RMC es una publicación del Departamento de Ciencias de la Comunicación - Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa

Medios públicos y educación

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Un mecanismo de distribución del conocimiento para el fortalecimiento de la democracia

En este ensayo se ofrece al lector una reflexión en torno a la educación y los medios públicos como coadyuvantes eficaces para la distribución la democracia como bien cultural. El objetivo es analizar a los medios públicos y su potencial en tanto mecanismos de distribución de la educación para el fortalecimiento de la democracia. En la primera parte se aborda el concepto de democracia como una forma de vida que va más allá de su expresión en el ámbito político. En segundo lugar, se identifica la realidad de los medios públicos en México así como sus alcances y limitaciones en este país. Finalmente, se explica el concepto de educación para la democracia y el apoyo que pueden representar los medios públicos para el ejercicio de ésta.

Foto: Isaac Esquivel / Cuartoscuro

Por Eva María Suárez Tello

Introducción

Hablar de ‘lo público’, es más bien poco redituable actualmente, bajo el paradigma imperante del mercado consumista globalizante. Sin embargo, abordar el debate sobre los medios públicos es necesario y acaso urgente en el contexto de las democracias latinoamericanas, de las que se habla refiriéndose más bien a la acción política y de los políticos, a las elecciones y poco más. Vivir la democracia, sin embargo, es mucho más amplio que lo que implica el abordaje político. Se refiere a una forma de ser ciudadanos que hacen una nación capaz de enfrentar su presente y caminar hacia un futuro común. Además, la democracia no es un concepto que exista en la realidad, es una construcción que, como país, no hemos sido capaces de iniciar. Es por esto, que en este ensayo se aborda un elemento que parece fundamental en este proceso de construcción democrática: la educación. En este sentido, los medios públicos resultarían un coadyuvante muy eficaz para la distribución de un bien cultural que resulta transversal en la formación de ciudadanos, como la vida en democracia. 

El objetivo de este ensayo es analizar a los medios públicos y su potencial como mecanismos de distribución de la educación para el fortalecimiento de la democracia. Para este fin, se aborda en la primera parte el concepto de democracia como una forma de vida que va más allá de su expresión en el ámbito político, con el fin de ampliar su noción tradicional. En segundo lugar, se identifica la realidad de los medios públicos en México para ubicar la situación en la que se desarrollan actualmente, así como sus alcances y limitaciones en este país. Finalmente, se explica el concepto de educación para la democracia, incluyendo la propuesta del apoyo que pueden representar los medios públicos para el ejercicio de una conciencia ciudadana capaz de reconocer en la democracia una forma de vida que se convierta en una cosmovisión que permee todos los ámbitos de la persona, impactando a la sociedad y a la forma de construir una nación.

Un aspecto importante de los desafíos pedagógicos de hoy es el educar para la democracia más allá del voto, para concebirla como una forma de interpretar el mundo social en el que se vive. En esta tarea, los medios cumplen una función fundamental como agentes de influencia socializadora y distribución de ideología. En este sentido, uno de los compromisos de los medios públicos sería contribuir a los procesos democratizadores en tanto agencias socializadoras y de distribución de educación informal para formar opiniones y actitudes favorables a un entorno democrático.

Hacia una cosmovisión democrática

Sólo se puede construir la democracia, en una sociedad donde sus integrantes la vivan en todos los aspectos de su actuar cotidiano. Para ir más allá de la literalidad del término ‘gobierno del pueblo’, había que identificar a la democracia actual como la posibilidad de existencia de espacios de apertura, diálogo y deliberación en un entorno libre y de respeto a los derechos humanos fundamentales que posibilite convertir el conflicto en una oportunidad de deliberación y confrontación de ideas.

La democracia, como toda construcción social, es aprendida a lo largo de la vida mediante las experiencias educativas tanto formales, como informales, dentro y fuera del entorno familiar más inmediato. Así, se considera imperativo el acceso a la educación para el inicio de este proceso de construcción.

Sin embargo, en México nos enfrentamos ante lo que Freire llama ‘inexperiencia democrática’. Ante una sociedad que entiende ‘comunicación política’ como aquella que emiten los órganos de gobierno mediante instrumentos prefabricados y en serie, nos enfrentamos a hacernos preponderantemente mudas. “El mutismo no es propiamente inexistencia de respuesta. Es una respuesta a la que le falta un tenor marcadamente crítico” (Freire, 1999).

