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García Márquez y Shakira

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  • ¿Sabrá Gabo que su compatriota ya es mamá?
  • El colombiano entrevistó a la cantante en 1999.
  • “Como lo deja ver en su charla con Shakira, García Márquez insiste en que un buen entrevistador es capaz de sostener con su entrevistado una conversación fluida, y de reproducir después la esencia de ella a partir de unas notas muy breves”, dice Esquivel.
Fotografía: "Shakira - Live Paris - 2010" por oouinouin @ Flickr

Fotografía: “Shakira – Live Paris – 2010” por oouinouin @ Flickr

Por José Luis Esquivel Hernández

Las páginas del periodismo internacional guardan como una de sus joyas más preciadas un reportaje muy especial que Gabriel García Márquez publicó el 6 de junio de 1999 sobre su paisana, la estrella de la música pop, Shakira, y que apareció en la revista Cambio, de Colombia, y en otros medios impresos, pero que ahora sirve para preguntar si el eximio escritor está enterado de que la guapa mujer ha concebido un hijo con el futbolista del Barcelona, Gerard Piqué.

Con su habilidad de siempre, el colombiano, en un trabajo de reportero consumado, describe con lujo de detalles a su compatriota de quien dice que “el próximo 2 de febrero, bajo el signo de Acuario, Shakira cumplirá apenas sus primeros veintitrés años”. Pero quién sabe si, catorce años después, Gabo tenga memoria de esta singular entrevista que le dio ocasión para un perfil periodístico de muchos quilates con una figura rutilante del espectáculo de masas que aún sigue dando mucho de qué hablar.

Es más atrevido preguntarse si el ilustre Premio Nóbel de Literatura 1982, nacido en 7 de marzo de 1927, podría ahora volver a sostener un diálogo de horas con Shakira, a fin de despejar las dudas que saltan por todas partes acerca de una probable “demencia senil” o del mal de Alzhaimer que lo han alejado de los escenarios públicos y obligado a callar sobre el tema a sus mejores amigos que aún viven, entre los que sobresale Fidel Castro, Álvaro Mutis, Bill Clinton, Milán Kundera, Carmen Balcel su representante, etc., etc.

En el memorable reportaje García Márquez se retrata como un coleccionista de datos para narrar con todo rigor el vertiginoso trajinar de Shakira:

“Había llegado a Buenos Aires en la tarde del primero de febrero, y trabajó el martes hasta pasada la media noche, sin tiempo para celebrar aquel día sus veintidós años. El miércoles regresó a Miami, donde hizo una larga sesión de fotos para publicidad, y grabó varias horas para la versión en inglés de su último disco. Al día siguiente, viernes, continuó la grabación desde las dos de la tarde hasta el amanecer del sábado, durmió tres horas, y siguió grabando hasta las tres de la tarde. Esa noche durmió unas pocas horas y el domingo temprano voló a Lima. Allí grabó un programa el lunes al medio día, hizo una presentación en vivo, participó a las cuatro de la tarde en un programa comercial y estuvo hasta la madrugada en una fiesta de promoción. Al día siguiente, nueve de febrero, concedió once entrevistas de media hora cada una para radio, televisión y prensa, desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, con una pausa de una hora para almorzar. Debía llegar de urgencia a Miami, pero a última hora tuvo que improvisar una escala en Bogotá para una visita de consuelo a los damnificados del terremoto de Armenia. Esa noche alcanzó su último avión para Miami, donde ensayó cuatro días para compromisos en España y París. También sacó tiempo para trabajar con la cantante Gloria Estefan en la traducción inglesa de sus discos, desde el almuerzo del sábado hasta las cuatro y media de la madrugada del domingo. Volvió a su casa con las primeras luces, se tomó un café con un pan y se acostó a dormir vestida. Una hora y media después la despertaron para una serie de entrevistas por radio que ya tenía comprometidas. El martes 16, ya en Costa Rica, hizo una presentación en vivo. El jueves 18 viajó de Miami a Caracas, y allí participó en el programa ‘Sábado Sensacional’. Apenas durmió, pues el 21 tuvo que volar de Venezuela a Los Angeles para asistir a la entrega de los premios Grammy, con la esperanza de ser una de las escogidas, pero la pesada de los Estados Unidos barrió con los premios grandes. No se amilanó: el 25 dio el salto a España, donde la esperaban para trabajar el 27 y el 28 de febrero. El primero de marzo, cuando por fin pudo dormir una noche completa en un hotel de Madrid, había volado tanto como una azafata profesional: más de cuarenta mil kilómetros en un mes”.

