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Scherer, Leñero y Granados

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Parteaguas de la prensa mexicana

El gran parteaguas en la prensa mexicana se inició en 1968 cuando Scherer García es electo para dirigir el diario Excélsior. Junto a él estuvieron Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa en aquellos años decisivos que dieron lugar al golpe artero contra la libertad de expresión y los derechos humanos. El fallecimiento en un lapso breve de tiempo de Julio Scherer, Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa, mueve a una reflexión sobre el periodismo que sacudió a México dando lugar a que podamos hablar de un antes y un después en la historia de la prensa mexicana.

Julio Scherer y Vicente Leñero - Foto: Sergio Garibay / Agencia Cuartoscuro

Julio Scherer y Vicente Leñero – Foto: Sergio Garibay / Agencia Cuartoscuro

Por Francisco Prieto

Publicado originalmente en RMC #137

Este parteaguas se inicia en las postrimerías de 1968 cuando Scherer García es electo por la cooperativa para dirigir el diario Excélsior. Junto a Scherer estuvieron Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados en aquellos años decisivos que dieron lugar al golpe artero contra la libertad de expresión y los derechos humanos ordenado por el entonces presidente de la república, Luis Echeverría Álvarez con el concurso del Partido Revolucionario Institucional y la participación entusiasta de Televisa.

Como los motivos y la crónica del golpe no los describiría mejor que Leñero en su obra Los Periodistas, que se sigue reimprimiendo y goza de excelente salud, voy a evocar a cada una de las figuras por separado. Entre otras cosas porque mi trato con cada una de ellas fue más personal que fijado en la esfera de trabajo. Y además porque cada cuál fue un individuo consciente de poseer un yo propio e intransferible habiendo sido la suya una existencia auténtica, fiel cada quién a sí mismo y a los valores al servicio de los cuales transcurrió su existencia.

 

Julio Scherer García

Los que no llegábamos a los treinta años en 1968 parasitábamos un país esclerótico que arrastraba demasiados años viviendo en la más radical ambigüedad. Como la revolución mexicana no tenía libro referencial, las categorías para estudiarla eran el eclecticismo y el pragmatismo. Las palabras y las leyes iban por un lado; las acciones y los hechos por otro. El discurso oficial obedecía a los tópicos de siempre, la historia giraba en torno a individuos que formaban un santoral laico. La censura y la auto censura eran lo habitual en los medios, por lo que el presidente de la república era intocable. Los funcionarios no se consideraban obligados a rendir cuentas a la opinión pública, sólo concedían entrevistas a periodistas corruptos y/o domesticados. Así, todo lo malo que acontecía, o casi todo, era obra de “extranjeros indeseables”. Sólo  escapaban a la censura los libros ya que en la nación eran pocos los lectores y  aún menos los lectores educados. Como en el régimen de Franco, con el que no se tenían relaciones diplomáticas, la censura a las películas hacía que pasaran mutiladas o que simplemente no pasaran, como fueron los casos de La sombra del caudillo, Viridiana, La dolce vita… En ese estado de cosas y cuando se iniciaba el movimiento estudiantil de 1968, llegó a la dirección de Excélsior don Julio Scherer García.

Scherer había sido un reportero notable que había dejado joyas de buen periodismo de investigación en el reportaje y la entrevista. Había ejercido la crítica a través de la opinión de sus entrevistados, hombres cuyo prestigio los volvía más o menos intocables. El caso es que toma la dirección en pleno movimiento estudiantil cuando eran requisados hasta los periódicos extranjeros cuando analizaban la temática y daban cuenta de la represión gubernamental.

