El político y el artista

Juego de ojos

  • Para­fra­seando a Max Weber, se ana­liza la rela­ción entre la crea­ción y el gobierno.
  • Recien­te­mente, el escri­tor Gün­ter Grass fue decla­rado per­sona non grata por Israel.
  • Los artis­tas son incó­mo­dos cuando no encar­nan lo que Anto­nio Gramsci llamó inte­lec­tua­les orgá­ni­cos. Se com­bate a los “crí­ti­cos” por­que los “neu­tra­les” resul­tan con­ve­nien­tes a los intere­ses del poder”, dice Sán­chez de Armas.

Foto­gra­fía: “Gün­ter Grass im Ges­präch mit Wolf­gang Her­les” por Blaues Sofa @ Flickr

Por Miguel Ángel Sán­chez de Armas 

Mis ave­za­dos lec­to­res se per­ca­ta­rán de que para­fra­seo el título del famoso ensayo webe­riano. Esto, pues me parece que las con­si­de­ra­cio­nes sobre la fun­ción de artis­tas y polí­ti­cos entran en el mismo terri­to­rio plan­teado por el viejo pro­fe­sor, quien con más cla­ri­dad que nadie observó que los gober­nan­tes viven en la per­ma­nente angus­tia de ganarse el reco­no­ci­miento de sus gober­na­dos (súb­di­tos, ciu­da­da­nos, pro­te­gi­dos, laca­yos), y que esto los mol­dea en la con­vic­ción de que la polí­tica es, dijera la pro­fe­sora Johann­sen, “el mundo en el que los demo­nios andan sueltos.”

Ahora bien, no pre­tendo insi­nuar que todos los artis­tas sean “demo­nios” para los polí­ti­cos, pero si exa­mi­na­mos cual­quier época encon­tra­mos que artis­tas y gober­nan­tes son ingre­dien­tes de un cóc­tel explo­sivo, una dupla catas­tró­fica… y no por culpa del arte. El espí­ritu crí­tico que suele acom­pa­ñar al queha­cer artís­tico irrita al poder, y sus per­so­ne­ros no tie­nen reparo en uti­li­zar méto­dos suti­les o bur­dos para aca­llar a los artis­tas cuando se les con­si­dera un peligro.

La cen­sura es como una espada de Damo­cles que se cierne sobre los artis­tas. Lo único que cam­bia es el con­texto, el per­so­naje que la empuña y a veces el gro­sor de la cuerda que la sos­tiene. Desde la quema de libros de alqui­mia en la biblio­teca de Ale­jan­dría orde­nada por el empe­ra­dor Dio­cle­ciano hasta la reciente decla­ra­ción de per­sona non grata al escri­tor ale­mán Gün­ter Grass hecha por gobierno israelí, la his­to­ria regis­tra nume­ro­sos casos de cen­sura a los artis­tas cuando expre­san, ellos mis­mos o a tra­vés de sus obras, opi­nio­nes adver­sas a algún inte­rés político.

La razón de negar al Pre­mio Nobel la entrada a Israel –más sim­bó­lica que ver­da­dero cas­tigo– es el poema Lo que hay que decir, donde fus­tiga la polí­tica israelí. En el poema se lee:

¿Por qué he callado hasta ahora? / Por­que creía que mi ori­gen / Mar­cado por un estigma imbo­rra­ble / me prohi­bía atri­buir ese hecho, como evi­dente / al país de Israel, al que estoy unido / y quiero seguir están­dolo. / ¿Por qué sólo ahora lo digo, / enve­je­cido y con mi última tinta: / Israel, poten­cia nuclear, pone en peli­gro / una paz mun­dial ya de por sí que­bra­diza? / Por­que hay que decir / lo que mañana podría ser dema­siado tarde, / y por­que —sufi­cien­te­mente incri­mi­na­dos como ale­ma­nes— / podría­mos ser cóm­pli­ces  de un cri­men / que es pre­vi­si­ble, por lo que nues­tra parte de culpa / no podría extin­guirse / con nin­guna de las excu­sas habituales.

