El Norte y la ruta de la prensa regiomontana

  • Los primeros pasos de la prensa regiomontana se iniciaron tras la autorización de los estudios jurídicos en el Seminario de Monterrey.
  • La historia de la prensa corre al parejo con la de los hombres importantes en la política y en la economía.
     Fotografía: "Ryszard Kapuscinski" por nibiru_unam@ Flickr

    Fotografía: «Ryszard Kapuscinski» por nibiru_unam@ Flickr

Por José Luis Esquivel Hernández

 Publicado Originalmente en RMC 66

En agosto de 1991, The Wall Street Journal se echó a cuestas la responsabilidad de un elogio poco común para un medio impreso en un país en vías de desarrollo: “El Norte de Monterrey es el periódico más independiente y objetivo de México”.

Años más tarde, los editores regiomontanos al ver que El Norte llegaba a uno de cada cuatro hogares, y el mejor periódico de la capital lo hacía a uno de 38, buscaron refrendar sus éxitos en el Distrito Federal. Con una visión empresarial inigualable que demandó una inversión inicial de 50 millones de dólares, se lanzaron a conquistar la Ciudad de México con el diario Reforma.

Así, en noviembre de 1993 comenzó a circular tal rotativo que poco después suscitó, junto con el encono de la Unión de Voceadores, una serie de críticas de sus competidores, quienes llamaron al nuevo matutino: sensacionalista, amarillista, inmoral, morboso, desestabilizador, vanidoso, egocéntrico, mercantilista, antiético, protagónico, amarranavajas, manipulador, abusivo, tremendista, antiprofesional y engendro de la prensa que sirve al chisme y al rumor.1

Sin embargo, a la vuelta de los años, la contribución que el periódico de los Junco logró en la transformación de la prensa de la capital de la República ha sido significativa, pues solamente el semanario Proceso, desde noviembre de 1976, y luego los diarios Unomásuno en sus dos primeros años, al igual que La Jornada, se habían constituido en la voz crítica y cuestionadora del poder político y económico, al modo como Julio Scherer García dirigió Excelsior de 1968 a 1976, en forma brava y contestataria.

Pero si alguien cree que El Norte nació grande y con la agresividad y dimensión de sus páginas de hoy, se equivoca porque, igual que en Monterrey, su poderío se gestó desde abajo, muchos años después de haber sido fundado.

El pasado

Durante dos siglos, Monterrey apenas figuró en el devenir histórico nacional por la condición marginal de su territorio. Inclusive, la noticia del inicio de la Guerra de Independencia llegó de boca en boca el 29 de septiembre de 1810, pues no había ni una sola publicación que la reseñara.

Los primeros pasos de la prensa regiomontana se iniciaron tras la autorización de los estudios jurídicos en el Seminario de Monterrey, cuando fray Servando Teresa de Mier estableció, en 1817, la imprenta y editó el primer periódico regional con el nombre de Gazeta Constitucional de Nuevo León, el 3 de agosto de 1826, bajo el cobijo de don José María Parás, primer gobernador constitucional del estado.

No fue sino hasta 1831 cuando –el 10 de marzo– apareció el primer periódico independiente en Nuevo León con el nombre de El Antagonista, de Manuel María de Llano, cuestionando las acciones de los gobernantes.2

Sin embargo, los acontecimientos más significativos en el cambio de rumbo surgieron a partir de 1847 cuando se separó Texas de México. Entonces los límites nacionales ubicaron a Monterrey y sus 18 mil 759 habitantes a 200 kilómetros de la frontera con Estados Unidos de Norteamérica, que explotaba ya a plenitud los beneficios de la Revolución Industrial y estaba consolidando su plan expansionista, además de su papel de líder mundial en casi todos los órdenes de la vida económica, política y social.

Eso atrajo el interés de muchas personas –nacionales y extranjeras– que trataron de aprovechar las nuevas circunstancias que brindaba el entorno internacional y se avecindaron en Monterrey, como el irlandés Patricio Milmo O’Dowd, uno de los terratenientes más acaudalados de la ciudad durante la segunda mitad del siglo XIX, al igual que el médico tapatío José Eleuterio González, Gonzalitos, el más destacado historiador de Nuevo León de dicho siglo. Hasta la fecha es reconocido su vigor e impulso en el campo de la medicina y de la cultura en general.