Ante un entorno político caracterizado por un sistema presidencialista con un sistema de partidos hegemónico que cada vez decepciona más a la población por sus publicitados actos de corrupción, delincuencia y falta de rendición de cuentas, el ciudadano se encuentra cada vez más desmotivado y desinteresado por conocer y participar en el ámbito público.

Lo que los medios convencionales muestran de la política, generalmente no va más allá de las campañas electorales. No hay educación ciudadana, difusión de propuestas, de debate, de espacios para la conversación y la tolerancia social. Parecería que la política se limita a los periodos de precampaña y campañas constitucionales, difundiendo la idea de que con la asistencia a las urnas, en México se está viviendo en un país democrático.

Hacer y aprender cultura democrática significa estructurar nuevos modelos de organización social desde todos los grupos de influencia ideológica que la conforman: la familia, la escuela, la colonia y los medios de comunicación a favor de una vida en común más participativa y dialógica. “La democracia debe inculcarse y practicarse desde la familia, reconocerse y desarrollarse en la escuela y otras organizaciones sociales para ejercerse de forma madura mediante la participación responsable y organizada en la vida laboral, social y política de la comunidad” (Meyer, 2000).

La visión de los medios públicos como distribuidores de ideología.

Hoy en día, es predominante la función de entretenimiento de los medios de comunicación, lo cual es explicado por Guttman (2001) debido a que su producción básicamente ha sido dejada en manos del mercado comercial de Estados Unidos, es decir, a merced de la publicidad.  Sin embargo, varios autores señalan que en Inglaterra, donde la televisión forma en mucha mayor medida parte del sector público, hay una proporción mayor de la programación que es entretenida y educativa a la vez. 

Actualmente, los medios privados han tratado de responder a la demanda social de información y responsabilidad social centrándose en difundir los actos corruptos, inmorales y hasta criminales de la clase política nacional, de tal manera, que no se apuesta a la reflexión, análisis, debate y participación colectiva, sino a la constitución de los mismos medios y sus líderes de opinión como jueces y tribunales calificadores sin elementos que permitan avanzar a la sociedad hacia las características deseables del debate democrático.

La denuncia y exposición descarnada no es la única vía de responsabilidad moral y social de los medios. Habría que apuntar hacia medios públicos independientes con predominio de participación e intereses ciudadanos capaces de generar conexiones sociales que al tiempo de informar, privilegien la discusión y el debate de los temas estructurales de fondo tras el hecho periodístico ‘objetivo’. En este sentido, la función e influencia educativa de los medios de comunicación, resulta de fundamental importancia por su capacidad de alcance y difusión  masiva, independientemente de su carácter público o privado.

Ante un país en el que prevalece cerca de un 10% de analfabetismo, la televisión logra cobertura aún allí donde la letra no ha podido llegar. Sin duda, ante la masificación de las sociedades, la democracia no puede seguir pensándose como el gobierno del pueblo y ni siquiera como el gobierno de la opinión pública, ante la fragilidad de este concepto entre tantos factores externos que la conforman e incluso la condicionan. “La falta de conocimiento, la incultura, permite que los individuos sean fáciles objeto de manipulación y adquieran opiniones o informaciones prefabricadas, pensadas o elaboradas por otros”  (Perícola, 2009).

La idea de los medios públicos como mecanismos distribuidores de educación para la democracia, descansa en gran medida en el ‘Informe McBride’ de la Comisión Internacional para los Problemas de la Comunicación de la UNESCO, que concluyó que: “Difícilmente cabe negar el impacto educativo –y no solamente pedagógico en sentido estricto- de los medios de información y de la comunicación en general, incluso cuando el contenido del mensaje no es de carácter educativo. La acción educativa y socializadora que incumbe a la comunicación, implica que responda en la mayor medida posible a las necesidades de desarrollo de la sociedad y sea tratada como un bien social” (Sánchez, 1996).

