RMC es una publicación del Departamento de Ciencias de la Comunicación - Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa

Las redes sociales como catarsis

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  • La suplantación de personalidad es un problema que debe ser castigado
  • El uso de la imagen falsa a través de la personalidad virtual creada y la ofensa en mensajes de redes sociales se han convertido en una forma de catarsis.
  • Entramos en una zona gris entre la libertad de expresión que se manifiesta por esos canales, el derecho al escrutinio del servicio público y la protección de los derechos de personalidad referentes al honor, la vida privada y la propia imagen.

Imagen: “Social Media 01” por Rosaura Ochoa @ Flickr

Por Perla Gómez Gallardo

Publicado originalmente en RMC 132

Las nuevas tecnologías ofrecen la posibilidad de una comunicación más ágil y de fácil acceso. Pese a las tarifas, que en el rango mundial no son las mejores, tenemos los instrumentos para conectarnos desde cualquier sitio y enviar textos, audios e imágenes de todo tipo.

Una vertiente de la comunicación es lo que se da en las redes sociales. Aunque nuestro país no rebasa el 30% de usuarios dela Internetconcentrados principalmente en las capitales, se manifiesta un tipo de persona que al contar con el acceso puede potencializar su libertad de expresión.

El problema inicial se presenta en dos aspectos: el primero, la opción de generar una personalidad difícilmente verificable en las redes que permite todo tipo de abusos; el segundo se relaciona directamente con la primera: el uso del lenguaje que se comunica en esas vías.

La tecnología per se no es buena ni mala, es como la mayoría de las cosas que inventa el ser humano: una vía o mecanismo que en función de su uso puede ser para los mejores o peores fines. Se presenta ahora la necesidad de que a una persona desde edad temprana, y de preferencia antes de acceder a las tecnologías, se le capacite sobre el uso de las mismas. Ello es fundamental pues, habida cuenta el impacto exponencial de éstas, corre varios riesgos si llega a exhibir indebidamente a otra persona o incluso a sí mismo.

Lo anterior es lo ideal aunque lamentablemente  –como en la mayoría de los casos–  hasta que se presentan los primeros abusos o consecuencias adversas, nos ponemos a revisar sus alcances. En tal escenario resulta necesario transmitir la importancia de comportarnos de acuerdo con nuestros patrones de valores aplicados a ese aspecto en particular.

Mas para estudios del comportamiento humano, queda la revisión de la necesidad de no ser uno mismo frente a otros. Esa apariencia que se crea como proyección de la personalidad tiene una infinita gama de posibilidades en donde nuestra creatividad, en el sentido positivo o la falta de escrúpulos en el negativo, marca los límites para manifestarnos.

Llama la atención, más que en el juego de las proyecciones frente a una comunidad, el uso cobarde que llega a hacerse de los instrumentos tecnológicos. Las conductas que impactan a otros pueden generar efectos sociales y, en casos determinados por la ley, consecuencias jurídicas. Qué mejor escenario el de asumir conductas por la vía virtual sin tener que asumir las consecuencias. Ahí es donde viene el adjetivo de cobarde.

La construcción de una imagen social es un proceso largo y constante que en cualquier momento se puede ver amenazada por la calumnia o el ataque a nuestro honor o reputación. Existen mecanismos para buscar esa enmienda que reivindique cualquier acusación sin fundamento.  Incluso, muchas veces el dicho popular de “las cosas de quien vienen” permite identificar las intenciones y dimensionar la credibilidad de quien afirma o sostiene algo. Pero qué pasa cuando el que realiza esa conducta no da la cara o, peor aún, lo hace a través de la simulación de personalidad y a través de mecanismos que  –por su rapidez y magnitud– pueden generar un impacto mayor en la imagen de quien sufre el ataque.

El uso de la tecnología se manifiesta de una manera eficaz como una forma de escrutinio al gobierno que, al verse amenazado, pretende generar restricciones controvertidas por los alcances potenciales. Entramos en una zona gris entre la libertad de expresión que se manifiesta por esos canales, el derecho al escrutinio del servicio público y la protección de los derechos de personalidad referentes al honor, la vida privada y la propia imagen.

Debemos plantearnos escenarios para tratar de que concurran estos derechos sin tener que sacrificar su ejercicio, pero también evitando que su protección sea una forma de abuso. Un cuestionamiento necesario de revisar es qué valor tiene el anonimato; en épocas remotas permitió la redacción de literatura crítica y subversiva sin que implicara el acoso, el encarcelamiento o la muerte de quien se atrevía a hacerlo. Ahora, en una extrapolación contemporánea a través de las nuevas tecnologías, se puede realizar algo similar, aunque no tan fácilmente anónimo de quien por descuido deje un rastro fácil de seguir.

La suplantación de personalidad en redes es otro problema que debe ser castigado como una afrenta a la vida privada de quien vive esa usurpación. Dejemos este aspecto como uno más que atender en las reflexiones obligadas en la materia.

Otro aspecto es el referente al mensaje que se transmite en las redes sociales. Ya decía Giovanni Sartori que estamos en presencia del homo videns y del analfabeta visual al que cada vez se le dificulta la abstracción de las ideas. Ahora es peor: las palabras se ultrajan a un nivel que sorprende la posibilidad de comunicación con su uso. Ese es otro problema que en un futuro tendrá sus consecuencias más adversas en los jóvenes universitarios.

El uso del lenguaje ofensivo es un reto al ingenio. Los caracteres que se transmiten por mensaje son limitados de tal suerte que quien pretenda ofender deberá ser creativo en su uso. Basta con ver la cantidad de injurias que se pueden comunicar en tan pocas palabras para reconocer esa necesidad de manifestación rabiosa principalmente en cuestiones políticas.

Por el momento, el uso de la imagen falsa a través de la personalidad virtual creada y la ofensa en mensajes de redes sociales se han convertido en una forma de catarsis. Habrá que dar seguimiento como estudiosos de estos temas a su desenvolvimiento. Es interesante la manifestación que permite el uso de la tecnología. En aspectos como el escrutinio al gobernante convendría examinar la expresión pública de todo tipo de groserías. Lamentablemente la ofensa no comunica y su manifestación representa sólo eso: catarsis.

Tenemos una herramienta privilegiada para la comunicación contemporánea. En la medida en que le asignemos los valores que potencializa, podremos sacar mejor provecho y practicarla de manera autorregulada sin el riesgo de perderla con mecanismos de restricción jurídica.

Sigamos estas reflexiones en diversos niveles y empecemos nosotros mismos por revisar el uso y fin que representa la posibilidad de ser otro y el lenguaje con el que nos expresamos.

 

Profesora e investigadora dela UAM Cuajimalpa.Catedrática del Posgrado en  Derrecho porla UNAM.

 

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