Los casos de Patricio Milmo, casado con Pudenciana Vidaurri, y de personajes de la historia local como Santiago Belden, Valentín Rivero y otros, son ilustrativos de la influencia de los extranjeros en el desarrollo económico del noreste al unir sus capitales a los de los Calderón, los Ferrara, los Hernández, los Sada, los Muguerza-Garza y los Zambrano.

Aunque fuereños, estos hombres de negocios supieron estar a tono con el desarrollo productivo y las actividades comerciales que trajo consigo la guerra civil estadunidenese, por lo que reprodujeron sus capitales en Monterrey, contrajeron matrimonio con regiomontanas y aquí se asentaron hasta su muerte; es decir, que sus fortunas fueron acumuladas y perpetuadas en la economía local.

Pero el verdadero detonador del Monterrey industrial fue la Compañía Minera fundada en 1890 y luego la Fundidora de Fierro y Acero, en 1900, en la que también la Casa Milmo se hizo presente, ya que suscribió una respetable cantidad de acciones puestas a nombre de Eugenio Kelly, a la sazón casado con Sara Milmo, la mayor de las tres hijas de Patricio, quien también fue padre de tres varones.

De hecho, la transformación de la ciudad regiomontana ya venía repuntando gracias al empuje de otros visionarios hombres de empresa, encabezados por don Isaac Garza y don Francisco G. Sada, que crearon la Cervecería Cuauhtémoc en noviembre de 1890, al calor de las iniciativas del gobernador Lázaro Garza Ayala en 1888 que refrendó Bernardo Reyes en 1890, tendientes a ceder terrenos y exentar de impuestos a las fábricas de nueva creación en la metrópoli, de suerte que al paso de los años las ganancias dieron para autoabastecerse de envases de vidrio, empaques de cartón, etiquetas, hermetapas, etcétera. Ello dio origen al Grupo Monterrey, que después se dividió en lo que hoy es Femsa y Alfa.

 

La prensa regiomontana

La historia de la prensa corre al parejo con la de los hombres importantes en la política y en la economía, pues apenas logran mención las publicaciones que siguieron a La Gazeta Constitucional y a El Antagonista, como El Restaurador de la Libertad, que fue el mismo nombre del movimiento con que el gobernador Santiago Vidaurri se apoderó de Monterrey en 1855 y se declaró gobernador del estado de Nuevo León. Resulta imprescindible recordar El Cura de Tamajón, semanario totalmente en verso escrito por Guillermo Prieto, en Monterrey, del 13 de mayo al 14 de agosto de 1864, cuando el Presidente Benito Juárez llegó a la ciudad el 3 de abril, acosado por los imperialistas.

No obstante, el primer diario tuvo que esperar el florecimiento de las generaciones intelectuales que surgieron de las aulas del Colegio Civil, fundado el 30 de octubre de 1859. Entre los años 1867 y 1885, se editaban 22 publicaciones en Nuevo León.4

Don Desiderio Lagrange, francés más regiomontano que muchos nacidos en esa tierra, fue el autor del primer cotidiano que llevó los nombres de La Revista y Revista de Monterrey, que se publicó el primero de febrero de 1881 como semanario y a partir de 1883 como diario, pero cerró el 30 de abril de 1886 por órdenes del gobernador Bernardo Reyes, pretextando una información infundada, que llevó a la cárcel al editor.

El general Reyes, fiel lacayo de Porfirio Díaz, prefirió la quietud del estado a fin de lograr la industrialización e impuso la mordaza a la dócil prensa de entonces para que no le moviera el avispero. De modo que en los 52 periódicos que circulaban, los textos eran censurados. De entre esos rotativos, destacaban las noticias del primer periódico en inglés del coronel Jospeh A. Robertson, The Monterrey News, cuyo número inaugural salió el 23 de abril de 1892 y en 1902, en español. Fue el primero en utilizar el linotipo y en contratar los servicios de una agencia internacional de noticias (la Associated Press), además de resaltar los hechos en lugar de los artículos y servir de escuela a varios eminentes periodistas como Rodrigo de Llano y a otros hombres de la prensa local. Pero la guadaña de la censura acabó con él, igual que con La Defensa, que se mantuvo en circulación de 1883 a 1903.

