Periodismo y democracia

  • Un importante sector del periodismo mexicano vive hoy una crisis de identidad parida de la misma transición a la democracia.
  • El régimen político priista se hizo de un megáfono a la medida y sintonía de sus necesidades de protección, reproducción y preservación.
    Fotografía: "Compromete Carlos Lozano de la Torre a su gobierno para mantener y reforzar la transparencia ante los medios de comunicación" por Gobierno de Aguascalientes Miembro desde 2010@ Flickr

    Fotografía: «Compromete Carlos Lozano de la Torre a su gobierno para mantener y reforzar la transparencia ante los medios de comunicación» por Gobierno de Aguascalientes
    Miembro desde 2010@ Flickr

Por Omar Raúl Martínez

Publicado originalmente en RMC 72

De tanto llamar a la prensa y al periodismo como el cuarto poder (“poder de cuarta”, acaso, diría Víctor Roura1) y cacarear los alcances de su pretendida importancia política, no pocos periodistas se han tragado su propio anzuelo creyéndoselo a pie juntillas.

En realidad, quizás no se han percatado de que, a lo largo de las últimas décadas en México, los cimientos de su presunto “poder” eran sus hondas ligaduras con el poder político real, que oscilaban entre la obediencia y la simbiosis. Es decir: en lugar de respaldar su legitimidad e influencia a partir de la fuerza pública que supone la opinión de la gente y el ejercicio de las libertades informativas en un país democrático, la prensa mexicana  subordinó su actividad  a los designios de un régimen autoritario. Ambas partes resultaron, así, mutuamente beneficiadas. El régimen político priista se hizo de un megáfono a la medida y sintonía de sus necesidades de protección, reproducción y preservación. Y los medios informativos tuvieron para sí una suculenta tajada económica y se les hizo partícipes de los influyentes espacios que obsequian los hilos del poder2, o sea: se apropiaron de un poder ajeno y, al incurrir en ello, soslayaron una responsabilidad de la que deberían ser exclusivos dueños.

En lugar de apelar  a la soberanía popular y significar un contrapeso al poder, los empresarios mediáticos, y por ende sus segmentos informativos, por conveniencia quisieron dejarse tragar por  la maquinaria del sistema,  de tal suerte que con los años vieron desdibujada e incluso caricaturizada su misión periodística.3

En ese sentido un importante sector del periodismo mexicano vive hoy una crisis de identidad parida de la misma transición a la democracia. Engendrados en un régimen autoritario que les redujo su potencial informativo y su tarea de articuladores sociales, los medios tienen la disyuntiva de recobrar o, por lo menos, inaugurar los propósitos primigenios del periodismo en una coyuntura de transición a la democracia.  ¿Cuáles son tales afanes y en qué medida pueden  contribuir a acelerar o enriquecer dicho proceso democrático?

 

Tareas medulares

Primero aventuremos una definición. El periodismo es una actividad humana de trascendencia sociopolítica, inscrita en el terreno de la comunicación social, que a través de los medios periodísticos busca ofrecer  informaciones, opiniones e interpretaciones sobre el acontecer público cotidiano a fin de brindarle a la gente elementos para comprender su mundo y poder tomar sus propias decisiones con conocimiento de causa.4

A partir de lo anterior podemos enumerar algunas de las tareas medulares que debiera tener el quehacer periodístico en un entorno democrático:

  • a) Describir la realidad o dar un recuento equilibrado y verdadero del diario acontecer.
  • b) Escrutar y evaluar el ejercicio del poder público para inhibir o eliminar sus excesos, deficiencias, tumoraciones e inepcias.
  • c) Proveer un foro para el intercambio de opiniones, críticas y comentarios.
  • d) Generar y estimular el debate sobre asuntos públicos y contribuir a la toma de decisiones informadas.
  • e) Ofrecer espacios de expresión a los sectores diversos de la sociedad, en especial a los más débiles.
  • f) Presentar, clarificar y analizar las metas de la sociedad y el Estado.
  • g) Indagar y plantear la prospectiva de los asuntos públicos a fin de preveer o dar la voz de alerta en beneficio social.
  • h) Descifrar indicios, aportar significado y hacer comprender en torno a hechos de trascendencia política, social, económica y cultural. 5

