El columnismo es un acertijo insoluble: Buendía

  • Breve historia del columnismo y los peligros en México.
  • El trabajo periodístico: Manuel Buendía.

 

"Periódico". Yon Garin. @ Flickr

«Periódico». Yon Garin. @ Flickr

 

Por Luis Tercero Gallardo

Publicado originalmente en RMC 47.

–¿Qué significa y cómo afronta usted el fenómeno creciente del columnismo en México, del que es uno de sus principales representantes?

–La columna es un género periodístico que se distingue por su mayor rigor académico y de oficio, lo que le da una diferencia específica. Para situar adecuadamente el fenómeno del columnismo, que en nuestro medio nos llega tardíamente, debemos referirlo al contexto más amplio del periodismo norteamericano. El nuestro es una mala copia del norteamericano, que hizo sus periódicos con una perspectiva propia. El periodismo latinoamericano, con exclusión del nuestro, se presenta influido mayormente por su homólogo europeo.

La columna se da históricamente en el periodismo de Estados Unidos, aunque algunos investigadores señalan que Trinidad Sánchez Santos, director de El País, en las postrimerías del Porfiriato, y algún otro periodista de Puebla, publicaron comentarios con el formato de columnas. Ahora bien, por la demanda de los lectores, que exigieron un periodismo más individual, se originaron las columnas como un género periodístico aparte, con características formales, como ubicación fija, nombre y firma del autor.

Su característica fundamental la constituye el lenguaje periodístico, manejado con la más completa libertad. Una libertad más cabalmente lograda que en el reportaje y que en el artículo. Se trata, pues, de una respuesta a las necesidades de los lectores por una información trabajada especialmente por un individuo, al que se atribuyen ciertas dotes no comunes: capacidad de penetración al cúmulo de significaciones que los hechos comportan; sentido común; competencia para el análisis certero; sensibilidad muy acusada, y a veces, dones adivinatorios, de modo que este sujeto pueda establecer una comunicación simbiótica con sus lectores. Si el columnista no logra crear adictos y, por contra, desafectos, entonces no existe como tal.

En México -prosigue- se ha registrado en fechas recientes un boom de columnistas. Los editores descubren la necesidad de atraerlos para las planas principales de sus periódicos. En enero de 1977, mi columna fue la primera que se publicó en la primera plana de 36 diarios del país, pertenecientes a una cadena nacional. También es parte del fenómeno el que la proliferación de columnas haya significado corrupción periodística, que se manifiesta en el uso y abuso de patentes de corso, prebendas y posibilidades de despacharse con la cuchara grande. No obstante, el columnismo ha significado, por lo general, un acierto, ya que proporciona un servicio interesante y novedoso -ciertamente fructífero- de los periódicos a sus lectores.

 

 

–Los columnistas se han tomado, a veces, como un peligro público. ¿Cómo han sido recibidos y cómo los tratan?

–Frente a la aparición de esta nueva casta, han surgido reacciones muy interesantes.

Algunos funcionarios no saben qué hacer. No faltaron aquellos que intentaron todo: sobornos, amenazas y otras lindezas. Para otros más, el fenómeno resulta ser un acertijo insoluble. De hecho, no aciertan a comprender esta simpleza: que somos la avanzada, los precursores del verdadero derecho a la información, que incluye -básicamente- la capacidad para investigar por los  medios ortodoxos, y aun por los heterodoxos; llegar al fondo de las cuestiones, y publicarlas. Otros más sí han advertido el sentido que esta regla de juego tiene, y saben cómo servirse de ella positivamente.

Por lo demás, hay otras reacciones atribuidas a ciertas fracciones del sistema político. La más graciosa es, quizás, la aparición -ante la emergencia de los columnistas- de dos clases de individuos: el piloto y el establero. El primero es un freelancer de la política menor, que trata de tripular las meningues de ciertos columnistas, de una manera sutil y hasta elegante. El establero, más burdo, dado a la eficacia grosera del dinero y del influyentismo, funda una agencia clandestina de «información confidencial», desde la que implementa una bolsa de políticos y funcionarios, y la vincula con otra de columnistas, para «beneficio» de unos y otros. Esto es del dominio público, y no vale la pena más que señalarlo como un fenómeno subsidiario, más bien cómico -parte de la picaresca política- del columnismo.

Es importante advertir que el columnismo ha perdido fuerza notoriamente, a medida en que se han ido descubriendo los juegos de la corrupción y se han destapado -­solos!- quienes entraron para «juguetear» en el boom. Ello permite situar el hecho en su verdadera dimensión. No se trata de una tendencia suficientemente fuerte para considerarse renovadora del periodismo nacional. En algunos casos es una presencia nueva, vivificante. En otros, es corruptora y efímera.

Quizás si logra un estatuto de permanencia podrá coadyuvar por sí misma a la regeneración, necesaria, de recursos humanos en el medio y podría, a mediano plazo, influir para transformar algunos aspectos del periodismo. De cualquier manera, la competencia entre editores poderosos indica la importancia del fenómeno.

Por otro lado, desde el punto de vista meramente personal, debo decir que el ejercicio de este género ha propiciado en mí una transformación profunda. Me ha hecho crecer, desarrollarme profesionalmente y encauzarme en lo que tengo como la etapa más rica de mis treinta años de periodista.

 

–¿Cómo vé y juzga nuestro periodismo?

–Nuestro periodismo padece tres males dominantes: la mediocridad, la solemnidad y la impunidad.

 

–¿Cómo lo ejerce usted?

–Trato de ser no tan mediocre, soy definitivamente antisolemne, y no me considero impune. Procuro escribir para gente pensante y respeto esa cualidad sustantiva. No endilgo a mis posibles lectores dogma alguno, ni dictados de dómine, sino que les proporciono información a fin de que lleguen a sus propias conclusiones y forjen, con ellas, su propia opinión.

 

–¿Es usted un columnista comprometido?

–Quiero ejercer mi propia libertad y mi responsabilidad intransferible sin arrastrar conmigo a nadie. Tengo un sentimiento muy grande de solidaridad con las causas de mi pueblo. Lo que he escrito, lo que escribo, habla por qué causas estoy comprometido.

–No pocos periodistas que empiezan, presumiblemente se preguntan cómo hacer una columna leída, conocida, famosa, como la suya. Esa posibilidad forma parte, seguramente, de sus ensueños y aun de sus terrores nocturnos. Estamos ciertos que ellos pedirían una receta para lograrlo…

–Yo deslindaría claramente las responsabilidades -afirma Buendía con un dejo irónico y magisterial-. Para comenzar, hay que aclarar que es venturoso nacer, crecer y desarrollarse en el ámbito del Tercer Mundo. Con poco que se haga, ya se puede ser famoso. Enseguida, vamos a la receta, que es sencilla:

Encontrar temprano la vocación; seguirla a costa de cualquier esfuerzo; recorrer todas las jerarquías del periódico, desde la más baja hasta la más alta; dedicar buena parte del tiempo a la docencia del periodismo; reconocerse como un aprendiz profesional y cotidiano; y ser aceptado por sus propios pares como alguien que ha cumplido con devoción lo esencial del oficio.

–¿Es todo?

–­Cómo todo!…luego ya se puede ser columnista.

–Suena fácil.

–Rápido sobre todo. Sólo abarca treinta años de una vida.

 

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