En ese tiempo, el diario semioficial La Voz de Nuevo León, cuyo primer número fue festinado el 15 de diciembre de 1888, significó lectura obligada para los seguidores de Bernardo Reyes, pero desapareció en 1909 al ser gobernador José María Mier, quien apoyó a La Opinión, en tanto llegaba a su fin, en 1910, El Espectador, fundado en 1892, donde colaboraban, entre otros literatos, Manuel José Othón, Carlos Pereyra y Celedonio Junco de la Vega.

Junco de la Vega, al igual que Ricardo Arenales (alias Porfirio Barba Jacob o Miguel Angel Osorio), quien dirigiera El Espectador y luego El Porvenir en 1919, son de los que más huella dejarían en el diarismo de Monterrey, pues entre la serie de publicaciones de esos años sus nombres son referente obligado; el primero por dar lustre a la familia de editores que mantienen ahora al poderoso grupo El Norte / Reforma y el segundo por el mito periodístico que logró crear a su alrededor.

 

Génesis de editora El Sol

Celedonio Junco de la Vega nació en Matamoros el 23 de octubre de 1863, de padre asturiano y madre neoleonesa. A los 13 años perdió a su progenitor y tuvo que luchar a brazo partido por su superación. A los 25 años de edad se trasladó a Monterrey en busca de otras horizontes, que se le abrieron en el periodismo y la poesía.

Tenía 30 años cuando se casó con la regiomontana Elisa Voigth, hija de padre alemán nacido en Düsseldorf, y de madre originaria de Monterrey. Decía don Celedonio que fueron tan felices, “que nada más tuvimos 15 hijos, cuatro de los cuales volaron al cielo muy pequeñitos y los otros once crecieron en solidaridad fraterna”.

Con una inclinación nata por la literatura y una asombrosa facilidad para versificar, escribió con profusión en prosa y en verso sus colaboraciones en distintos periódicos y revistas de México. Es autor de tres libros de poesía: Versos en 1895, Sonetos en 1904, y Musa Provindana en 1911.

Fue el primer editorialista de El Porvenir, de enero de 1919 hasta abril de 1922, fecha en que su hijo mayor, Rodolfo Junco Voigth, a sus 27 años de edad, fundó el vespertino El Sol, después de regresar de Estados Unidos y ser impactado por la afición hacia los periódicos que tenía Henry Ford, el fabricante de automóviles, y por percibir junto a su padre, don Celedonio, el olor del papel y la tinta de imprenta.

Con el apoyo económico de la esposa del joven Rodolfo, María Teresa Gómez, fascinada también con la letra impresa, se hizo posible la obra periodística a la que animaron también los recursos de la familia Martínez Echartea, que vio en el talento de aquel Junco Voigth un caudal de posibilidades para hacer negocio en este rubro, pues el estilo de informar impuesto por el nuevo empresario y la fama de los editoriales de don Celedonio empezaron a calar hondo en el naciente diario, que pospuso su salida unos días por problemas técnicos y no pudo nunca ser matutino por los mismos problemas con la imprenta, de suerte que su fundador decía que era “el primer sol que salía en la tarde”.

La aventura, que para muchos parecía ir al fracaso, templó el ánimo de aquel joven de carácter decidido y muy inteligente, quien contó con el gesto solidario de sus 15 trabajadores, porque éstos aceptaban que les rebajaran el sueldo cuando no había efectivo suficiente en la caja para pagarles en aquellos años en que no se hablaba ni de explotados ni de negreados dentro de esa pequeña empresa.

Los últimos resabios de la era revolucionaria representaron el reto de la estabilidad de El Sol, pero la Gran Depresión en Estados Unidos en 1929, pareció inclemente con el vespertino que luchó hasta sobreponerse con mucho esfuerzo. En 1934, al llegar al poder Lázaro Cárdenas, las cosas no le parecieron fáciles a don Rodolfo por los cambios políticos y sociales alentados por el general-presidente y por el fortalecimiento del sector obrero en manos del socialista Lombardo Toledano. Todo ello lo desaprobaba el dueño del periódico por la amenaza que significaba para la seguridad y la estabilidad de la industria en general.

