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El periodismo de Granados Chapa

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Un examen de conciencia

 

Miguel Ángel Granados Chapa (1941-2011) fue ejemplo por más de 40 años para las nuevas generaciones de periodistas. Su columna Plaza Pública, fue la más longeva de la historia del periodismo mexicano y con más oficio de América Latina. Se publicó por primera vez en 1977 y por última vez en 2011: “Ésta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”, se despedía en su última entrega, a tan sólo dos días de su muerte.

La pluma de Granados es una escuela de buen periodismo - Foto: Pedro Valtierra / Agencia Cuartoscuro

La pluma de Granados es una escuela de buen periodismo – Foto: Pedro Valtierra / Agencia Cuartoscuro

Por Maricarmen Fernández Chapou

Publicado originalmente en RMC #137

Era, su pluma, una escuela de buen periodismo: “Escribir una columna diaria es una tarea ardua y gratificante; hay que lidiar con las exageraciones, la simpleza, la chabacanería que pueblan los periódicos. Leer y pensar antes de escribir, porque sorprender al lector únicamente es posible cuando el columnista tiene los ojos, los oídos y la imaginación despiertos a la realidad”, enseñaba.

Y es que Granados Chapa se describía a sí mismo como un pensador liberal de izquierda –“porque desde chico mamé la pobreza y la injusticia”—que le debía respeto a la persona, a la tolerancia y a la expresión de las ideas en una sociedad. En sus análisis, a menudo incisivos y agudos, de la política mexicana, siempre pretendía explicar y discutir: “Es un camino riesgoso, pero también por eso significa un desafío”, expresaba.

Recibió numerosos reconocimientos y homenajes, entre ellos el Premio Nuevo Periodismo CEMEX/FNPI, de manos de Gabriel García Márquez, en 2009, por “una práctica profesional de excelencia en los campos del periodismo radial, televisivo y, especialmente, escrito, lo que lo llevó a adquirir un inmenso prestigio y audiencia en su país. Su credibilidad lo convirtió en una de las voces más influyentes en la conciencia política mexicana”.

“En los años recientes, que son ya los del ocaso, –dijo en aquella ocasión– he sido destinatario (beneficiario estaría mejor decir) de no pocas y siempre inmerecidas distinciones… Las aprecio en su justo valor, pero con ellas en el corazón compruebo que la mejor recompensa para un hombre que ha tenido algo que decir consiste en tener lectores, oyentes e interlocutores no diluidos en la penumbra de la multitud  sino encarnados en personas a las que me enorgullece estrechar su mano”.

En una vida dedicada al periodismo, oficio al que incursionó en 1964,  hizo de todo: fue reportero, cronista parlamentario, editor, articulista y columnista político, y tuvo funciones directivas.

“No sé si la Providencia (a la que siento presente no sin un dejo supersticioso y como remanente de una creencia erosionada por el espectáculo de la miseria humana) o el azar o la fortuna, hicieron de mí una persona privilegiada, siempre rodeada de amor y amistad, que convirtieron en su contrario las horas de desgracia y llanto. Compartí con valiosos y valerosos compañeros la fundación de publicaciones, a veces surgidas del infortunio trocado en ventura, que modificaron el rostro y acaso el alma del ejercicio periodístico, que en el sistema político autoritario que dominó a México y que no ha sido suprimido por entero, contribuyó a que los sectores más vitales de la sociedad empujaran la historia hacia delante para convertir a sus miembros de súbditos en ciudadanos”, rememoraba en su discurso.

Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua –ocupó la silla 19–, su trayectoria fue, como lo dijera en su momento Carlos Monsiváis, “intachable y admirable por su resistencia a los poderes y las presiones”. Así lo mostró en múltiples capítulos de su trayectoria profesional, desde su participación protagónica en las luchas por un periodismo sin concesiones, en julio de 1976, cuando junto con Julio Scherer García saliera del periódico Excélsior para fundar la revista Proceso; hasta sus últimos tiempos, en los que fuera incluso demandado por presunta difamación a raíz de sus denuncias al cacicazgo en Hidalgo, en su prólogo al libro La Sosa Nostra, de Alfredo Rivera.

“He tomado parte activa en la lucha por la libertad de expresión y de información y por contar con medios independientes del Estado”, aseguraba. “Conté entre los periodistas expulsados de Excélsior, a la cabeza de los cuales brilló Julio Scherer.

Ese caso figura en los anales de la prensa en su pugna contra el poder arbitrario y representó la posibilidad de una respuesta pronta y eficaz a la represión gubernamental, pues un sector importante de la sociedad civil cobró conciencia de que era necesario, y por ello posible, apoyar la respuesta de profesionales de la prensa dispuestos a no dejarse derrotar por el poder.”

 

De la universidad y la modernidad

También abogado, historiador y maestro; Miguel Ángel Granados Chapa reconocía a la universidad como la vía natural de acceder al “mejor oficio del mundo”:

“Tras un desempeño escolar más que notable (según repetían las buenas lenguas) en la pubertad se hizo notorio mi apetito por la información. Gilberto Chapa, hermano menor de mi madre, era lector de periódicos, y como su soltería se prolongó más allá de lo usual, se interesaba por sus sobrinos y me comunicó su afán de consumidor de diarios y revistas. Fue imperceptible, pero indudable, el tránsito que me llevó de absorber la información periodística al deseo de trabajar en su producción”.