Grass reco­noce que le acom­paña el estigma de haber per­te­ne­cido a un cuerpo de élite nazi, aun­que haya dejado en claro que se enroló cuando tenía quince años y el ingreso al ejér­cito era obli­ga­to­rio. El gobierno de Israel echó mano de este pasado del escri­tor para des­ca­li­fi­carlo. La izquierda ale­mana exige a Ber­lín una pos­tura ofi­cial de res­paldo al poeta. El dia­rio Der Spie­gel publicó que es típico de Jeru­sa­lén dar res­pues­tas sio­nis­tas cuando cree detec­tar anti­se­mi­tismo. En Israel han sur­gido tanto detrac­to­res de Grass como gru­pos que lo apo­yan. La polé­mica ha arre­ciado por­que cada quien toma la por­ción que más le con­viene del con­flicto, pues tam­bién han salido en defensa del escri­tor líde­res del par­tido neo­nazi y el vice­mi­nis­tro de cul­tura iraní le expresó su respaldo.

En una entrega ante­rior de JdO pro­puse que el arte tras­ciende a las mor­da­zas de la polí­tica. Claro que en un pri­mer momento el puño del cen­sor cae con estré­pito sobre el escri­to­rio y en ese mismo ins­tante Caba­lle­ría roja es pur­gada de las edi­to­ria­les e Isaac Bábel enviado al pare­dón; La som­bra del cau­di­llo se queda en España lo mismo que Mar­tín Luis Guz­mán; Uli­ses se con­fisca en las adua­nas y Joyce no obtiene una visa; Cariá­tide es sata­ni­zada y Sala­zar Mallén va a los tri­bu­na­les; No me voy a casar es echada del esce­na­rio a punta de pis­tola y Ngugi wa Thiong’o encuen­tra alo­ja­miento en el apando de la cár­cel más cer­cana… y un largo etcé­tera para el que no tengo espa­cio. Mas al paso del tiempo, Bábel, Guz­mán, Joyce, Mallén, Thiong’o y todos los habi­tan­tes de mi etcé­tera, vuel­ven a noso­tros más vivos que cuando cami­na­ron sobre la tie­rra, mien­tras que los nom­bres de sus ver­du­gos, si alguien los recuerda, es con oprobio.

Una revi­sión somera de la his­to­ria arroja epi­so­dios fas­ci­nan­tes de crí­tica artís­tica y polí­ti­cos refrac­ta­rios. Cito como ejem­plo la pin­tura de Edouard Manet sobre el fusi­la­miento de Maxi­mi­li­ano en el Cerro de las Cam­pa­nas, cua­dro que hoy pode­mos apre­ciar en Lon­dres.  El artista pinta a los mili­ta­res mexi­ca­nos con uni­for­mes fran­ce­ses y con ello nos dice que fue­ron Fran­cia y Napo­león, no México y Juá­rez, los res­pon­sa­bles de la muerte de Maxi­mi­li­ano y sus gene­ra­les. El men­saje del con­junto es una acerba crí­tica a Napo­león III, quien se ase­guró de que la pin­tura no pudiera ser exhi­bida en Fran­cia. Al Príncipe-Presidente le era insu­fri­ble el más leve cues­tio­na­miento a su gobierno.

Otras voces se han hecho escu­char en con­tra de la polí­tica arma­men­tista de Israel. ¿Por qué levanta enton­ces tanta polé­mica el poema de Gün­ter Grass? Por­que se trata de un escri­tor. El arte entra en con­flicto con el poder cuando no se adapta a sus intere­ses. El caso de Ezra Pound es ejem­pli­fi­cante. Pro­pa­gan­dista de los paí­ses del Eje y admi­ra­dor de Mus­so­lini, no tuvo pro­ble­mas sino hasta el triunfo de los Alia­dos, cuando se le juzga por traición.