Scherer actuará con prudencia, consciente de que los cambios en el diario no podían ser radicales. Sin embargo, poco a poco se va gestando un periodismo nuevo que devolvía a la prensa nacional la dignidad que había conocido en el siglo XIX: las páginas abundantes dedicadas a la vida social de empresarios, políticos y señoras del “gran mundo” se conviertieron en páginas verdaderamente sociales donde se presentan los problemas que hacen patente que México está muy lejos de ser una sociedad justa. En las páginas de espectáculos, se llamó a escritores que no estaban al servicio de las grandes distribuidoras y productoras de películas; se inició la crítica seria de televisión y de radio en tanto que en las páginas de cultura se reseñaban las novedades editoriales, se entrevistó a literatos, científicos, profesores e investigadores, se hicieron reportajes históricos que mostraron a una sociedad en un proceso de cambio…

Scherer, que antes de llegar a la dirección dirigía las páginas de artículos de fondo, acaba de conformarlas dentro de una orientación social democrática. Esto con escritores mayoritariamente de centro-izquierda y una presencia poderosa de católicos inspirados en el Concilio ecuménico vaticano II, como Alejandro Avilés, Javier Peñalosa, Enrique Maza, Ramón Zorrilla, Froylán López Narváez –que pretendía un marxismo de fondo cristiano o escribía desde un cristianismo tocado por el pensamiento de Marx y firmaba alguno de sus artículos con el seudónimo de Gilberto Keith en honor del católico británico Gilbert Keith Chesterton. Además de Vicente Leñero y el propio Miguel Ángel Granados Chapa –en aquellos años un demócrata cristiano­­­­–, ­que venían a unirse a los más bien conservadores Ramón de Ertze Garamendi –presbítero y refugiado vasco enemigo del general Franco y de su régimen–, Carlos Alvear Acevedo y el protestante Abraham López Lara.

Una de las aportaciones de Scherer estuvo en el tratamiento de las noticias internacionales cuando ocupaban el encabezado de ocho columnas. En el lado preferencial de la plana se daba la noticia en dos columnas separadas por una fina pleca. En una se reunían las agencias norteamericanas y la agencia EFE; en la otra se tomaban como base los reportes de la Agence France-Presse, Reuter y a veces Prensa Latina. El sentido de ello es que, como eran líneas de pocos golpes, se pudieran ir leyendo simultáneamente dos orientaciones diferentes de un mismo hecho.

Sin embargo, el gran desafío era informar con verdad de los asuntos nacionales en un país gobernado por un régimen autoritario que no podía entender a los periódicos sino como prolongaciones suyas. En este contexto, los secretarios de Estado no daban entrevistas y  no se permitía la crítica más leve a los dictados del presidente que era, en rigor, un gran tlatoani, un emir, un sátrapa oriental…

Scherer opta por desafiar al régimen impregnando en los reporteros una agresividad inusitada en México: buscar a personas críticas empleadas en los medios gubernamentales para que dijeran lo que verdaderamente pasaba bajo promesa de no revelar sus nombres, como de hecho estaba establecido en los tratados de ética periodística. La estrategia acabó rindiendo frutos mucho antes de lo esperado y pronto los funcionarios públicos se vieron obligados a conceder entrevistas. Así, Excélsior se convirtió en el único diario confiable, la única fuente fidedigna para conocer lo que verdaderamente sucedía en el país.

Consciente, por otra parte, de que era necesaria una visión latinoamericana de lo que pasaba de este lado del Atlántico, pero también de la necesidad de interpretar desde nuestra circunstancia de lo que ocurría en el resto del mundo, se asoció con diarios de otras naciones de América Latina para crear una agencia de prensa que pudiera competir con los grandes consorcios internacionales. La agencia se llamaría Latin.

Scherer aprovechó el regreso a México de Octavio Paz para poner en manos de éste una revista cultural. Era necesario que el medio abrevase en el pensamiento de los mayores referentes hacedores de cultura y para ello era necesario reclutar al único intelectual mexicano con una capacidad de convocatoria internacional, o sea, Paz. Este último bautizará a la revista con el nombre de Plural, es decir, un nombre que anuncia un  propósito fundamental: romper la unidimensionalidad de la sociedad mexicana, su provincialismo, su estrechez, en fin, de miras.

