Derrota electoral y reconstrucción del capital político: Lula Da Silva y López Obrador

  • Un análisis del caso Brasil y México
  • Saber gestionar la derrota electoral y conservar y reconstruir el capital político es más importante que nunca, pues en una sociedad democrática el fracaso electoral de hoy puede ser potencialmente la base del éxito del mañana.
  • “Recuérdese que el voto es de quien lo trabaja” y en una sociedad diversa y compleja “el individuo que se levanta, después de haberse caído una o varias veces, es aún más grande que el que nunca ha caído”.

Fotografía: «Una vez más» por Eneas De Troya @ Flickr

Por Andrés Valdez Zepeda / Delia Huerta Franco / Arturo Aguilar Aldrete

Publicado originalmente en RMC 131 

El fracaso electoral de hoy, puede ser potencialmente la base del
éxito político del mañana.

Las campañas electorales son procesos rutinarios de las democracias modernas para elegir representantes populares, en las que se busca construir mayorías a través de la obtención del voto de los ciudadanos. Estas campañas generan indistintamente, por un lado, un grupo de candidatos ganadores y, por el otro, uno de perdedores. Es decir, la democracia electoral implica someterse a la decisión popular manifestada en las urnas y, por lo tanto, siempre habrá ganadores y perdedores, así sea por un margen mínimo de diferencia.

Por su parte, una cultura democrática implica respetar los resultados electorales, producto de una decisión libre y soberana de los ciudadanos, así como abstenerse de realizar prácticas coercitivas, fraudulentas o contrarias a los principios democráticos antes, durante y después del proceso electoral, reconociendo el resultado final, sea  favorable o adverso.

Sin embargo, en países con democracias emergentes la cultura del conceder  o aceptar el triunfo de los opositores por parte de los perdedores es muy endeble,  producto, por un lado,  de la persistencia de prácticas y acciones pre-democráticas que salpican y manchan los comicios electorales, pero, sobre todo, de la falta de madurez y visión política de los candidatos perdedores que participan en los procesos electorales.

De esa forma, en lugar de tratar de explicar su derrota debido a sus errores, insuficiencias y debilidades, sean éstas estratégicas o coyunturales, se trata de culpar a los adversarios de haber impulsado acciones fraudulentas o de enfrentar elecciones inequitativas para tratar de explicar el resultado adverso. En muchos de los casos, se impugna no sólo el resultado final ante los tribunales electorales competentes, judicializando los procesos electorales, sino que se llama a movilizaciones nacionales de protesta política para denunciar el fraude electoral, evitar la toma de protesta de los nuevos gobernantes o, inclusive, se forman gabinetes alternos y se declaran gobernantes legítimos, para tratar de diferenciarse de los gobernantes legales producto de las elecciones que ellos llaman fraudulentas.

Este tipo de actitud genera un mayor nivel de conflictividad social que se traduce en un prolongado conflicto poselectoral, cuyo propósito central es deslegitimar a la autoridad gubernamental y al propio proceso electoral, incluyendo sus instituciones.  Sin embargo, muchas veces, más que deslegitimar a la autoridad gubernamental, tales actitudes obstruccionistas y acciones poselectorales de cuño revanchista deslegitiman a los propios candidatos perdedores, generándoles un alto costo político, ante la incapacidad de poder gestionar adecuadamente su derrota. En otras palabras: sus acciones generan un tipo de efecto boomerang en la que el daño que creen o piensan causar a sus adversarios se les revierte, reduciendo la posibilidad de volver a contender en las próximas elecciones como candidatos competitivos.

Enseguida se analizan dos casos en América latina, uno exitoso (Brasil) y otro fracasado (México) en el que no se supo administrar la derrota; se señalan algunas de las ventajas de saber gestionar adecuadamente un resultado electoral adverso y se ofrecen algunas recomendaciones para reconstruir capital político a partir de la propia derrota electoral.

El presente estudio busca dotar a los candidatos y precandidatos a un puesto de elección popular de ciertos elementos indicativos para normar su juicio y poder administrar, de forma creativa e inteligente, la derrota electoral, siendo capaces de mantener y crecer su capital político en la derrota.