Algunos testigos de varias reuniones llevadas a cabo entre el todavía joven editor y funcionarios de la Cervecería Cuauhtémoc –como Roberto González Acosta, quien aún vive y recuerda datos precisos que le transmitió el señor Guajardo Davis–, aseguran que Rodolfo planteó la posibilidad de auxilio financiero para impulsar aún más a El Sol en esa crucial etapa de México. Pero la respuesta que encontró de parte de don Luis G. Sada, entonces figura señera del Grupo Industrial fue contundente: “No sólo vamos a consolidar El Sol, Rodolfo, sino a fundar otro periódico”.

La idea del nuevo periódico, en la mente de los mecenas industriales, era un matutino y lo imaginaban como el foro para la gente del norte, de donde le vino cabalmente el nombre, pues deseaban que no sólo El Porvenir –a pesar de ser muy afines también a tal medio– llevara el peso de la información sobre la sociedad de aquellos años.

La efervescencia política del país entre 1934 y 1940 fue el gran catalizador para la formación de grupos y partidos que se oponían a las ideas y acciones de don Lázaro Cárdenas y su proyecto de educación socialista. Por eso el Grupo Cervecería tenía claro contrarrestar los movimientos de la Presidencia de la República con la creación del Centro Patronal de Nuevo León y con la fundación de un nuevo periódico. Según versiones fidedignas logradas en la década de 1960 en el seno de las empresas patrocinadoras de la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa:

Había que arremeter contra los planes de acabar con la propiedad privada en el campo y neutralizar la bandera radical que dio a algunos la nacionalización de la industria petrolera y la proliferación de empresas estatales, dijo Sergio Valdés Flaquer, abogado de los capitanes industriales. Y El Norte representó una buena opción para apoyarlo en la tarea de inculcar valores y principios contrarios a los oficiales de entonces.

Con el ambiente enrarecido también por la amenaza de la Segunda Guerra Mundial y la precipitada precandidatura de un grupo político a favor del temible Francisco Múgica para suceder a Lázaro Cárdenas, los empresarios decidieron salir a la palestra con un medio desde Monterrey y después, en 1939,  alentar la formación del Partido Acción Nacional (PAN), que decidió unirse a la campaña del Partido Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN) a fin de llevar al poder al general Juan Andrew Almazán, líder de los militares anticardenistas, cuando el candidato oficial ya era Manuel Ávila Camacho.

El Norte apareció el 15 de septiembre de 1938, con ocho páginas, a un precio de cinco centavos, y con un tiraje de 15 mil ejemplares, que era todo un alarde si se toma en cuenta la tecnología de aquellas fechas, el número de habitantes de Monterrey y la competencia severa que representaba El Porvenir –éste ya estaba bien afianzado en el gusto del público y en 1936, aprovechando su éxito, había fundado El Tiempo, vespertino, igualmente con gran prestigio y que durante la Guerra Mundial tuvo tres ediciones diarias.

Los 25 anuncios pagados que publicó El Norte en su primer número pintaban un buen futuro, pero las ventas tardaron en florecer. Algunos de los iniciadores comentaban, todavía en los años setenta, cómo regresaban los voceadores con el montón de ejemplares de devolución a la Editora El Sol, pues El Porvenir era el amo y señor de las calles. El Norte tardó muchos años en acreditarse.

El abogado Jorge Gómez, sobrino del director de El Porvenir, Federico Gómez, aún evoca, a sus más de 70 años de edad, las pláticas con su tío sobre la poca competencia que para ellos representó por muchos años El Norte. Al morir don Celedonio Junco de la Vega, el 3 de febrero de 1948, a los 84 años de edad, muchos llegaron a creer que su primogénito Rodolfo Junco Voigth se derrumbaría anímicamente y desistiría del empeño para ceder a su hijo, Rodolfo Junco Gómez, el mando de la organización.

Pero no. Ni siquiera lo amedrentó el pleito legal que le dirigió Cervecería Cuauhtémoc a partir de 1965, ni el boicot publicitario de las empresas que simpatizaban con el Grupo Industrial. Don Rodolfo mandó gente a la frontera y trajo anuncios del sur de Texas para sostenerse.

En los años siguientes, El Norte no se vino abajo ni con los pleitos de familia, como cuando los nietos del fundador –Rodolfo Junco González junto con su hermano Alejandro–, expulsaron de la sociedad al papá, Rodolfo Junco Gómez, quien desde San Antonio, Texas, donde vive, no ha dejado de defender lo que considera parte de su patrimonio que le fue negado tras la muerte de su esposa, Elba González, en un accidente que no ha sido debidamente aclarado.