Los artis­tas son incó­mo­dos cuando no encar­nan lo que Anto­nio Gramsci llamó inte­lec­tua­les orgá­ni­cos. Se com­bate a los “crí­ti­cos” por­que los “neu­tra­les” resul­tan con­ve­nien­tes a los intere­ses del poder. Cuando los artis­tas hacen públi­cas sus opi­nio­nes se les con­si­dera más peli­gro­sos pues a dife­ren­cia de los polí­ti­cos, los crea­do­res están inves­ti­dos de cre­di­bi­li­dad y tie­nen un capi­tal polí­tico supe­rior al de quie­nes se dedi­can pro­fe­sio­nal­mente a las acti­vi­da­des públi­cas. Por eso son com­ba­ti­dos y colo­ca­dos en el cen­tro de la polé­mica en un intento por des­ca­li­fi­car sus opi­nio­nes. Es la misma razón por la que muchos artis­tas fue­ron víc­ti­mas de la per­se­cu­ción por­fi­rista, hitle­riana, esta­li­nista, macar­tista, vide­lista, pino­che­tista y todas las demás “istas” que no voy a men­cio­nar aquí.

La his­to­ria regis­tra muchos casos: José Martí, Jean Paul Sar­tre, Henry Miller, Gui­llermo Cabrera Infante, Ale­jan­dro Sol­ye­nit­zin, Jack Lon­don, Sal­man Rush­die, James Joyce, Oscar Wilde, John Stein­beck y una larga, lar­guí­sima lista. La cen­sura puede ir desde la prohi­bi­ción de la obra –deci­sión que ha afec­tado espe­cial­mente a los escri­to­res– hasta la cár­cel o la muerte. Mas la para­doja es que los resul­ta­dos son casi siem­pre con­tra­pro­du­cen­tes, lo cual, como ya estu­dió Weber en el ensayo citado al prin­ci­pio, hace casi diver­tido ver cómo los polí­ti­cos recu­rren a esta prác­tica una y otra vez. Cuando allá por 1740 Fra­nçois Marie Arouet –mejor cono­cido por su nom de plume: Voltaire-, supo que el gobierno de Fran­cia había man­dado inci­ne­rar en la plaza pública cuanto ejem­plar de sus Car­tas ingle­sas fue posi­ble con­fis­car, exclamó: “Hom­bre, cómo hemos pro­gre­sado: antes se que­maba a los escri­to­res… hoy úni­ca­mente a sus libros. ¡Esto es civi­li­za­ción!” Dos­cien­tos años des­pués, James Joyce se que­jaba en carta a su edi­tor nor­te­ame­ri­cano: “No menos de vein­ti­dós edi­to­res leye­ron el manus­crito de Dubli­ners, y cuando, por último, fue impreso, una per­sona muy ama­ble com­pró toda la edi­ción y la hizo que­mar en Dublín —un nuevo y pri­vado auto de fe.” Y  no hable­mos de México, en donde se regis­tran epi­so­dios que mue­ven a pena ajena, como la cam­paña desatada con­tra Los hijos de Sán­chez o la prohi­bi­ción de La som­bra del Caudillo.

Tengo la segu­ri­dad de que la con­dena a Grass expe­dida por los polí­ti­cos israe­líes no refleja el sen­ti­miento mayo­ri­ta­rio de un pue­blo al que veo más cer­cano a Amos Oz. Creo ade­más que en mate­ria de cen­sura, nadie puede dejar de alzar la voz, aun­que ésta sea minús­cula. Mar­tin Nie­mö­ller se encargó de recor­dar­nos esto en su dolo­roso verso:

Pri­mero vinie­ron por los judíos / y no dije nada / por­que yo no era judío. / Luego vinie­ron por los comu­nis­tas / y no dije nada / por­que yo no era comu­nista. / Luego vinie­ron por los sin­di­ca­lis­tas / y no dije nada / por­que yo no era sin­di­ca­lista. / Luego vinie­ron por mi / pero ya no que­daba nadie / para hablar por mí.

Pro­fe­sor – inves­ti­ga­dor en el Depar­ta­mento de Cien­cias Socia­les de la UPAEP Puebla.

18/4/12

@sanchezdearmas 

www.sanchez-dearmas.blogspot.com

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