 

Administración de la derrota

La palabra administrar implica una conducción racional de actividades, esfuerzos y recursos con el fin de alcanzar a corto, mediano o largo plazo los propósitos buscados, imprimiendo, a su vez, cierta lógica a las decisiones y acciones realizadas. En ese sentido, administrar la derrota implica tomar decisiones inteligentes y oportunas, de tal forma que, a pesar de no ser favorecido con el resultado electoral, independientemente de la causa, el capital político que se obtuvo durante el proceso electoral no sólo se mantenga, sino que eventualmente crezca o se incremente de cara a un nuevo proceso electoral.

Es decir, saber administrar la derrota implica asumir, por un lado, una actitud de responsabilidad y madurez democrática, ya que en toda democracia se gana o se pierde hasta por la mínima diferencia; y por el otro, de cálculo político, sobre las ventajas y desventajas que puede generar en un futuro, el aceptar un resultado electoral adverso, independientemente de su origen. ¿Cuáles son estas  ventajas y desventajas? Hablemos primero de las ventajas, desde la perspectiva de la estrategia electoral.

En primer lugar, posicionarse ante la opinión pública como una persona con una madurez democrática al aceptar los resultados oficiales del proceso electoral, lo cual puede redundar en un futuro en mayores dividendos políticos.

En segundo lugar, visualizarse  como un político con una actitud de responsabilidad con el sistema político y sus instituciones, al respetar el fallo final de las autoridades electorales, a pesar de ser adverso.

En tercer lugar, conservar las lealtades de los votantes que sufragaron a favor de su candidatura y su partido, esperando mejores tiempos para volver a buscar el espacio de representación pública.

En cuarto lugar, ante el eventual fracaso de los gobernantes opositores, posicionarse en amplios sectores sociales como una alternativa diferente, seria, responsable y benéfica de gobierno.

En quinto lugar, lograr una mayor visibilidad y reconocimiento social, presentándose como un opositor responsable que redundará en el futuro en una mejor imagen pública.

En sexto lugar, poder negociar posiciones, recursos y paquetes de políticas públicas con los gobernantes electos orientadas a cubrir los compromisos partidistas de campaña y la agenda propia de gobierno.

En séptimo lugar, aprovechar momentos para la reflexión sobre los motivos de la derrota, tratando de convertir los errores en aprendizajes, que ayuden a sustentar una candidatura exitosa en tiempos venideros. Finalmente, ganar tiempo para la reorganización y definición de la estrategia política que transforme la actual derrota en un eventual triunfo en el futuro.

Las desventajas de aceptar, sin cortapisa, la derrota electoral, son básicamente tres, a nivel de percepción social.

En primer lugar, mostrarse ante la opinión pública y sus seguidores, principalmente los más radicales, como un político conformista, entreguista y, sobre todo, acomodaticio y complaciente con los ganadores.

En segundo lugar, verse como una persona sin principios ni carácter, cómplice de una elección fraudulenta, que ha negociado “por debajo” el resultado electoral a cambio de posibles beneficios personales o de grupo.

Finalmente, mostrarse como un político carente de valentía y/o coraje para enfrentar a sus adversarios, que demuestra poco brío y arrojo en momentos claves de definición política.

 

Construcción del capital político

Existen diferentes conceptualizaciones de lo que es capital político. Gutiérrez y Lechner, por ejemplo, definen el capital político como “la elaboración de contenidos ideológicos, con la producción de significaciones, de interpretaciones de la realidad cristalizadas en un discurso”. Por su parte, Bourdieu señala que el capital político es la legitimidad que tiene el individuo para actuar en política; es una especie de crédito social, una creencia socialmente difundida respecto a su valor.

Para el presente trabajo, se entenderá por capital político el conjunto acumulado de haberes políticos (notoriedad, aceptación, simpatía, apoyos, capacidad de influencia y liderazgo) que tiene un candidato, partido o coalición de partidos políticos, mismo que se expresa por el número de votos que obtiene en un proceso electoral determinado. En otras palabras: el capital político es un capital simbólico que se materializa en apoyos y simpatías populares que se traducen en votos en un proceso electoral.

Ahora bien, la política debe ser entendida como un proceso de construcción que implica esfuerzo, sacrificio, dedicación y, sobre todo, perseverancia para poder sobrevivir en este campo tan competido, incierto y dinámico. De hecho, el mejor político es aquel con vocación de arquitecto o ingeniero civil, que se dedica a construir capital político, entendido éste como construcción de imagen, buena reputación, credibilidad, confianza, liderazgo y, sobre todo, capacidad de influencia.