No hizo mella en su estructura la decisión del Grupo Cervecería de financiar, en julio de 1968, la aparición de Tribuna de Monterrey como medida de presión para quitarle reporteros y personal administrativo a El Norte y desviar los paquetes publicitarios hacia este órgano informativo de la Cadena que pertenecía a José García Valseca.

Lo que sí estuvo a punto de acalambrar a los entonces jóvenes editores, recién graduados de periodismo en universidades norteamericanas, fue el acoso que el Presidente Luis Echeverría ordenó contra El Norte, durante su mandato (1970-1976), justamente cuando ellos estaban más preocupados por la salud de su anciano abuelo que por el relevo empresarial.

 

La plataforma de despegue

Sin embargo, la decisión del fundador fue rotunda en 1973: su nieto Alejandro, el segundo de cinco hermanos, se haría cargo del timón y, a sus 23 años de edad, no le quedaba más que enterrar la obra periodística, en lánguida agonía a que la había sometido el régimen, o resurgir como el Ave Fénix a pesar de la reducida dotación de papel a que los tenía sometido el monopolio estatal en manos de la PIPSA, y del apoyo echeverrista a El Diario de Monterrey, desde noviembre de 1974.

No cabe duda de que fue Alejandro Junco y su empuje lo que logró vigorizar el área comercial con Ricardo Junco Garza, así como la iniciativa de renovar la redacción con jóvenes entusiastas que se enamoraron de las páginas del diario.

Uno de esos jóvenes que descubrió Alejandro fue un estudiante de Ciencias de la Comunicación del Tecnológico de Monterrey, Ramón Alberto Garza García (nacido en 1956), quien desde 1973 fue pilar en la plataforma de despegue de El Norte. Tras concluir su maestría de Periodismo en la Universidad de Texas, se sumó a la fuerza laboral para ocupar la plaza de reportero, jefe de sección, promotor de nuevas secciones, gerente de redacción y subdirector editorial.

Con tal ebullición y optimismo en la sangre de aquellos jóvenes periodistas que salían de los cursos internos de la doctora Mary Gardner, traída ex profeso de la Universidad Estatal de Michigan, y en franca armonía  con la experiencia de veteranos de la prensa regiomontana, la situación de El Norte cambió diametralmente y ya ni los arrebatos del Presidente José López Portillo y sus amenazas de auditorías hacendarias, vencieron el vuelo a las alturas de quienes acompañaron a Alejandro y a Ramón Alberto Garza en la definición de una sala de redacción, muy separada de los asuntos publicitarios, y con atención especial en todo lo que le impactaba a los lectores y a la gente de Monterrey, mediante una fórmula muy sencilla: observar la realidad y tomar nota de todos los detalles para escribirla en forma clara y sencilla, como cuando los reporteros se convirtieron en testigos –sólo testigos y no jueces, según órdenes del editor– en las afueras de las casillas electorales, que luego se volvió parte de la bitácora formal para todos los medios informativos.

Es cierto que, de septiembre de 1981 a noviembre de 1982, Alejandro Junco se llevó a su familia a Texas por el cerco a que sometió a sus cuatro hijos una brigada de supuestos detectives gubernamentales, pero fue estricto en la vigilancia desde el otro lado del Río Bravo sobre la línea del periódico, que no bajó la guardia ni como oposición contra el decreto de expropiación bancaria en septiembre de 1982, pues le decía a sus leales colaboradores: “Tenemos ya el apoyo de los lectores. Son nuestra mejor garantía. No los descuiden y piensen en el modo de ser regiomontano”.

“Por eso es un periódico que sabe a cabrito”, solía decir Ramón Alberto Garza después de ser nombrado director editorial en 1982 y años más tarde director general editorial del Grupo Reforma, que ya tenía en su haber también El Metro, tabloide de Monterrey, que tiempo después tuvo su clón en el Distrito Federal.

A pesar de haber salido de la organización el 4 de febrero del 2000, ahora como Presidente Editorial de TELEVISA, Ramón Alberto Garza reconoce los alcances de una obra que “sigue haciendo hablar al público lector, que da material para la conversación y que sabe apretar la herida purulenta de los poderosos, quienes tratan de que muchas informaciones no trasciendan.” E insiste en que al darle su lugar a la gente, los comités editoriales, que empezaron en El Norte en 1988, tienen su razón de ser, pues consisten en agrupar a 15 personas de la comunidad para cada sección, quienes sesionan de dos a tres veces por mes para plantear críticas y sugerir temas nuevos.

