros archivos en PDF. El problema es que eso atosiga mucho, por ejemplo a los pobrecitos de los estudiantes que uno asesora cuando llegan y te dicen: “es que no encuentro nada profe”. De repente le das un disco o un CD con el montón de archivos o la memoria USB llena de información, con capítulos, con libros enteros.

Toda la información sobre intercambios cinematográficos que he trabajado en los últimos años con respecto a Estados Unidos y Canadá –producción, política, distribución, debates en ambos países–  tanto en el ámbito académico como periodístico, no tuve que ir a Estados Unidos o a Canadá para obtenerla. Curiosamente una vez fui a Montreal, Canadá. Supe que enfrente del centro de convenciones estaba Statistics Canadá, el equivalente del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática), entré y pregunté por un material que necesitaba y me dicen: “No, no lo tenemos pero lo puede bajar por Internet”.  O sea, no tuve que haber ido hasta allá para conseguir ese material que ya había localizado previamente. Como no tenía en aquel momento mi Lap Top, tuve que esperarme a regresar a Guadalajara para cibernéticamente regresar a Canadá y tener dicho material. Entonces, la manía es navegar y navegar y navegar, y bueno, se encuentra uno maravillas informativas.

—En el proceso de investigación hay ciertos requerimientos impuestos precisamente por la academia. Uno de ellos es que cuando uno investiga tiene que saber todo. Uno necesita demostrar niveles de erudición bastante altos, y en muchas ocasiones, ese trabajo que se hace tan profundo y que lleva tanto tiempo no deja paso al siguiente que sí es, me parece, el trabajo más importante, que yo le llamo el de la sabiduría: el pensar por uno mismo. Y si esto es así, ¿cómo logras dar el paso de la erudición a la sabiduría en la investigación?

—La verdad a lo mejor te voy a sonar como positivista. El tiempo en el que me preparé fueron casi diez años: era más bien dar clases, leer mucho, aprender mucho. Ese sería una buena parte del periodo primero que tú dices. Lo que yo critico es que muchos chavillos muy jóvenes ya quieren brincarse las trancas e ir al pensamiento autónomo antes de conocer lo que hay.  Creo que se requiere un balance en el que primero aprendan. Resulta que a los chavos les pones una lectura de 1980 pa´ atrás y la desprecian diciendo: “no manches es muy viejo eso”.  A priori sí, pero  uno sabe que mucha de esa sabiduría que nos llega como erudición, mucho de la nueva erudición es un puro reinventar la rueda. De repente yo los pongo a leer el artículo de 1976 de Eliseo Verón sobre la semantización de la violencia política. A mí en lo personal me gusta mucho el concepto de semantización que replanteado de otra forma es el otorgamiento de visibilidad a algo o a alguien a través de, en este caso, la prensa, y los chavos hasta se asombran de que alguien hubiera pensado algo como eso en la prehistoria.

También pienso que es muy difícil estar al día de todo lo que se produce. Uno se tiene que basar sabiendo que mucho de lo que se produce es reinvención de la rueda, en la erudición previa, en la que ya tiene acumulada. El caso de un chavo que tiene diez años investigando es diferente al mío porque ya tengo veintitantos años de investigador, lo cual me propicia el pensar con las categorías anteriores y el dialogar.

Otra cosa que he criticado de nuestro campo –y de las ciencias sociales en general– son las modas. El problema es que adoptamos nuevas modas y tiramos a la basura lo que estaba antes: no incorporamos. Más tarde resulta que de pronto alguien pierde vigencia y luego la recupera y los chavos, los jóvenes, ni cuenta se dan de ese proceso. Entonces yo creo que sí tiene que haber un diálogo complejo entre lo que se sabe, lo que se sabía y lo que se está sabiendo… Yo escribí un librito donde hablo de síntesis creativas y más o menos en eso consiste la síntesis creativa. Me peleo con quienes piensan, como la mayoría de nuestros colegas, en términos de distinción: o esto o lo otro. Pienso que la conjunción es la clave, pero la conjunción no es nada más poner juntas las cosas sino saber acomodarlas.

Hay una teoría de orden más grande que puede ser complementada por una teoría de orden más intermedio en términos de abstracción. Con mucha frecuencia esas teorías son de origen diferente; por ejemplo, yo quería en mis tiempos explicar lo del Derecho ala Informaciónque era parte dela Reforma Políticade 1977 de Jesús Reyes Heroles y López Portillo. Explicar eso desde la teoría de la hegemonía, pero ¿cómo ligar las categorías abstractas de Gramsci de la hegemonía con lo que ocurrió enla Cámarade Diputados hasta más o menos 1980?  Me encontré una teoría de unos gringos positivistas que hablaba de reformas preventivas, ¿y sabes qué? Esto fue una reforma preventiva con un contenido simbólico muy grande. El gobierno dejó hablar y hablar, expresarse y expresarse, hasta incorporó muchos aspectos del discurso de quienes iban ala Cámarade Diputados a quejarse de Televisa. ¿No nos suena algo como que nos acaba de pasar?  Estoy hablando de1977 a1980 más o menos, y entonces pude ligar esa teoría. Si yo fuera como muchos de mis amigos, más cerradón a incorporar teorías que no tuvieran, en este caso se suponía que era yo marxista y no tenía el permiso de mis colegas marxistas de incorporar las teorías, a mí se me ocurrió incorporarla y me funcionó. Bueno, para mí eso es una síntesis creativa.