La revista Plural se volvió pronto una fuente de escándalo ya que desde la pluralidad de las izquierdas pensantes se procedió a la crítica radical del socialismo real, el que habría traicionado el fondo dialéctico e historicista del pensamiento de Marx. En Plural publicaron los disidentes más inteligentes y sensibles de la Europa Oriental, de la URSS, de Cuba… No pocos colaboradores del Excélsior expresarán a Scherer su inconformidad por aquello de que se podía dañar el espíritu revolucionario. Pero él no les hace caso: en primer lugar, el periodismo se debe a la búsqueda de la verdad, y en segundo lugar Paz seguiría haciendo la revista como quisiera porque así lo habían acordado. Todos los inconformes lo acataron por respeto al liderazgo moral que reconocían en Scherer y por la admiración que sentían hacia él.

En un país cuyos periódicos eran dirigidos por empresarios no periodistas, atentos a sus intereses particulares e indiferentes a la vida intelectual y a la verdad, los que formaban parte del Excélsior experimentaban el orgullo de la reivindicación de una profesión cuya esencia había sido relegada, negada, sometida… Scherer había devuelto a los periodistas el sentido de dignidad que habían perdido y que se manifestó durante el movimiento estudiantil con la pancarta que, indefectiblemente, acompañaba a los contingentes que expresaban su indignación con la situación deplorable que se vivía: “Prensa vendida”.

Sí, Scherer no fue un parteaguas, sino el parteaguas entre un estado de cosas esclerótico y un proceso de cambio social que acabaría consagrando tanto los derechos humanos como la democratización de la república. Así, cuando a los siete años de la dirección de Scherer asestan un golpe a este y a su equipo, bastó un llamado del director para congregar en un salón de un hotel del Paseo de la Reforma a un nutrido grupo. Con los donativos de empresarios independientes y clases medias de los sectores más diversos de la sociedad mexicana hicieron posible que muy pronto el grupo Excélsior diera a conocer una nueva revista, Proceso,  que continuara la línea editorial del diario. Proceso se sustentará con ventas más que con anuncios y llegará a contar con un número impresionante de suscriptores en un país de escasos lectores. Quedó claro que la libertad de los periodistas y la libertad de expresión eran ya irreversibles en México. Así, a Proceso seguiría el diario Unomasuno, la revista Vuelta –  con el mismo equipo de lo que fue Plural– y más tarde el diario La Jornada, todos como ríos provenientes de una misma fuente: el Excélsior de Julio Scherer García.

 

Vicente Leñero

Novelista, dramaturgo, periodista y católico militante, Vicente Leñero fue llamado al Excélsior por Scherer para transformar la publicación Revista de revistas, uno de los diversos productos de la cooperativa. (Scherer había cerrado no pocas revistas frívolas producidas en aquellos años, pero quería hacer un periodismo de revista semanal en la línea de los grandes semanarios internacionales, como Time, L’Express, Spiegel, The Economist y otros análogos).

Revista de revistas era, a la sazón, una revista con pésimas ventas. Estaba hecha al modo un tanto anticuado y nada atractivo de las revistas que se confeccionaban en México, como Siempre!, Mañana y otras, a saber, con artículos de fondo, doctrinales, ideologizados. Leñero, por su parte, había sido un reportero en la revista católica Señal+, y al ganar el premio Seix Barral de Literatura por su novela Los albañiles es llamado por la revista internacional Claudia para ocupar la jefatura de redacción.

En Claudia pudo realizar un periodismo moderno y muchas de sus entrevistas y reportajes, hoy recogidos en libros, plasmaban un estilo ágil, novedoso, con un uso del lenguaje a un mismo tiempo desenfadado pero preciso en la busca de revelar realidades que marcaban una distancia con el pasado desde la convicción de que forma y fondo están necesariamente hermanados. Leñero llamaría a colaborar con él a escritores jóvenes con los que compartía una misma conciencia de cambio, de revelación de realidades ocultas, de los nuevos sentidos que procuraban salir a la luz en una sociedad que iba siendo otra y que era necesario nombrar. Así se formaría un equipo con Gustavo Sainz, José Agustín, Ignacio Solares, Gerardo de la Torre, Juan Tovar y otros.