La transmisión de servicio público tiene su origen y modelo principal en la BBC en Inglaterra y más recientemente la CBS canadiense, que producen programas con base en los derechos de los ciudadanos a la información fomentando la participación colectiva. Para Gunther y Mughan (Rodríguez, 2011) los medios de comunicación están regidos por dos modelos regulatorios con un rol del Estado marcadamente diferente, al igual que el impacto sobre la calidad de la democracia: el modelo de ‘servicio púbico’ y el modelo ‘comercial’. La distinción principal es que el servicio de transmisión público se caracteriza por un énfasis sobre las noticias y asuntos públicos, documentales, arte, música y deportes, y las transmisiones en la radio y la televisión comercial se enfocan al entretenimiento fundamentalmente. El modelo de ‘servicio público’ inglés representado por la BBC ha sido regulado por normas no partidistas, lo que se ha traducido en coberturas políticas imparciales y un acceso equitativo de los diversos partidos políticos. Por su parte, el ‘modelo comercial’ norteamericano ha optado por un sistema de transmisión privado, regionalizado y orientado a un mercado que se caracteriza por un creciente desarrollo de construcciones periodísticas que transportan los elementos focales del evento fuera de contexto al encuadrarlos en tres diferentes marcos de historias (Rodríguez, 2011, p. 88).

Con el fin de rescatar la figura y función de los medios públicos en Estados Unidos, “1992 se reconoce como la fecha de origen del periodismo cívico o público, como un llamado a los periodistas para que colaboren en enriquecer la vida cívica de las comunidades. Si el buen gobierno depende de la actividad ciudadana y ésta no existe, tampoco hay una necesidad de los ciudadanos por leer y prepararse para realizar acciones. Por ello, ya no solo se debe hablar de los problemas tal y como ocurre hoy, sino que se debe invitar a reflexionar sobre ellos y a apoyar posibles soluciones de los asuntos comunitarios” (García, 2000, p.477).

Ante estos condicionamientos, los medios de comunicación como distribuidores de educación para la democracia, tienen la responsabilidad de asumir una nueva noción de interés público que deberá estar presidida por el acceso permanente y la participación de la mayor diversidad de actores políticos, sociales y culturales del país.

Sin embargo, el crecimiento y consolidación del oligopolio de medios privados en México ha provocado el descuido de los medios públicos y no comerciales. “A diferencia de Europa Occidental y de diversos países de Sudamérica en donde la televisión y la radio fueron primero propiedad del Estado y solamente más tarde experimentaron procesos de privatización, en México esos medios surgieron y se consolidaron como negocios particulares” (Trejo, 2011, p.37).

En México, tradicionalmente se han entendido los medios no comerciales como predominantemente gubernamentales, financiados con recursos fiscales y al servicio de los gobiernos en turno, lo cual resulta una clara distorsión del concepto de medio público, que en México prácticamente no ha existido como mecanismo de relación sistémica con la sociedad.

Con relación a los medios como parte del proceso educativo, permanece el debate sobre sus posibles consecuencias. 

La televisión no solo educa a los niños debido a los efectos que tiene sobre su comportamiento, sino que también lo hace al transmitir los estándares de una cultura popular. Si dicha cultura resulta comercial, violenta, sexista u obscena o no y hasta qué punto es un asunto razonable de preocupación pública, independientemente de los efectos que lo comercial, la violencia, el sexismo y la obscenidad puedan tener  sobre el comportamiento infantil, queda por discernir (Guttman, 2001, p.302).

Ante esta visión, en México se tendrá que insistir más en una radio y televisión basadas en los principios del servicio público: ampliación y difusión de la educación para una mejor formación y comprensión del mundo. Frente a la voracidad del entorno comercial privado y competitivo el reto consiste en repensar los medios públicos para reavivarlos con mayor fuerza como fuentes alternativas del saber frente a la ola de consumo predominante en los medios privados.

El no contar con medios de comunicación de servicio público en el funcionamiento de la sociedad mexicana, es equivalente a no contar con medicina pública, electricidad pública, calles públicas, alumbrado público, agua pública, jardines públicos, caminos públicos, petróleo público, educación pública, espacio aéreo público, atmósfera pública, etc, para dejar entregada toda la operación del funcionamiento de  la estructura comunitaria a la dinámica de la autorregulación social, que no es otra realidad, que la autorización oficial del reinado de la ley darvinista de la sobrevivencia del más fuerte sobre el más débil (Esteinou, 2008).