Gabo es –o fue, en caso de que ya no pueda echar su cuarto a espadas en el periodismo– un artista de la descripción que ha pulido desde que pisó la redacción del primer diario que le dio la alternativa como reportero en Cartagena en 1948, de ahí que se ha mostrado siempre partidario de considerar que la literatura ha de normar la formación de todo aquel que desee incoporarse a las filas de la prensa para dignificar “el mejor oficio del mundo”.

De ahí que en el perfil que trazó de la estrella del pop ese año de 1999 no deja lugar a dudas de practicar lo que predica y de dar testimonio de lo vale para el público lector el relato, paso a paso, de una figura pública en su quehacer profesional:

“Los compromisos que Shakira hace en tierra firme no son menos traumáticos. Entre músicos, iluminadores, tramoyistas e ingenieros de sonido, el equipo que viaja con ella es una escuadra de combate. Ella se ocupa de todo en persona. No sabe leer música, pero en los ensayos está pendiente de cada instrumento, con un sentido crítico severo y un oído privilegiado que le permiten interrumpir un ensayo para coordinar la nota exacta con sus músicos. No sólo colabora con ellos en el escenario sino que se preocupa por la suerte personal de cada uno. Muy pocas veces se deja ver el cansancio, pero no hay que engañarse. En una serie de cuarenta conciertos que hizo en Argentina no dio una mínima muestra de fatiga, pero en los últimos alguien la esperaba entre bambalinas para llevarla cargada hasta la camioneta. En diversas ocasiones ha tenido taquicardias, inflamación del colon, o alergias de la piel”.

Con mucha sagacidad el famoso escritor va hilando en su trabajo periodístico anécdotas y sucesos de la agenda diaria de su entrevistada hasta llevar al lector al centro de la diana que podría considerarse el dato primordial del retrato de alguien. Aunque Gabo lo retrasa en su consumo porque sabe que no cualquiera conoce un día de trabajo de Shakira y sí en cambio la esencia de sus datos biográficos. Por eso apunta hacia las consecuencias que le deja su agitada profesión:

“¿De qué se extraña? Shakira parece haber olvidado demasiado pronto que ese vértigo indomable nació con ella, y quiera Dios que la acompañe hasta su más tierna vejez. Es la hija única de un conocido joyero de Barranquilla, don William Mebarak y su esposa, doña Nydia Ripoll, una familia de ascendencia árabe tutelada por los ángeles de las artes y las letras. La precocidad descomunal de Shakira, su genio creativo, su voluntad de granito y una ciudad natal propensa a la invención artística, sólo podían ser los gérmenes de un tan raro destino. Sus primeros años parecen saltos de décadas. Sus cronistas aseguran que a la edad de diecisiete meses recitaba el abecedario, a los tres cantaba los números, a los cuatro bailó la danza del vientre sin maestro en una escuela de monjas de Barranquilla, donde un funcionario sibarítico de los años treinta quiso erigir un monumento consagrado al culto de Shirley Temple. A los siete años, Shakira había compuesto su primera canción. Entre los ocho y los diez escribió sus primeros versos, y sus primeras canciones con letra y música originales. Por la misma época firmó su primer contrato para entretener a los obreros en las minas de carbón de El Cerrejón, en la alta Guajira. Aún no había comenzado bachillerato cuando una empresa disquera le grabó su primer disco. ‘Siempre estuve muy familiarizada con mi capacidad de crear -dice- recitaba poemas de amor, empecé escribiendo cuentos y sacaba muy buenas notas, excepto en matemáticas’. Sin embargo, le aburría a morir que los amigos de sus padres la obligaran a cantar en las visitas. ‘Prefiero una multitud de treinta mil personas que cinco gatos escuchándome cantar con una guitarra’. Con su rostro de niña perfecta y su engañosa fragilidad, tuvo siempre la certeza absoluta de que iba a ser un personaje público de resonancia mundial. No sabía en qué arte o en qué parte, pero no tenía una sombra de duda, como si estuviera condenada al fatalismo de una profecía”.

 

La entrevista como método

La muestra está ahí para el aprendizaje de los nuevos seguidores del buen periodismo. Y no hay que preguntarle a García Márquez por la clasificación o género en que enmarcó su ejercicio con Shakira. Quién sabe si hoy pueda contestar la sarta de preguntas que a todos nace hacer al hombre que vino a dar proyección a la obra diaria de los reporteros, como en su tiempo lo hicieron otros grandes como Ernest Hemingway, Ryzard Kapuscinsky, Truman Capote, Norman Mailer, etc., etc.