Leñero forma un nuevo equipo en Revista de revistas con el propósito de iniciar una publicación de reportajes y entrevistas, con pocos pero sustanciosos y breves artículos, y con espacios generosos para los espectáculos: teatro y cine, pero, también, para dar cuenta de la actividad editorial. En ese equipo lo acompañarán los escritores a los que había convocado en Claudia aparte de analistas políticos como Efraín González Morfín –que había sido candidato a la presidencia por el PAN y enfrentado con dignidad al oficial Echeverría en competencia, sobra decirlo, absolutamente desigual. Aparte de los católicos González Morfín y el jesuita Enrique Maza, conforma un grupo de periodistas de izquierda que ejercen la crítica del partido en el poder, ajena a toda forma de componendas y contestaria. En uno de los primeros números de la revista reformada, aparece un reportaje de Graham Greene en Chile en tiempos de Allende, que muestra una sociedad chilena conflictuada y desde la simpatía hacia el presidente socialista, el fino sentido de observación de Greene, su certero instinto periodístico, vislumbra ya el golpe de estado que poco después tendría lugar.

No duró mucho Leñero en aquella espléndida aventura periodística porque sucedió el golpe contra el Excélsior. Pero Scherer lo llamaría para que estuviera a su lado en la subdirección de Proceso y desde ella Leñero se convirtió en un auténtico jefe de redacción e información. Estuvo atento no sólo a los contenidos sino a la forma, contaminando de ese espíritu de experimentación y de búsquedas estilísticas a los reporteros y redactores de la revista. Tal vez la gran aportación periodística de Vicente Leñero en Proceso se concrete en un tono de des-solemnización de nuestros políticos, en la sistemática desglamorización de sus voces y de sus poses, en hacerlos ver como entes enfermos de poder y simuladores por oficio. También y por lo mismo, propiciar que los periodistas se midieran de igual a igual con los poderosos: políticos, empresarios, líderes sindicales hasta obligar a éstos a aceptar esa relación ya no asimétrica, sino una de ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones.

Leñero, ante todo un escritor, llevó el periodismo a la novela con obras que son tan buenas novelas como reportajes, así Asesinato, La gota de agua, Los periodistas y dramas como El juicio, Los hijos de Sánchez, Todos somos Marcos, Pueblo rechazado

 

Miguel Ángel Granados Chapa

A  diferencia de Scherer y de Leñero, Miguel Angel Granados no fue un reportero, un entrevistador o un cronista. Fue periodista en el sentido de un interés incontenible por los sucesos de actualidad, señaladamente en los campos de la política y la circunstancia socio-económica. Era un articulista, un hombre que veía y analizaba la realidad desde la óptica sociológica pura, es decir, sin perspectiva psicológica aunque sí histórica. A veces he pensado que de no haber pasado infancia, juventud y madurez en un país con partido hegemónico que rechazaba por diversos y sobradamente justificados motivos, muy probablemente Granados hubiera sido un hombre de acción, de toma puntual de decisiones, un político. Me explico:

Miguel Angel Granados Chapa procedía de un hogar de raigambre católica del Estado de Hidalgo. Como Leñero, se formó en la Acción Católica y como no pocos jóvenes católicos de la década de los cincuenta, vivía a disgusto en un régimen de fondo jacobino, corrupto, ecléctico y pragmático hasta la ignominia. El cristianismo que practican Leñero y Granados tiene rostro humano y no es como el de otros jóvenes de la extrema derecha católica, esos que consideran que judíos y masones tienen la culpa de todos los males del mundo y que urden, desde tiempos lejanos una conspiración contra el cristianismo.