Para responder a estos retos, resulta indispensable otro elemento que caracteriza a la democracia: la actuación dentro de un marco regulatorio que defina qué es lo que constituye el interés público y acote sus límites y margen de actuación. Ante esta falta sensible de regulación en materia de telecomunicaciones, el libre mercado ha encontrado allanado el camino para su consolidación. 

El 14 de julio de 2014, el gobierno federal expidió la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión y la Ley del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, misma que fue objeto de numerosos análisis en los medios de comunicación. Se observó que estas leyes reafirmaron la ausencia de competitividad de los medios públicos, y dieron mayor poder comercializador a medios comerciales, como aseguró el doctor Julio Juárez Gámiz, académico del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Además, indicó que los medios de comunicación públicos en México no tienen independencia de gestión en cuanto a su presupuesto, y están completamente alejados del modelo europeo de medios públicos, en el cual estos cuentan con un ingreso físico que no depende de un interés político o una coyuntura (El Financiero, 16 de julio de 2014).

En este debate, queda todavía mucho por puntualizar, pero en el tema que aquí ocupa, habrá que señalar que no se trata de generar un esquema de medios públicos a la manera de los medios privados, sino en impulsar aquellos que fomenten la participación y autonomía como elementos fundamentales de la democracia. Para constituirse en distribuidores de educación, habrá que anclarlos en la participación como proceso de comunicación que permite el intercambio permanente de conocimientos y experiencias sociales que posibiliten contar con elementos para la toma de decisiones públicas y compromiso en los temas que afectan al conjunto social.

Distribución de educación para la democracia.

Hablar de democracia o de cualquier otra ideología que pretenda regir una sociedad, implica un sistema de distribución capaz de hacerla llegar e internalizarla en los individuos que la conforman. Los principales mecanismos para ello son las instituciones sociales como la familia y la escuela, aunque también se ubican con un papel muy importante, por la magnitud del tamaño de las sociedades actuales, los medios de comunicación.

Sin embargo, habrá que pensar cuál es el contenido que hay que distribuir para promover una cultura democrática que forme ciudadanos democráticos. En tanto la democracia es una construcción social y cultural, debe ser aprendida por el individuo para ser capaz de vivir en cooperación con los demás construyendo las leyes y normas de convivencia común.

En este ensayo no se habla de escuela democrática ni de democratización de la educación, sino de educación para la democracia como aprehensión de una cosmovisión para  interpretar el mundo en el que se vive.

Los medios masivos forman parte de la educación informal, que se concibe como “el proceso de toda la vida por el cual cada persona adquiere y acumula conocimientos, habilidades, actitudes y comprensión (insight) a partir de la experiencia diaria y mediante la exposición al medio ambiente. (…) Generalmente, la educación informal es desorganizada y con frecuencia asistemática; sin embargo, ésta da cuenta de la gran mayoría del aprendizaje total de cualquier persona en el transcurso de su vida” (Sánchez, 1996, p.256).

En este proceso informal, pero de gran influencia en la ideología social, los medios de comunicación juegan un papel fundamental para enseñar y promover el desarrollo de conocimientos, actitudes y valores necesarios para vivir en una sociedad democrática. Promover mediante la programación masiva el exitoso resultado del trabajo cooperativo en un entorno respetuoso e igualitario, puede generar mayor influencia que todos los discursos motivadores de las instituciones formales como la  escuela o la familia.

Así, uno de los compromisos ineludibles de los medios públicos como distribuidores de la educación para la democracia radicaría en ofrecer contenidos adecuados para preparar a los individuos para la toma de decisiones sociales, así como para la participación democrática y la elección política exigente y razonada. Imprimir en los individuos una cosmovisión democrática que los prepare para la discusión argumentada, tolerante y respetuosa que requieren los tiempos actuales contribuirá a construir y fortalecer las características democráticas de la sociedad. Esto es más que un ideal: es la condición que hará de nuestra incipiente democracia, un proyecto viable de nación para el futuro.

Conclusiones

Para finalizar los argumentos que aquí se presentan, vale la pena retomar la idea de Esteinou (2008) en la que expresa que “la finalidad de los medios ciudadanos es permitir que la sociedad organizada se contacte consigo misma para resolver sus necesidades y plantear su modelo de crecimiento”. Este planteamiento resulta un sustento fundamental en lo que se propone a lo largo de estas líneas en el sentido de que los medios públicos con un interés predominantemente ciudadano y social, de manera autónoma y libre de condicionamientos sociales, económicos e ideológicos, tendrían como propósito fundamental cohesionar a la sociedad en aras de reestablecer el tejido que le permita su funcionamiento conjunto.