Pero algo más ha tenido que ver en el desarrollo de este grupo de prensa, pues si bien es cierto que su propietario le ha dedicado grandes sumas de dinero a la tecnología y a la adquisición de modernos sistemas computarizados dentro de Infosel, en el fondo ha sido el trato humano y la valoración profesional del trabajo periodístico lo que ha hecho que quienes piensan no sólo en proyección sino en buenos sueldos y remuneraciones, suspiren por pertenecer a los diarios de los Junco. Hoy día en Guadalajara también ha llamado la atención Mural y en Saltillo, Palabra. Entre los cinco periódicos editan un total de 500 mil ejemplares diarios, sin verificación externa que lo valide.

“Usted es un empresario que sabe crear riqueza pero también compartirla”, le dijo públicamente cierto día una reportera a Alejandro Junco, durante un aniversario de El Norte, y en cuya oportunidad también se le preguntó por qué no se asociaba con empresarios de otros ramos si tanto lo buscaban por exitoso y emprendedor: “Porque somos periodistas. Nada más por eso”, respondió.

Y es lo mismo que sigue respondiendo cuando le preguntan por la definición política o partidista de sus medios: “Somos periodistas. Nada más. Los que quieran llamarnos como quieran, están en su derecho. Nosotros somos periodistas.”

Los hermanos Junco no permiten intercambios publicitarios con las empresas o comercios, pues operan con la idea de que los anunciantes necesitan al periódico para publicitarse.

Así, en El Norte y Reforma se dan el lujo de imponer precios, condiciones y horarios, porque les sobran desplegados. Por lo general, la edición se compone de un 61 por ciento de material pagado y sólo el 39 por ciento de noticias y editoriales. Sin embargo, su penetración es asombrosa y su peso periodístico abrumador entre la clase dirigente. Por eso cuando los bárbaros del Norte llegaron en noviembre de 1993 a la capital fueron vistos con muy malos ojos, porque saben su negocio y conocen los secretos del periodismo al estilo norteamericano pero con sabor muy mexicano.

“¿A qué vienen a la Ciudad de México con Reforma? Aquí eso ya no es negocio porque no hay tiempo para leer”, les plantearon en 1993 y ellos respondieron con otra pregunta: “¿No se lee porque no hay tiempo o porque no hay buenos medios impresos como el semanario Proceso?” Y no dudaron en que encontrarían una amplia banda en las preferencias de los capitalinos, como definitivamente ocurrió.

En la actualidad cuentan con unos 270 microempresarios (no voceadores, aunque venden el ejemplar en la calle) y 36 franquicias que a su vez poseen unos 500 repartidores. Tienen registradas aproximadamente 56 mil suscripciones diarias. Para tal circulación se tiene un tiraje diario de 128 mil ejemplares.5

¿Cuál fue, entonces, la sorpresa de que Carlos Salinas de Gortari, cuando era Presidente de México, se deshiciera en elogios para Reforma por ser un periódico moderno? 6

¿Cuál fue, entonces, la sorpresa de que Alejandro Junco haya sido seleccionado por Business Week, en octubre de 1998, como uno de los cuatro regiomontanos más talentosos de América Latina?

¿Cuál es, entonces, la sorpresa de que ahora los hermanos Junco estén enfocando sus baterías para conquistar la Internet con sus recientes sitios web: ElNorte.com y Reforma.com?

 

Notas

1) Proceso, México, 9 de octubre de 1995, núm. 988, p. 18.

2) Ceballos Ramírez, Manuel (comp.) Monterrey 400. Estudios históricos y sociales. Universidad Autónoma de Nuevo León, 1998.

3) Zapata Vázquez, Dinorah, El Antagonista, Centro de Información de Historia Regional, UANL, 1988.

4) González, Héctor, Siglo y Medio de Cultura Nuevoleonesa

5) ADCEBRA, revista mexicana de Mercadotecnia, Publicidad y Comunicación, núm 102, agosto 2000, p. 71.

6) Scherer García, Julio, Estos Años, Océano, 1995, p. 86.

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