De esa forma, construir capital político se convierte en una actividad rectora de los políticos exitosos, que bajo un sistema de impronta democrática se puede materializar, por ejemplo, en un mayor número de votos durante un proceso electoral. Sin embargo, como todo capital, este puede incrementarse o disminuir de acuerdo con la forma como se le “invierta”, gestione o maneje, y a la propia circunstancia que se esté viviendo.

Ahora bien, la pregunta en cuestión es sí es posible construir capital político a pesar de perder una elección popular. La respuesta es, sin duda, afirmativa, ya que toda democracia implica, de cierta manera, la alternancia y rotación de partidos y grupos políticos en el poder,  determinado por la capacidad o competencia que se tenga para poder ganar elecciones. De hecho, toda campaña electoral está orientada a construir capital político, tratando de gestionar el afecto de los electorales para ganar su voto y evitar que los adversarios logren ganar el cargo de representación.

Los ganadores de los comicios son los que más capital político construyen y los perdedores menos, pero ambos logran avanzar, de cierta forma, sus propósitos políticos. Además, todo sistema democrático implica, intrínsecamente, la posibilidad de que las minorías se conviertan en el futuro en mayorías y las mayorías en minorías.

Si es posible construir capital político en la derrota, la pregunta consecuente es: ¿cómo lograr construir este tipo de capital? La respuesta no es sencilla, ni existe una receta mágica ni un camino único. A continuación, se enlistan algunas acciones y recomendaciones que pueden ayudar a construir o reconstruir capital político a pesar de la derrota electoral.

En primer lugar es recomendable mostrar en los hechos una actitud responsable, que anteponga el interés general de la nación por encima del interés particular o de grupo, para aceptar la derrota a pesar de la celebración de elecciones que pudieran haberse percibido como inequitativas y del impulso de presuntas acciones fraudulentas llevadas a cabo por los adversarios, mismas que pueden y deben, en su momento y forma, ser denunciadas públicamente y ante los tribunales competentes por el propio candidato y su partido. Es decir, aceptar no supone necesariamente callar o conceder sobre las acciones antidemocráticas que pudieran haberse impulsado por los adversarios durante el proceso electoral.

En segundo lugar, es aconsejable posicionarse como una oposición moderada, colaboracionista con las causas que generan el bien de la nación y nunca como una oposición radical, obstruccionista del desarrollo del país y su gobierno.

En tercer lugar, es conveniente seguir con la posición critica del gobierno, en especial cuando se comenten excesos, errores, escándalos y, sobre todo,  cuando se incumplen las promesas de campaña, tratando de evitar ser percibidos socialmente como oposición radical, obstruccionista y destructiva.

En cuarto lugar, es sugerible el ser precavidos con las acciones impulsadas como oposición, principalmente en la etapa inmediata al proceso electoral, tratando de evitar ser identificados por la población como políticos revanchistas, ardidos o como personajes que “no saben perder” o aceptar una derrota electoral.

En quinto lugar, es necesario seguir con el trabajo político, buscando ampliar la presencia y cercanía con los electores, trabajando por las causas que se consideren justas y apoyando las decisiones, políticas y acciones que contribuyan al desarrollo y bienestar del país y sus habitantes, sin importar quien las proponga o impulse.

Finalmente, es recomendable seguir impulsado la agenda de gobierno que se ofertó durante la campaña, atendiendo a los grupos de electores afines a su partido  y a sus principios ideológicos y, sobre todo, seguir en la brega política con presencia y participación en los asuntos de interés del partido.

 

El caso Lula da Silva

Luis Ignacio Lula da Silva fue tres veces candidato perdedor a la Presidencia de la República de Brasil entre 1989 y 1998. Antes, en 1982, también había perdido la elección para el gobierno regional del estado de Sao Paulo.

En su primer intento por buscar la presidencia, en 1989, fue derrotado por Fernando Collor de Melo, candidato del Partido de Renovación Nacional. Lula obtuvo 47% de los votos como candidato del Partido de los Trabajadores (PT), mientras que Collor de Melo logró 53% de los sufragios.