Eso de los géneros periodísticos provocaba en el mismo Gabo cierta confusión porque, por ejemplo, ha sostenido que Crónica de una Muerte Anunciada, en el fondo es un auténtico reportaje, el cual debió aparecer 30 años después de ocurridos los hechos porque su madre le pidió esperara hasta que a las familias de los protagonistas no les afectara la publicación.

En cambio –agrega el colombiano– Relato de un Náifrago está más cerca de la crónica, porque es la transcripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona por el único que la vivió…Es una entrevista larga, larguísima, minuciosa, completa que hice a sabiendas de que no era para publicar en bruto sino para ser cocinada en otra olla: un reportaje”.

Pero el mismo escritor tan galardonado reafirma la confusión de los géneros:

“Nunca se aprenderá a distinguir a primera vista entre reportaje, crónica, cuento y novela. Pregúntenlo a los diccionarios y se dará cuenta de que son los que menos saben. Es un problema de métodos: todos los géneros mencionados tienen sus puertos de abastecimiento en investigaciones y testimonios, en libros y documentos, en interrogatorios y encuestas, y en la creatividad torrencial de la vida cotidiana. Y sobre todo en entrevistas hechas no para publicar dentro de los formatos convencionales del género, sino como viveros de creación y de vida de todos los otros. Y dicho esto habrá que reconocer que la entrevista es el género maestro, porque en ella está fuente de la cual se nutren todos los demás”.

Así es que el trabajo sobre Shakira lo ha dejado como ejemplo de lo que para Gabo vale la entrevista “a la que he tenido siempre como género aparte, como esos floreros de las abuelas que cuestan una fortuna y son el lujo de la casa, pero nunca se sabe dónde ponerlos. Sin embargo, es imposible no reconocer que la entrevista –no como género sino como método– es el hada madrina de la cual se nutren todos. Pero no me parece un género en sí, como no me parece tampoco que lo sea el guión con relación al cine”.

Por tanto su consejo se enfoca a no hacer de la entrevista un campo de la declaracinitis aguda que tanto daño ha hecho al periodismo, al grado de que “cualquiera cree que puede hacer una entrevista, y por lo tanto el género se ha convertido en un matadero público a donde mandan a los primerizos con cuatro preguntas y una grabadora para que sean periodistas por obra y gracia de sus tompiates. El entrevistado tratará siempre de aprovechar la oportunidad de decir lo que quiere –lo peor de todo– bajo la responsabilidad del entrevistador. Él, por su parte, tiene que ser muy zorro para saber cuándo le han dicho la verdad. Es el juego del gato y el ratón, hoy consagrado en su etapa primaria por las entrevistas en directo y a boca de jarro, que casi siempre se aprovechan para aprender. O para foguear novatos armados, cuyo peor mérito para ser periodistas es que no se asustan de nada y van a la guerra con ametralladoras magnetofónicas sin preguntarse hasta dónde y hasta quién pueden legar las balas”.

Como lo deja ver en su charla con Shakira, García Márquez insiste en que un buen entrevistador es capaz de sostener con su entrevistado una conversación fluida, y de reproducir después la esencia de ella a partir de unas notas muy breves. El resultado no será literal, por supuesto, pero creo que será más fiel, y sobre todo más humano, como lo fue durante tantos años de buen periodismo antes de ese invento luciferino que lleva el nombre abominale de magnetófono (grabadora)”, explica el colombiano.

La mayoría de los cantantes se hace poner las luces de frente para no enfrentarse al fantasma de las muchedumbres. Shakira escogió lo contrario. Ha instruido a sus técnicos para que no instalen las luces fuertes contra su cara, sino que las vuelvan hacia el público, para que ella pueda verlo y vivirlo mientras canta. “La comunicación es total”, dice. La muchedumbre anónima e impredecible no sólo le revela entonces una complicidad del corazón que la actriz va moldeando a medida que actúa según los pálpitos de su inspiración. “Me gusta ver los ojos de la gente cuando canto para ellas”. Algunas caras que no ha visto nunca las descubre entre el público y las recuerda para siempre como si fueran de viejos amigos. Una vez, de improviso, reconoció a alguien que había muerto desde hacía años. Y más aún: se sintió reconocida desde otra vida. “Canté toda la noche para él”. Son milagros secretos que hacen la gloria -y muchas veces el desastre- de grandes artistas.

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    ¿Alguien podría corregir la falta de ortografía (y de paso la lamentable sintaxis y los varios dedazos) del párrafo que inicia: “Con mucha sagacidad el famoso escritor va ilando en su trabajo periodístico…”

    Se les agradecerá.

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