 

Orgullo de la tradición

—¿Por qué le llamas creativa?

—Creativa porque la creatividad en eso consiste: en poner juntas cosas que ya existían en cualquier campo. Nosotros insistimos mucho en separar las cosas. En las ciencias sociales latinoamericanas y mexicanas insistimos mucho en separar, en oponer y en pintar la raya. Yo hace mucho tiempo descubrí que eso no es conducente al avance de la comprensión, del entendimiento de la realidad, que la misma realidad es suficientemente compleja y contradictoria como para que diferentes pensamientos tengan su lugarcito y que puedan ser acomodables. Como  en este caso te digo: una teoría más crítica pero más amplia y una teoría menos crítica pero más concreta, te ayudan a explicar un proceso completo.

—Me puse a pensar ese diálogo de “La Teoría” con mayúscula y de “las teorías” y me parece que es importante porque el problema de “Las Teorías” es que lo único que hacemos a veces es corroborarlas, buscar en la investigación la información y los datos, las argumentaciones que estén de acuerdo con la teoría y no de acuerdo con la realidad.

—Claro. En lo personal yo todavía sigo considerándome marxista, pero desde un pinche marxismo sui generis, bien desdibujado. Más que de la teoría, parto de postulados, axiomas o cosas así, de una especie de estado de ánimo marxista, es decir un out look. Hace muchos años descubrí que yo traía tanto el discurso marxista que mi asesor de la maestría, Everett Rogers, me dijo: “A ver, tú vas a hacer la tesis haciendo la comparación de las escuelas”. Y metiéndome a ver cómo se caracterizaban unos a otros y a tratar de entender en qué se basaba uno y el otro, le entré a metodologías como la de Lakatos para tratar de entenderlas en forma más integra. La cuestión es que empecé a darme cuenta de cómo se caricaturizaban mutuamente, y cómo del otro lado había una gran variedad de marxismos y una gran variedad de positivismos o de empirismos.  Entonces de allí llegué a la conclusión de que ni el uno ni el otro tenían la verdad absoluta, de que uno y el otro se caricaturizaban en los extremos de una manera muy estúpida, que uno y otro en algunos aspectos tenían la razón y no se leían y no se pelaban.

Encontré un artículo en la revista Social Studies –que era de la escuela de Frankfurt, la del exilio en Estados Unidos, la escuela crítica– de 1941, en donde Paul Lazarsfeld proponía precisamente estos dos grandes enfoques, no a la investigación de la comunicación sino a la investigación social, proponía la confluencia; y luego, de repente te encuentras un artículo en el que Paul Lazarsfeld y Robert Merton  –también en los años cuarenta–  hablaban de una manera muy crítica del estado de cosas, de la industria cultural norteamericana y de cómo el predominio del interés económico rebajaba el gusto de las mayorías, etcétera. Entonces dices: “¿No que esos eran funcionalistas?” Pues fíjate que no. Y resulta que en el otro extremo tienes a una bola de supuestos progresistas que en realidad siempre fueron una bola de autoritarios o que por lo menos eso parecían, por la forma como proponían y como intentaban proponer sus ideas tanto en la academia como en el ámbito más amplío de la política.

—¿Qué es lo que hemos hecho bien o mal en la relación intelectual-poder?

—La verdad es que yo me enorgullezco de mi tradición. Sé que podemos tener alguna diferencia teórica o personal, pero es digna de resaltar la manera en como iniciaron los investigadores de la comunicación en México. Estoy hablando de los pioneros como Fátima Fernández, algunos de ellos incluso medio retirados de lo académico –por ejemplo Granados Chapa que era uno de los investigadores de la comunicación–, el propio Javier Esteinou que si bien cambió su enfoque, siempre ha permanecido en el bando crítico, y siempre ha estado en el bando de las propuestas, de las críticas con propuestas. De hecho, la historia de AMIC, por ejemplo, ha sido más o menos una historia de ese tipo.

Hemos habido quienes sostuvimos que había que solidificar lo académico para solidificar a la vez o subsecuentemente lo político. ¿De dónde vamos a tener la solvencia política si nuestra base es académica? Pues de la academia, del rigor, de los datos. Esa historia dela AMIC refleja mucho la parte que a mi me enorgullece de la historia de la investigación de la comunicación en México: que siempre hemos estado en diálogo, que siempre hemos estado en la critica; vamos, también en la propuesta, y a veces un poco más con el acento en lo político; en ocasiones un poquito más en lo académico pero ese sería una especie de legado que me gustaría que recogieran mucho los chavos nuevos, los que están estudiando sus posgrados, los que están pensando en iniciar una carrera en comunicación, entre otras cosas. Porque durante los dos últimos decenios, especialmente los noventa, tuvimos mucho la tentación de dejar el paso crítico. Parte del problema es que incluso se autodenominaban críticos los apologéticos, y lo que hacían era producir argumentos para fortalecer la postura de las grandes empresas y de las grandes trasnacionales. Ojo: no es que el culturalismo no sirva de nada. Al contrario, creo que sirve de mucho, que sirvió mucho, hasta que se volvió excluyente de otros aspectos, de otros puntos de vista. Ha  servido para sustentar puntos de vista casi casi apologéticos de los medios. Tanta pinche mediación que los medios resultaron hermanitas de la caridad, hasta mediaciones o hasta apropiaciones que revertieran el poder y Televisa feliz: “nosotros le damos lo que quieran”.