En su segundo intento, en 1994, Lula fue derrotado otra vez, pero ahora en la primera vuelta por Fernando Enrique Cardoso, candidato del Partido Social Demócrata de Brasil (PSDB), quien había ocupado el Ministerio de Hacienda y había sido factor clave para la estabilización económica y financiera del país a través del Plan Real. En 1998, Lula vuelve, otra vez, a competir en contra de Fernando Cardoso y vuelve a perder, obteniendo tan sólo 32% de los votos.

En estos tres intentos, Lula da Silva siempre mostró una actitud responsable y moderada, reconoció el triunfo de los opositores y, sobre todo, siguió en la lucha política por avanzar y defender los derechos de los trabajadores brasileños, principal bandera electoral del PT.

No fue sino hasta el 2002, después de un arduo proceso de aprendizaje y maduración política, que Lula da Silva gana, en su cuarto intento, la Presidencia de Brasil, adoptando una visión menos radical de la política y presentándose ya como un candidato moderado y no sólo como líder sindical. Es decir, se realiza una metamorfosis de su imagen, de sindicalista a estadista, con posicionamientos centristas sobre la política nacional e internacional.

En enero de 2003 asumió la Presidencia de la República tras ganar las elecciones con el mayor número de votos de la historia democrática brasileña (52,4 millones de sufragios) alcanzando 61% de la votación. El 2006 se reelige como presidente compitiendo, en primera y segunda vuelta, en contra de Geraldo Alckmin, candidato del PSDB. En esta elección Lula obtuvo 60.8% de los votos, mientras que Alckmin logró solo 39.2%.

Para noviembre del 2010, Lula da Silva era considerado una de las personalidades políticas más influyentes del mundo y fue evaluado como el mejor presidente de América latina, con 83% de aprobación por sus ciudadanos.  En la elección de ese año, Dilma Rousseff, candidata del PT, logró ganar la elección presidencial con 56% de los votos, gracias, en gran medida, a la popularidad de Lula y a sus resultados de gobierno, principalmente en materia económica y política social.

 

El caso López Obrador

En 2006 se celebraron elecciones  en México, donde participaron por la Presidencia de la República cinco candidatos. Por el Partido Acción Nacional (PAN) compitió Felipe Calderón Hinojosa; por la Alianza por México, integrada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), participó Roberto Madrazo Pintado; por la Coalición por el Bien de Todos, integrada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Convergencia (PC), compitió Andrés Manuel López Obrador,  por el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina (PASC), participó Patricia Mercado Castro; y por el Partido Nueva Alianza, Roberto Campa Cifrián.

De acuerdo con los resultados dados a conocer por la autoridad electoral, Felipe Calderón ganó la elección al obtener 35.89% de los votos, mientras que López Obrador obtuvo 35.33% y Madrazo 22.2%. Por su parte, Patricia Mercado obtuvo  0.96% y Campa Cifrián 2.71% de los sufragios. Esta fue una elección controvertida, que generó un grave conflicto postelectoral, en que AMLO, alegando acciones fraudulentas y una elección inequitativa, desconoció e impugnó el resultado, se declaró ganador, convocó a una protesta nacional, llamó presidente espurio a Calderón, nombró un gabinete alterno y se autodesignó como presidente legitimo de México.

Durante varios años (2006-2010) impulsó acciones de protesta y desobediencia civil; se ha negado, hasta la fecha, a reconocer al Presidente Calderón y ha impulsado diferentes políticas de corte obstruccionista en contra del gobierno federal, lo que le generó criticas y un gran desgaste político. De hecho, lo que en su momento fue el efecto López Obrador, que generó una gran simpatía y apoyo popular para su causa y persona, se convirtió en defecto, generando rechazo y antipatía entre millones de electores mexicanos.

De cara a las próximas elecciones presidenciales del 2012, López Obrador y su coalición partidista no aparecieron como favoritos en las encuestas sobre preferencias electorales. Sin duda, el manejo inadecuado de su derrota electoral en el 2006, le restaron simpatías entre los votantes.

Este caso muestra que la actitud tomada por el candidato, al no saber administrar de manera adecuada su derrota,  independientemente de las causas de ésta, llevó a dilapidar un gran capital político, caso contrario con lo que se observó en Brasil con Lula da Silva.  En ese orden de ideas, Juan Villoro señala que la falta de miras que López Obrador mostró en la derrota de 2006, le impidió transformar una caída injusta en un propósito moral para una victoria por venir.