En suma: el periodismo ha de en-globar varias facetas a la vez: relato e interpretación de los hechos actuales6; espejo para comprender y explicarse el mundo; mapa que puede orientar nuestros caminos y decisiones; caleidoscopio de voces que ayudan a formarse criterios; arte, oficio y profesión que tiene como centro el bienestar del ser humano; segmento de la comunicación social cuyo mayor afán político sería servir de contrapeso al poder; interlocutor entre gobierno y sociedad que por momentos asume la función de catalizador social…

 

Instrumento dinamizador

Desde cualquier arista en que desee mirarse, el periodismo como tal  –no la propaganda periodística, enfocada a preservar un régimen–  engarza sus mejores empeños con los elementos del juego democrático: diversidad y pluralidad, intercambio crítico y debate, tolerancia, participación ciudadana, así como transparencia y visibilidad pública del ejercicio político constituyen paralelamente los ejes consustanciales a la democracia y al periodismo. Ambos sin esos nutrientes no pueden concebirse en su esencialidad. Una y otro tienden a influirse cuando el espíritu democrático gravita en una nación.

Pero sin la primera –como recientemente expresó Miguel Ángel Bastenier, subdirector de El País–  difícilmente puede existir el segundo.7

En otras palabras: la democracia funda, jurídica y políticamente, las condiciones para el ejercicio del periodismo.  Y éste a su vez, puede convertirse en instrumento dinamizador de las pautas democráticas. A un régimen autoritario corresponderá en lo general un periodismo (si puede llamarse así) propagandístico de las capas dirigentes, cerrado a la participación social, ajeno al diálogo público, limitado en su proyección sociopolítica de la realidad… Y la apertura que supone un régimen democrático será casi siempre proporcional al respeto, práctica y desarrollo de las libertades informativas y de opinión, que habiliten a los individuos las herramientas para ejercer su noción de ciudadanía.8 Porque recordemos que, de acuerdo con Fernando Savater, ciudadano es “el miembro consciente y activo de una sociedad democrática; aquel que conoce sus derechos individuales y sus deberes políticos, por lo que no renuncia a su intervención en la gestión política”.9

Una democracia en su cabal sentido se somete al escrutinio público –labor que regularmente desempeñan los medios informativos– habida cuenta de que una de sus reglas básicas es alumbrar los espacios de poder anteriormente cobijados por la oscuridad, la discrecionalidad y la impunidad.10

En esa tesitura, Alexis de Tocqueville aseguraba que el ejercicio libre de la prensa es siempre un ojo vigilante que “pone sin cesar al descubierto los secretos resortes de la política, y obliga a los hombres públicos a comparecer alternativamente ante el tribunal de la opinión”.11

Y, por su parte, otro importante politólogo, Norberto Bobbio ha advertido con lucidez:

La obligación de publicar los actos de gobierno es importante no sólo, como se suele decir, para permitir al ciudadano el conocimiento de los actos de quien detenta el poder y por tanto de controlarlos, sino también porque la publicidad es en sí misma una forma de control: es un expediente que permite distinguir lo que es lícito y de lo que no lo es.12

El periodismo en un ámbito democrático ha de superar el falaz apelativo de cuarto poder para cobrar el perfil de un contrapeso del poder que vigile y exponga, que eche luz e inhiba secretos, que promueva el diálogo y evite el monólogo…

 

Dilemas y retos

No obstante aquí emerge un conflicto. Si, como dice Karl Popper, la democracia consiste en poner bajo control el poder político y si los medios informativos  –particularmente la TV–  parecen estarse convirtiendo en un poder o contrapoder colosal, entonces ¿quién vigila a los periodistas? ¿No se puede cuestionar a la prensa sobre sus abusos, deberes y responsabilidades? ¿Quién o quiénes le piden cuentas a los medios informativos?13

En no pocos sectores de la comunicación, incluso, permea una especie de silenciamiento al respecto. Ya en otras oportunidades nos hemos referido a este asunto en los siguientes términos:

Sistemáticamente se cuestionan actuares, pareceres y pensares de ciertos personajes de la vida pública; se critican con dureza determinadas decisiones gubernamentales; se exige claridad de miras y planteamientos concretos y plausibles de ciertos grupos de la sociedad. Muy bien: ésas constituyen algunas de las tareas del periodismo. Sin embargo, pocos periodistas asumen la misma pasión inquisitiva, cuestionadora y crítica hacia su propio quehacer: la autocomplacencia, la desidia y quizás un dejo de invulnerabilidad y prepotencia acaban por imponérseles.14

Así,  la democracia también  plantea dilemas y retos al periodismo y a los medios. No puede pervivir una democracia sin controles a todos los actores políticos y, quiérase o no, el periodismo es un protagonista en el entramado del poder –no un poder en sí–  que no puede sustraerse de la observancia de reglas que garanticen la responsabilidad social y jurídica de sus hacedores, así como el derecho a la información del público.

Y éste es precisamente el desafío que se impone el periodismo en un proceso de transición a la democracia: el mirarse desde dentro para advertir sus trastornos, fortalezas y posibilidades desde el punto de vista jurídico y ético-profesional, y de esa suerte redefinir su función como catalizador social, como espejo del acontecer, como vehículo del entendimiento, como disparador de cambios colectivos y búsquedas personales…

Si la democracia refleja su camino hacia la consolidación en los cotidianos linderos de la prensa, puede afirmarse que el periodismo es un efecto de aquélla y a la postre significa un sendero democrático.

En breves palabras: la democracia sin ambages  encauza al buen periodismo y viceversa.

Notas

1) Roura Víctor, El destino del telegrama, Ediciones El ermitaño, México DF, 2001.

2)           Véase Carreño Carlón, José, “Ética, prensa y poder en México”, en Deontología y autorregulación informativa, Universidad Iberoamericana / Fundación Manuel Buendía, México DF, 2000, Pp. 45-68.

3)           Riva Palacio, Raymundo, “¿Autocensura o libertad  de empresa?”, Revista Mexicana de Comunicación número 22, marzo-abril de 1992, pág. 12. Véase también Shabot Ezra, “Medios y democracia”, Reforma, 20 de septiembre, 2000, pág. 19-A.

4)         Tal definición se nutre de las diversas ideas recogidas en Martínez Omar Raúl (Comp.), Esencia del periodismo, Fundación Manuel Buendía / Gobierno de Veracruz, México 1999.  Tómese en cuenta que esta definición pone como actor central del periodismo al ciudadano, no al poder.

5)           En este listado se retoman tres de los deberes de la prensa planteados en el libro Una prensa libre y responsable, que originalmente fue un reporte elaborado en 1947 por la Comisión sobre Libertad de Prensa de Estados Unidos. Ese documento es citado por Raymundo Riva Palacio en Más allá de los límites. Ensayos para un nuevo periodismo, Universidad Iberoamericana / Fundación Manuel Buendía, 2ª. Edición, México DF, 1998. Pág. 125.

6)           Véase Flippi Emilio, Elementos de periodismo, Trillas, México DF, 1999.

7)           El Universal, 23 de agosto, 2001, pág. 4-A.

8)           Prada Penagos Rodolfo, et alPeriodismo y ciudadanía, Fundación Konrad Adenauer, Buenos Aires, 2000, pág. 73.

9)           Ibid.

10) Fernández Santillán José, La democracia como forma de gobierno, Cuadernos de Divulgación de Cultura Democrática, número 3, IFE, México, 1995, pág. 31.

11) Citado en Crespo José Antonio, “El filo de la prensa”, Bucareli 8 de El Universal, 8 noviermbre de 2001, pág. 17.

12) Citado en Fernández Santillán José, Op. Cit.

13) Véase Silva-Herzog Márquez Jesús, El antiguo régimen y la transición en México, Océano, México.

14) Ver Martínez Omar Raúl, Op. Cit. Pág. 8.

Deja una respuesta