“Demasiado formal para mis años y mi condición –contaba Granados­­–, en vez de improvisarme periodista en el diario local, resolví estudiar la licenciatura correspondiente  en la Universidad Nacional. Hacía menos de diez años en el momento de mi elección, 1959, que esa carrera había sido incluida en la nueva Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales. Mi interés básico por la profesión se acrecentó cuando supe que ese era el enfoque de la enseñanza universitaria del periodismo, el que se aproxima a los rigores de la investigación social pero no descuida la expresión que comunica sus resultados. Para compensar la no declarada pero inequívoca desilusión familiar porque no estudiaba derecho el primer miembro de la familia que haría  estudios superiores, me inscribí también en la escuela de leyes de la misma Universidad Nacional. Fue un acierto no deliberado, pues la sabiduría jurídica, con todo y su inerte formalidad, me ha sido singularmente útil en mi trabajo periodístico, pues se precisa en México salvar la ancha distancia entre el dicho de la ley y la práctica social”.

La Universidad le abrió las ventanas al mundo:

“Era yo un lector módico y en las escuelas de la UNAM y sus bibliotecas descubrí las obras y las ideas que procuraban explicar ese mundo. Comprendí que ese intento de comprensión sería tarea inacabable, porque la vida fluye constantemente y siempre es nueva y requiere de asedios permanentes para encontrar su sentido. Como miembro de una familia que apenas cumplía socialmente los mandamientos de la Iglesia aunque buscaba convertir los otros, los de la ley de Dios en regla de vida, era yo un católico superficial. Carente de cultura religiosa pues nunca asistí a escuelas privadas donde se enseña el credo de la religión mayoritaria, tuve el privilegio de conocer, en los dominicos de la parroquia universitaria no la fe, que ella proviene de la gracia, don gratuito que a pocos se otorga, sino una creencia viva, más cercana a una convicción filosófica pero endulzada por sentimientos de fraternidad y solidaridad.

“En aulas dominadas por la enseñanza del marxismo, me resistí al dogma pero me quedé con uno de los trasfondos del pensamiento socialista, el que pone la justicia en el centro de la vida sin renunciar por ello a la libertad y a la democracia. Percibí también que contra la prédica mendaz y rencorosa del anticomunismo mercenario, los jóvenes revolucionarios con quienes conviví en los felices años universitarios vivían noble y libremente sus ideas.”

Solía impartir sus discursos sin apoyos, como de memoria, sin vacilaciones ni titubeos. Dos años antes de su muerte, como uno más de los muchos homenajes que recibiera, se encontró con alumnos de periodismo en el Tecnológico de Monterrey:

“Me complace particularmente tenerlos a ustedes, muchachas y muchachos, jóvenes, como interlocutores esta mañana, por una circunstancia que nos une: Yo estuve sentado en un lugar semejante al que ocupan ustedes en sus aulas. Como ustedes, yo decidí ser periodista a través de una carrera universitaria. No me arrepiento nunca de haberlo hecho y estoy cierto de que si ustedes han practicado el debido examen de conciencia que los tiene aquí no se arrepentirán tampoco de haber elegido este oficio, esta profesión”, les dijo.

“Quienes no hayan practicado ese examen de conciencia –sentenciaba– más vale que lo realicen cuanto antes, porque pudiera ocurrir que si lo piensan dos veces, si lo piensan a fondo, decidan que no es este el camino que quieren recorrer. Pero si la conclusión es la contraria, si después de sumergirse en su propio yo, concluyen que quieren ser periodistas, las y los felicito por esa decisión”.

“Esta tarea que ustedes comienzan ha de ser desde su preparación académica. Es una tarea que puede resultar muy gratificante porque puede ser muy servicial y, si una vida, desde mi punto de vista, tiene sentido, es cuando dispone de capacidades para servir a los demás. La vida en comunidad sólo es posible en la convivencia que nos hace interdependientes. Siempre necesitamos de los otros, y hay oficios, el nuestro es uno de ellos, en donde esta capacidad de cobrar necesidades distintas de las nuestras propias aparece mucho más clara. Por eso las y los felicito si han resuelto después de este examen de conciencia, ser periodistas”.

Y, pese a la modernidad, consideraba a los jóvenes como las semillas que darían fruto a un mejor periodismo, “este oficio tan necesario”, aun con los desafíos de la tecnología de la que se declaraba “ajeno a mis nociones pre-modernas”.

“La modernidad no nos va a tomar por sorpresa, no nos va a derrotar, sino al contrario, va a ser una sumisa servidora en nuestra decisión de ser periodistas. La modernidad es un instrumento, la tecnología es un instrumento que vamos a dominar, que dominamos ya, y que va a contribuir a que se expandan nuestras posibilidades de servicio, que es en último término de lo que se trata”, concluía dos años antes de su partida.

 

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