 

Comentarios finales

Las campañas electorales son procesos rutinarios de las democracias modernas con el fin de persuadir a los electores para construir mayorías y elegir mediante el voto a los representantes populares o a los titulares de un cargo de elección popular. Estos sistemas se caracterizan por la pluralidad y competencia entre diferentes fuerzas políticas y donde las minorías electorales de hoy, pueden llegar a ser mayorías en el futuro.

Una característica distintiva de los procesos y las campañas electorales es que siempre habrá ganadores y perdedores. Por un lado, partidos y candidatos que se alzarán con el triunfo y, por el otro, partidos y candidatos que tendrán que conformarse con un segundo o tercer lugar en la contienda.

Bajo este tipo de sistema basado en la competencia política, es importante que los candidatos estén preparados para ganar, pero también para perder, ya que en toda democracia siempre hay ganadores y perdedores, aunque, es necesario decirlo, los triunfos y los fracasos electorales son siempre efímeros.

Los casos analizados, en especial el de Brasil, muestra que sí se es competente para gestionar inteligentemente la derrota electoral, se puede conservar y/o reconstruir el capital político y es factible poder lograr el triunfo en futuros procesos electorales. Dicho de otra forma: luego de la derrota, es posible alcanzar la victoria. Sin embargo, este triunfo se tiene que construir a partir de decisiones y movimientos tácticos y estratégicos inteligentes, orientados a reposicionar y reconstruir el capital político, nunca a dilapidarlo, como fue el caso de López Obrador en México.

En otras palabras: es importante saber gestionar la derrota electoral y conservar y reconstruir el capital político, ya que en una sociedad democrática, el fracaso electoral de hoy puede ser potencialmente la base del éxito del mañana. Todo dependerá de la competencia o incompetencia de los candidatos y sus partidos para aprender del fracaso y saber administrar la derrota, tanto en la esfera política y social como en lo familiar y personal. Recuérdese que “el voto es de quien lo trabaja” y en una sociedad diversa y compleja “el individuo que se levanta, después de haberse caído una o varias veces, es aún más grande que el que nunca ha caído”.

 

Fuentes

Dahl, Robert A (1989). Poliarchy. Participation and Opposition. Madrid: Tecnos Editorial.

Gómez, Hernando; Hernández, Andrés y Arciniegas, Elizabeth (2005). La Democracia a Gran Escala: Condiciones Políticas. Curso en Teoría de la Democracia. Escuela Virtual para América Latina y el Caribe. PNUD.

Gutiérrez, D. (2001). Sujetos y Cultura Política en Sonora. México: Ed. Plaza y Valdés.

Hungtington, Samuel (1989). The Sober Meaning of Democracy. Public Studies Magazine Nº33, Santiago de Chile.

Ibinarriaga José Adolfo y Roberto Trad Hasbun (2009). El arte de la guerra electoral. Madrid: Campus Libris.

Lechner, N. (1984). Teoría y Política en América Latina, Especificando la Política. México: ed. CIDE.

Mann, Heinrich (2004). Por una Cultura Democrática. Escritos sobre Rousseau, Voltaire, Goethe y Nietzsche. Madrid: Ed. Aula Magna.

Miguel, Luis Felipe (2004). Los Medios de Comunicación Brasileños: Algunas Consideraciones. Brasil: Universidad de Brasilia.

Moreno, Alejandro (2003). El Votante Mexicano. Democracia, Actitudes Políticas y Conducta Electoral, México: Editorial Fondo de Cultura económica,

Sartori, Giovanni (1987). Elementos de Teoría Politica. Madrid: Alianza Editorial.

Schumpeter, Joseph A. (1947). Capitalism, Socialism and Democracy. Harper. New York.

Varela, Ortega José y Medina Peña Luis (2000). Elecciones, Alternancia y Democracia. España: Biblioteca Nueva.

 

Andrés Valdez Zepeda es maestro en administración pública y doctor en estudio latinoamericanos con especialidad en ciencia política por la Universidad de Nuevo México (USA).  Autor de los libros Campañas Electorales Inteligentes  y  Reglas de Oro de la Estrategia Electoral. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores desde 1998. Actualmente, se desempeña como profesor-investigador de la universidad de Guadalajara.  Delia A. Huerta Franco y Arturo Aguilar Aldrete son profesores de la Universidad de Guadalajara y asistentes de investigación.

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