 

Poco etiquetable

Yo creo que en ese punto sí hemos tenido un papel histórico y que parte del asunto es que no olvidemos el sustento académico, el sustrato científico. Muchos de nosotros también somos o hemos sido periodistas. El periodismo es una actividad defendible, respetable, y lo que quieras, pero diferente de la del investigador.  La  investigación periodística es otra cosa, es diferente; pueden llegar a confluir, a tener puntos en común, pero es diferente hacer periodismo de los medios a hacer investigación científica.

—¿Cómo definirías tu estilo de investigar? ¿Cómo lo describirías?

—A veces me concibo como ecléctico. Cuando llegué de Estados Unidos traía todavía muy fuerte lo del marxismo. Como  tenía que desarrollar  un proyecto para entrar a trabajar, me saqué de la manga hacer una encuesta sobre la influencia de la tele en niños escolarizados de Guadalajara. La gente en Guadalajara y más ampliamente en México, me empezó a ver así como un pinche positivista. Todavía una chava que está haciendo su tesis de doctorado, como tomó uno de mis escritos de los reportes de esa investigación, me acaba de clasificar como positivista. Yo llego con eso aquí y entro como positivista y resulta que aquí ya estaba entrando el culturalismo. Por tanto era doble el rechazo, porque los culturalistas ya traían otro rollo; entonces yo le entro también a otro aspecto que a mí más me interesaba, la economía política y empiezo a hacer análisis de la industria cultural, que todavía no tenía mucha cabida.

En ese sentido, como que no encontraba mi lugar, y casi siempre me va pasando eso mismo, como que parece que soy emisario del pasado, pero resulta que a la mera hora se acepta mi producción y lo que aporto un poquito. Unos me clasifican de una forma, otros me clasifican de otra. También otros colegas me clasifican como cuantitativo, por una pinche… bueno, en realidad han sido como tres encuestas las que he hecho en mi vida. Que me digan cuantitativo es terrible cuando la mayor parte de mis investigaciones son cualitativas. Uso mucho investigación documental para las cuestiones de corte estructural que hago: análisis de estructura política, de instituciones, etcétera; incluso hago entrevistas cualitativas.

Me siento poco etiquetable. Unos me etiquetan de una forma, otros de otra. Eso de que si eres cuantitativo o cualitativo, pues no: ni lo uno ni lo otro.  Y  que si eres positivista o crítico, pues si, más bien soy crítico; pero ¿sabes qué? Yo también de los positivistas he aprendido mucho. Cuando estuve en el posgrado llegó un momento en que tuve que tomar todos los cursos que pude de estadística y de metodologías de las que se ofrecían allá y me di cuenta de que pendejos no estaban, de que había cosas que sí servían y mucho. ¿Sabes cómo? Bien usadas. El problema de nosotros es que las usamos mal y por eso las negamos. Yo me siento más bien abierto, por eso digo lo de ecléctico. Hay muchas veces que decirse ecléctico tiene connotaciones negativas; bueno, si te puedes inventar un término que tenga que ver con la síntesis creativa, o conjuntivo… El problema es que hay una tendencia muy acendrada en nuestra alma latinoamericana a ser maniqueos, y por eso mismo suelo no ser tan popular como otros colegas míos que llegan y pintan su raya y dicen “yo de aquí pa’ allá”.

 

Enrique E. Sánchez Ruiz

Profesor e Investigador del Departamento de Estudios dela Comunicación Socialdela Universidadde Guadalajara, que él mismo fundó en 1986, y coordinador del Doctorado en Ciencias Sociales de la misma Casa de Estudios. Licenciado en Ciencias dela Comunicaciónpor el  ITESO. Maestría en Comunicación y Desarrollo porla Universidad Stanford.Doctorado Educación y Desarrollo porla Universidad Stanford.Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Fue  presidente dela Asociación Mexicanade Investigadores dela Comunicación(1987-1989), dela Asociación Latinoamericanade Investigadores dela Comunicación(1992-1995), y dela Asociación Iberoamericanade Comunicación (2007-2009).  Autor de numerosas publicaciones, entre libros, coautorías, artículos especializados y de divulgación, e informes de investigación. Sus contribuciones académicas al campo de estudios de los medios de difusión y las industrias culturales comprenden bases y bancos de información, investigación empírica, análisis históricos, propuestas teórico-metodológicas y reflexiones epistemológicas. Algunos de sus escritos se han traducido al inglés, al portugués y al francés.

 

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