Comenzó a trabajar, bajo la dirección de Manuel Buendía, en el semanario Crucero. Con una sensibilidad social desarrollada, en la segunda mitad de 1964 denuncia a la organización secreta Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), sus juramentos secretos, su violencia y la protección que le otorgaba a ese grupo la parte más conservadora del clero. El joven periodista es secuestrado, llevado a un paraje solitario y golpeado salvajemente, al punto de que su vida misma estuvo en peligro”

Granados se vuelve estudiante en Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM, seguramente por la influencia de don Horacio Guajardo, miembro prominente del PAN. En su juventud, por influencia de Alejandro Avilés se introduce en la democracia cristiana. Y acaso desengañado del uno y de la otra, termina siendo fundador del Partido Socialista Unificado de México. Se va orientando, como su maestro el regiomontano Guajardo, primero a la democracia cristiana, luego al socialismo de fondo marxista. Progresivamente se va dando cuenta de que su fe no es tan sólida como hubiese deseado su madre, a la que se hallaba fuertemente vinculado. A la pérdida de la fe cristiana se une el deslumbramiento por el materialismo dialéctico.

Con una real repugnancia al partido en el poder, no encontrando sus señas de identidad ni en el Partido Acción Nacional ni en el Partido Popular Socialista –este vinculado a la URSS por la que no siente simpatía–, Granados se orienta hacia el periodismo con la esperanza de que el ejercicio de la crítica pueda contribuir al cambio en el país. Se inicia en el periódico Crucero, una publicación diaria que aparece al mediodía de la organización periodística de El Día, vinculada a la izquierda-PRI, si bien no se acercaría nunca al partido oficial. Más adelante, deslumbrado por el periodismo que genera Scherer en Excélsior, busca a este y se inicia en una actividad que nunca abandonará: el análisis de la vida política y de los políticos. Y así, a partir de sus convicciones esenciales que lo llevan a establecer un compromiso con la justicia social que sólo podría ser realidad a partir del socialismo democrático, Granados se volvió un periodista comprometido que se comunica a través de un estilo puro y clásico, con una lógica cartesiana y demoledora, en el mejor de los sentidos, del contrincante. Polemista notable, sus artículos son persuasivos e iluminan el tema que trate en ellos. Con una connaturalidad con el pensamiento lógico y con la praxis política, pronto Scherer lo llamará a que haga muchos de los editoriales o artículos no firmados, por tanto, oficiales que aparecen en la página izquierda y el lado izquierdo de las dos planas de artículos de fondo del Excélsior.

Después del golpe, Granados será fiel a Scherer y lo acompañará en los primeros años de Proceso. Pasará luego a UnoMásUno para después formar parte del grupo fundador de La Jornada; también creará y dirigirá una revista de corta duración, Mira. Esta última fracasará debido a que Granados no tenía, como Leñero, el sentido de la forma ni del diseño ni le apasionaban el reportaje y la entrevista. Es, básicamente, un analista sociopolítico que  desarrolló, es verdad, un modelo de argumentación de una lógica demoledora que en pocas cuartillas situaba a cualquiera en el meollo del asunto y le daba el carácter dinámico de la situación analizada.

Aparte de su gusto por la buena y grande música –no se perdía, salvo que fuera por causa de fuerza mayor, un concierto de la OFUNAM-, su inclinación por la praxis política era inminente. Así que se lanzaría a candidato a la gubernatura de su Estado de Hidalgo buscando el apoyo tanto del PAN como del PRD. Logró que este último lo hiciera candidato y perdió la elección. Hidalgo ha sido un estado controlado por el PRI, dominado por políticos en su mayor parte corruptos y ligados al empresariado local. Además, Granados era un tanto rígido y un lenguaje tan racional como era el suyo encontró dificultades de comunicación con las mayorías. Seguramente por estas mismas razones, el periodismo radiofónico que ejerció en Radio Mil y en Radio UNAM no logró nunca la gran audiencia  que amasó en sus artículos periodísticos: de  Excélsior, Proceso, La Jornada y, sobre todo, del diario Reforma donde su espacio “Plaza Pública” llegó a ser imprescindible para todo el que siguiese atentamente el acontecer político nacional.

Granados queda en la historia del periodismo nacional como uno de los más agudos y honestos analistas de la política nacional. Le podemos tributar el mayor elogio posible para un periodista de su estirpe: aunque se difiriese de su orientación ideológica, leerlo lo colocaba a uno, objetivamente, en la trama y su revés, dicho de otro modo, era imprescindible para el buen entendimiento de los hechos.

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