Una ciudadanía informada que participa en función de los elementos que le proponen los medios como principales fuentes de contenido informativo, será el principal insumo para la democracia. No solamente hay que difundir los derechos sociales e individuales, sino concientizar en torno al cumplimiento de los deberes sociales, políticos y cívicos que implica la vida en común. “En suma, la ciudadanía no debe concebirse con un carácter estático, sino con una práctica en torno a derechos e intereses sociales específicos” (Zebadúa, 2000, p.49).

Asimismo, es momento de reflexionar en torno a la omnipotencia de los medios de comunicación, ubicándolos en su justa dimensión. Forman parte de la educación informal y cuentan con un gran capital en la difusión y distribución de productos ideológicos, aunque tampoco son la única fuente del conocimiento. Al margen de su función educativa, habremos de convivir también como usuarios, con los contenidos de entretenimiento, diversión y ocio. No se trata de pensar en medios públicos que cubran una sola función de la comunicación de masas, sino que habrá que contemplar el espectro completo de sus potenciales contenidos.

Sin embargo, es posible que los medios, tanto públicos como privados, se involucren en esta responsabilidad social para promover activamente la educación para la democracia con el fin de retomar los valores democráticos y cívicos de los individuos desde que son niños. El compromiso social no inicia a los 18 años al tener una credencial para votar o una licencia de conducir. Habrá que fomentar en los individuos una cosmovisión que los lleve a internalizar la democracia como parte de los valores y patrones de actuación fundamentales en la vida en sociedad.

En este sentido, los medios públicos no estarían condenados a seguir la lógica del mercado impresa por los medios privados, sino que tendrían la posibilidad de presentar un modelo alternativo guiado por la responsabilidad y el compromiso social en el que prevalezcan los derechos y obligaciones de los individuos para una sana y democrática convivencia en sociedad.

Sin duda, las tendencias privatizadoras actuales van en detrimento de la existencia y consolidación de los medios públicos, sin embargo, en este espacio se enfatiza sobre la necesidad de que se abra espacio a los mismos para contribuir a los procesos democratizadores en tanto agencias socializadoras y de distribución de  educación informal para formar opiniones y actitudes favorables a un entorno democrático.

La exposición de la corrupción e inmoralidad política actual por parte de los medios de comunicación privados, sigue funcionando como un mecanismo de presión política, cuyo interés real no radica en la formación de la conciencia ciudadana, sino que contribuye a una mayor desilusión con respecto a lo político. La propuesta gira en torno a la apuesta por la reflexión, análisis, debate y participación colectiva, desde medios públicos independientes con predominio de participación e intereses ciudadanos capaces de generar conexiones sociales que al tiempo de informar, privilegien la discusión y el debate de los temas estructurales de fondo tras el hecho periodístico. En este sentido, la función e influencia educativa de los medios de comunicación, resulta de fundamental importancia por su capacidad de alcance y difusión  masiva, independientemente de su carácter público o privado.

Para constituirse en medios de educación para la convivencia, habrá que anclar los contenidos de los medios en la participación como proceso de comunicación que permite el intercambio permanente de conocimientos y experiencias sociales que posibiliten contar con elementos para la toma de decisiones públicas y compromiso en los temas que afectan al conjunto social.

Así, la propuesta central giraría en torno al diseño de contenidos adecuados para preparar a los individuos para la toma de decisiones sociales, así como para la participación democrática y la elección política exigente y razonada. El espacio para el argumento y la tolerancia resulta indispensable para la participación crítica e informada.

Referencias

Trejo, R. (2011). “Televisoras, privilegios y poder político” en Guerrero, M.A. (coord.) Medios de Comunicación y democracia: perspectivas desde México y Canadá. México: Universidad Iberoamericana.

Zebadúa, E. “Educación para la democracia” en IFE (2000). Foro de educación cívica y cultura política democrática. México: IFE

Sobre la autora

Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana Puebla, Maestra en Ciencias Políticas por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Doctora en Pedagogía por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Experiencia docente de 17 años en educación superior impartiendo materias propias de la Licenciatura en Comunicación, así como metodología de investigación y asesoría de tesis.

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